La paternidad divina, según San Pablo (Ef  3, 14-15), es el modelo originario de toda paternidad. Esta semejanza no se relaciona únicamente con la función procreadora de carácter biológico, sino que en la paternidad humana Dios mismo se hace presente. Esta presencia de Dios se manifiesta en la comunión de amor de los padres y los hijos, permitiendo su máximo desarrollo y la expresión de su dignidad como hijos de Dios.

El amor a la esposa y el amor a los hijos son para el hombre el camino natural para la comprensión y la realización de su paternidad. En la Encíclica Familiaris Consortio, San Juan Pablo II identifica como algunas de las características esenciales de la paternidad: el respeto por la igual dignidad de la mujer, interés y participación en los asuntos de la familia, un compromiso educativo, una responsabilidad de aportar con su trabajo a los medios de subsistencia y de garantizar la unidad y la estabilidad de la familia. La paternidad responsable exige además dar un testimonio de vida que haga visible a los hijos la experiencia del amor a Dios y a la Iglesia.

La paternidad y la maternidad están íntimamente unidas, no puede existir la una sin la otra. Se complementan y forman la base de una sociedad sana. Por eso la presencia del padre no debe ser opresiva o abusiva, sino fundamentada en el amor y en el esfuerzo por lograr el bienestar de todos los miembros de la familia. El modelo de paternidad que Jesús nos revela en los Evangelios es el Padre amoroso, misericordioso, que sabe lo que sus hijos necesitan y les provee. La imagen de este tipo de paternidad se presenta en la parábola del Hijo Pródigo; en el Padre de los Cielos, que conoce todo lo que sus hijos necesitan y les provee; en la imagen del Rey justo, que ha de dar a cada cual lo que le corresponde. La paternidad no significa satisfacer todos los caprichos, sino velar porque los hijos se formen en el verdadero amor y caridad, enseñarles el camino de la verdad y permitir que crezcan y sean capaces de asumir sus responsabilidades. La disciplina y la educación son dos responsabilidades de la paternidad que deben realizarse desde la perspectiva del amor.

Muchos sociólogos han señalado que, en las sociedades actuales, el modelo de paternidad se encuentra en crisis. Muchas veces por factores económicos y de trabajo, otras por la alta tasa de divorcio, la figura paterna se encuentra ausente en muchas familias. En otras, la figura del padre es una figura amenazante, incapaz de reflejar amor. En otros casos el padre es incapaz de convertirse en modelo de conducta o falla en reconocer que la disciplina es una función formativa. En muchas familias el modelo del padre no transmite valores positivos. Esta crisis no debería existir si se recuperase la convicción social de que la función del padre en la familia es insustituible. Es necesario resaltar la importancia de la paternidad en la familia.

La paternidad, no depende tanto de tener o no hijos biológicos. Sin duda alguna, San José es un digno ejemplo de la paternidad. Fue el padre siempre presente: desde la concepción, a la hora de nacer Jesús, protegiéndole de Herodes. Fue San José quien enseñó a Jesús el valor del trabajo y le preparó para la vida, también participó en su educación religiosa. Su relación con Jesús fue una de auto-sacrificio y se nos presenta por muchos escritores cristianos como un icono del Padre celestial. También hoy, todos los padres cristianos pueden usarle como modelo para encontrar la forma de, ante todas las dificultades y crisis de las familias, ser los padres siempre presentes, siempre dispuestos, capaces de educar en la verdad y la fe, de amar, de abrazar y de sentir con sus hijos. Es un gran desafío, pero hay una gran recompensa, sabiéndose imitadores del mismo Dios.

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