Papa: dos nuevos santos testigos ejemplares del poder de la resurrección de Jesús y ternura de Dios, como María

 

(RV).- La Iglesia universal se engalana con los nuevos santos fundadores: Estanislao de Jesús y María y María Isabel Hesselblad, canonizados por el Papa Francisco.

Estanislao de Jesús y María  – Jan Papczyński – sacerdote, fundador de la Orden de Clérigos Marianos de la Inmaculada Virgen María, nacido en Polonia. Y María Isabel Hesselblad, virgen, fundadora de la Orden del Santísimo Salvador de Santa Brígida, nacida en Suecia.

En su homilía, de la Santa Misa con el rito de canonización, el Sucesor de Pedro subrayó que en ellos – que  «permanecieron íntimamente unidos a la pasión de Jesús», «como hizo laVirgen María, que sufriendo junto a Jesús recibió la gracia de esperar contra toda esperanza» – «se ha manifestado el poder de la resurrección» del Señor.

Con la Palabra de Dios del décimo domingo del tiempo Ordinario, el Obispo de Roma hizo hincapié en el acontecimiento central de la fe: la victoria de Dios sobre el dolor y la muerte.

«Es el Evangelio de la esperanza que surge del Misterio Pascual de Cristo, que se irradia desde su rostro, revelador de Dios Padre y consolador de los afligidos», recordó, reflexionando luego sobre la primera lectura y el Evangelio del día, que nos presentan dos signos prodigiosos de resurrección, el primero obrado por el profeta Elías, el segundo por Jesús, en el que se revela plenamente la ternura de Dios.

«Dame a tu hijo», son las palabras que resuenan en ambos casos. Los muertos son hijos muy jóvenes de mujeres viudas –  la viuda de Sarepta y la  viuda de Naín – que son devueltos vivos a sus madres.

Con la «actitud de Dios ante nuestra muerte, en todas sus formas», que no nos dice ‘arréglatelas’ sino que nos dice ‘dámela’, el Papa dijo asimismo que «una especie de resurrección es la del Apóstol Pablo, que de enemigo y feroz perseguidor de los cristianos se convierte en testigo y heraldo del Evangelio».

«Y también con los pecadores, a todos y cada uno, Jesús no cesa de hacer brillar la victoria de la gracia que da vida. Dice a la Madre Iglesia: «Dame a tus hijos», que somos todos nosotros. Él toma consigo todos nuestros pecados, los borra y nos devuelve vivos a la misma Iglesia. Y esto sucede de modo especial durante este Año Santo de la Misericordia», señaló el Papa, subrayando que «la Iglesia nos muestra hoy a dos hijos suyos que son testigos ejemplares de este misterio de resurrección».

(CdM – RV)

Texto de la homilía completa del Papa Francisco

«La Palabra de Dios que hemos escuchado nos conduce al acontecimiento central de la fe: La victoria de Dios sobre el dolor y la muerte. Es el Evangelio de la esperanza que surge del Misterio Pascual de Cristo, que se irradia desde su rostro, revelador de Dios Padre y consolador de los afligidos. Es una palabra que nos llama a permanecer íntimamente unidos a la pasión de nuestro Señor Jesús, para que se manifieste en nosotros el poder de su resurrección.

En efecto, en la Pasión de Cristo está la respuesta de Dios al grito angustiado y a veces indignado que provoca en nosotros la experiencia del dolor y de la muerte. Se trata de no escapar de la cruz, sino de permanecer ahí, como hizo la Virgen Madre, que sufriendo junto a Jesús recibió la gracia de esperar contra toda esperanza (cf. Rm 4,18).

Ésta ha sido también la experiencia de Estanislao de Jesús María y de María Isabel Hesselblad, que hoy son proclamados santos: han permanecido íntimamente unidos a la pasión de Jesús y en ellos se ha manifestado el poder de su resurrección.

La primera Lectura y el Evangelio de este domingo nos presentan dos signos prodigiosos de resurrección, el primero obrado por el profeta Elías, el segundo por Jesús. En los dos casos, los muertos son hijos muy jóvenes de mujeres viudas que son devueltos vivos a sus madres.

La viuda de Sarepta —una mujer no judía, que sin embargo había acogido en su casa al profeta Elías— está indignada con el profeta y con Dios porque, precisamente cuando Elías era su huésped, su hijo se enfermó y después murió en sus brazos. Entonces Elías dice a esa mujer: «Dame a tu hijo» «Dame a tu hijo» (1 R 17,19). Esta es una palabra clave: manifiesta la actitud de Dios ante nuestra muerte (en todas sus formas); no dice: «tenla contigo, arréglatelas», sino que dice: «Dámela». En efecto, el profeta toma al niño y lo lleva a la habitación de arriba, y allí, él solo, en la oración, «lucha con Dios», presentándole el sinsentido de esa muerte. Y el Señor escuchó la voz de Elías, porque en realidad era él, Dios, quien hablaba y el que obraba en el profeta. Era él que, por boca de Elías, había dicho a la mujer: «Dame a tu hijo». Y ahora era él quien lo restituía vivo a su madre.

La ternura de Dios se revela plenamente en Jesús. Hemos escuchado en el Evangelio (Lc 7,11-17), cómo él experimentó «mucha compasión» (v.13) por esa viuda de Naín, en Galilea, que estaba acompañando a la sepultura a su único hijo, aún adolescente. Pero Jesús se acerca, toca el ataúd, detiene el cortejo fúnebre, y seguramente habrá acariciado el rostro bañado de lágrimas de esa pobre madre. «No llores», le dice (Lc 7,13). Como si le pidiera: «Dame a tu hijo». Jesús pide para sí nuestra muerte, para librarnos de ella y darnos la vida. Y en efecto, ese joven se despertó como de un sueño profundo y comenzó a hablar. Y Jesús «lo devuelve a su madre» (v. 15). No es un mago. Es la ternura de Dios encarnada, en él obra la inmensa compasión del Padre.

Una especie de resurrección es también la del apóstol Pablo, que de enemigo y feroz perseguidor de los cristianos se convierte en testigo y heraldo del Evangelio (cf. Ga 1,13-17). Este cambio radical no fue obra suya, sino don de la misericordia de Dios, que lo «eligió» y lo «llamó con su gracia», y quiso revelar «en él» a su Hijo para que lo anunciase en medio de los gentiles (vv. 15-16). Pablo dice que Dios Padre tuvo a bien manifestar a su Hijo no sólo a él, sino en él, es decir, como imprimiendo en su persona, carne y espíritu, la muerte y la resurrección de Cristo. De este modo, el apóstol no será sólo un mensajero, sino sobre todo un testigo.

Y también con los pecadores, a todos y cada uno, Jesús no cesa de hacer brillar la victoria de la gracia que da vida. Y hoy y todos los días, le dice a la Madre Iglesia: «Dame a tus hijos», que somos todos nosotros. Él toma consigo todos nuestros pecados, los borra y nos devuelve vivos a la misma Iglesia. Y esto sucede de modo especial durante este Año Santo de la Misericordia.

La Iglesia nos muestra hoy a dos hijos suyos que son testigos ejemplares de este misterio de resurrección. Ambos pueden cantar por toda la eternidad con las palabras del salmista: «Cambiaste mi luto en danzas, / Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre» (Sal 30,12). Y todos juntos nos unimos diciendo: «Te ensalzaré, Señor, porque me has librado» (Respuesta al Salmo Responsorial)».

Culminando la celebración con el rezo a la Madre de Dios, saludando a las delegaciones oficiales – polaca y sueca – que, junto con numerosos peregrinos participaron en la canonización, el Obispo de Roma deseó que «por intercesión de los nuevos santos el Señor bendiga a sus naciones».

E introduciendo el rezo mariano del Ángelus, el Papa invitó a pedirle «a la Virgen María que nos guíe siempre en el camino de la santidad y nos sostenga en construir día tras día lajusticia y la paz».

(RC – RV)

(News.Va)

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León XIV: «Sin familias fuertes, el mundo no tiene futuro»

En el décimo aniversario de Amoris laetitia, el Santo Padre destacó la importancia del amor conyugal, la educación de los hijos y la oración en familia como fundamentos de una sociedad más humana y solidaria. Ciudad del Vaticano, 14 de octubre de 2026. — El papa León XIV reafirmó el papel fundamental de la familia en la construcción de una sociedad cimentada en el amor, la solidaridad y el respeto por la vida, durante la celebración eucarística que marcó la clausura del encuentro conmemorativo del décimo aniversario de la exhortación apostólica Amoris laetitia, publicada por el papa Francisco. La homilía, preparada por el Santo Padre, fue pronunciada por el cardenal Luis Antonio Tagle durante la Santa Misa celebrada en la Plaza de San Pedro. León XIV no pudo presidir la celebración debido a su recuperación tras la intervención quirúrgica pulmonar realizada el martes en el Hospital Gemelli de Roma. En su reflexión, el Pontífice destacó que el matrimonio cristiano constituye una vocación al amor que se construye diariamente mediante la entrega mutua, el respeto y la gracia de Dios. Recordó que la verdadera alegría del amor matrimonial no consiste en perder la identidad personal, sino en crecer juntos, permitiendo que cada esposo encuentre en el otro un apoyo para desarrollar plenamente su vocación. Asimismo, subrayó la necesidad de fortalecer la preparación de los jóvenes para el matrimonio, insistiendo en que la educación para el amor comienza desde la infancia. Aunque reconoció el valor de los programas de preparación matrimonial que ofrecen las parroquias, advirtió que estos deben estar acompañados de una formación integral en las virtudes, la responsabilidad y el compromiso. El Papa también resaltó que el hogar constituye la primera escuela del amor, donde los hijos aprenden, mediante el testimonio de sus padres, el significado de la entrega, el perdón y la fidelidad. En este sentido, reconoció el esfuerzo cotidiano de tantas familias que, aun enfrentando dificultades, perseveran en su misión con generosidad. Otro de los aspectos centrales de su mensaje fue la necesidad de consolidar una Iglesia que sea verdaderamente una «familia de familias», capaz de acompañar a los matrimonios jóvenes, apoyar a los padres en la crianza de sus hijos y reconocer la sabiduría de los adultos mayores. León XIV insistió particularmente en que las familias que atraviesan situaciones difíciles deben encontrar en la comunidad eclesial acogida, comprensión y acompañamiento, libres de prejuicios y actitudes condenatorias. De igual manera, recordó que la familia desempeña un papel insustituible en la transmisión de los valores cristianos y en la defensa de la dignidad de la vida humana, desde la concepción hasta la muerte natural. Finalmente, el Santo Padre exhortó a recuperar la práctica de la oración compartida en el hogar, señalando que esta costumbre se ha debilitado considerablemente en distintas partes del mundo. Destacó que la participación en la Eucaristía dominical, los sacramentos y la oración familiar fortalecen los vínculos afectivos y permiten afrontar unidos las dificultades de la vida. Con este mensaje, León XIV renovó el llamado de Amoris laetitia a reconocer a la familia como una comunidad de amor, esperanza y fe, cuya misión resulta esencial tanto para el futuro de la Iglesia como para el bienestar de toda la sociedad. Fuente: Vatican News. 

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