La participación es una condición necesaria para poder realizarnos como personas. Todo ser humano lleva en sí la aspiración a participar.   El beato Pablo VI lo expresa de la siguiente manera: “Al mismo tiempo que el progreso científico y técnico continúa transformando el marco territorial del hombre, sus modos de conocimiento, de trabajo, de consumo y de relaciones, se manifiesta siempre en estos contextos nuevos una doble aspiración más viva a medida que se desarrolla su información y su educación: aspiración a la igualdad, aspiración a la participación, formas ambas de la dignidad del hombre y de su libertad” (Octogesima Adveniens 22). Cuando vemos a la participación como un medio para llegar a nuestra plena realización comprendemos que la participación dentro de la sociedad es un derecho. La participación efectiva a nivel social exige que se provean formas en que todas las personas puedan participar, incluso aquellas que puedan tener alguna limitación. Negar la participación de alguna persona interesada o grupo de personas, es una violación a su dignidad. Para ejercer debidamente este derecho es necesario que las personas se informen adecuadamente, actúen responsablemente y estén abiertas al diálogo y a la negociación.

La participación no solo es un derecho, sino también un deber. El católico tiene la obligación de participar en la organización social, religiosa, económica y política, con un objetivo particular: cooperar con el bien común. Para poder ejercitar ese deber debemos educar la conciencia con respecto a lo que significa el bien común, aceptar nuestras responsabilidades, reconocer nuestros derechos y respetar los derechos de los demás (Octogesima Adveniens 24). Respetar los derechos de los otros requiere valorizar la diversidad y desarrollar modos de convivencia que promuevan el diálogo y que estén abiertos a la búsqueda de la verdad. Participar siempre implica trascender mi punto de vista para abrirme al de los otros, buscando siempre el bien común: aquellas condiciones que promuevan el mejoramiento de todos.

¿Cómo podemos nosotros cumplir con el deber de participar en la vida social, económica y política de nuestro país? Antes que nada debemos interesarnos en conocer lo que ocurre a nuestro alrededor. Es nuestro deber mantenernos informados sobre las opiniones de diferentes grupos y propuestas que puedan impactar el bien común. Si no conocemos lo que pasa no podemos participar. También tenemos que desarrollar criterios para evaluar lo que ocurre a nuestro alrededor. Esos criterios deben partir de la interpretación correcta de lo que ocurre, para lo cual debemos buscar información de diferentes fuentes, evaluar su confiabilidad y veracidad y ejercer juicio crítico. Pero interesarse y conocer no basta, la verdadera participación requiere que, como dice el Papa Francisco: formemos lío.

Formar lío es expresar nuestras opiniones, compartirlas, defenderlas y participar en la elaboración de ideas y de proyectos sociales. Formar lío es hacer realidad, con nuestra práctica, los valores cristianos de justicia y amor. A esto nos anima la Doctrina Social: “La participación no puede ser delimitada o restringida a algún contenido particular de la vida social, dada su importancia para el crecimiento, sobre todo humano, en ámbitos como el mundo del trabajo y de las actividades económicas… y muy especialmente la vida social y política… Desde esta perspectiva se hace imprescindible la exigencia de favorecer la participación, sobre todo de los más débiles…, es necesario además, un fuerte empeño moral, para que la gestión de la vida pública sea el fruto de la corresponsabilidad de cada uno con respecto al bien común”, (Compendio Doctrina Social, 189).

Participar supone dedicar tiempo, valorar la aportación propia y la de los otros, apoyar iniciativas que sean de beneficio para la sociedad, colaborar en la resolución de conflictos, en la toma de decisiones y en la realización de proyectos. Participar es ser actores de nuestro propio desarrollo social y no meros espectadores, es ejercer nuestra plena dignidad como hijos de Dios.

(Nélida Hernández)

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