Durante su reciente visita a Puerto Rico, el pasado 26 de enero, El Visitante tuvo la oportunidad de conversar con Mons. Enrique “Kike” Figaredo Alvargonzález, SJ, Prefecto apostólico de Battambang en Camboya, sobre sus años de misión en territorio asiático, la realidad que viven los camboyanos tras el cese de la guerra, el rol de la Iglesia y sus proyectos.

El español natural de Asturias, a quien muchos conocen como el “Obispo de la silla de ruedas”, compartió que lleva 33 años de continua misión trabajando con una comunidad que tiene “una historia de violencia, de guerra, de pobreza muy grande”. Por lo que “hay generaciones que no han conocido más que guerra y destrucción”.

La historia a la que se refiere Mons. Figaredo es que Camboya, país que colinda con Vietnam, Laos y Tailandia, estuvo bajo guerra en 1970; enfrentó la revolución de Pol Pot (un comunista y genocida camboyano) de 1975 a 1979; estuvo bajo el comunismo hasta finales de los años 80, y luego con un tratado de paz que inició en el 1991 pero que no llegó hasta el 1999.

De estos conflictos quedaron remanentes de las llamadas minas antipersona, bombas terrestres que se activan con el peso de la víctima, y de las bombas de racimo (liberan un gran número de pequeñas bombas al abrirse), no solo en Camboya sino en países vecinos como Laos. Según el Obispo, son demasiadas las tierras que están minadas por lo que no se pueden utilizar, pues ha sucedido que cuando el ganado o la gente entran al terreno tienen accidentes donde si no mueren al instante, quedan mutilados de por vida.

Por esta razón, Mons. Kike, como le llaman cariñosamente, maneja unas campañas para que los gobiernos dejen de producirlas, de utilizarlas y de comercializarlas al considerarse armamentos inhumanos. “De la experiencia que tenemos nosotros en Camboya no queremos que otros países la tengan. Nos hemos unido para dar a conocer el problema y las consecuencias que tiene en la sociedad civil, lo que hace que las recuperaciones de la guerra sean muy lentas porque no se puede llevar la paz con tranquilidad, aunque se firme un tratado”, aseveró.

De dichos esfuerzos resultaron dos tratados internacionales y los esfuerzos contra las minas antipersona y las bombas de racimo, se convirtieron en una campaña internacional con el fin de recuperar la paz y mayor respeto para la sociedad civil. Pese a su oposición a las guerras, sostuvo que: “El que quiera hacer la guerra que la haga, pero que no le quede esta lastra para la recuperación de los países y de la gente sencilla. Porque normalmente después ¿quién pisa la mina? ¿Quién pisa una bomba de racimo? La gente sencilla, gente que no tiene nada que ver con la guerra”.

Aunque la Iglesia en Camboya siempre ha sido una minoría, a raíz de la guerra todo fue destruido, desde los templos hasta laicos y religiosos, entre ellos el Obispo mártir a quien Monseñor sustituye hoy día. Actualmente, el país se encuentra en proceso de recuperación con la ayuda de misioneros, en su mayoría extranjeros, y miembros de la comunidad. De acuerdo con el Prefecto, pese a que en el contexto eclesial asiático son más pequeños que en otros países, la realidad es que son Iglesia muy misionera. El hecho de contar con pocas instituciones, les permite “ser vecinos de la gente sencilla y conocer de cerca su vida cotidiana”.

Ante un país principalmente budista, el misionero jesuita expresó que tanto los monjes como las autoridades gubernamentales respetan, aprecian y reconocen que la labor de los católicos es para el beneficio de todos. “En Camboya tenemos una cosa muy bonita y es que valoran la presencia de la Iglesia católica. Valoran nuestra fe y nuestra manera de ser de una forma muy positiva. Tenemos muchas personas que, aunque no sean católicas nos valoran y nos quieren”, indicó.

Asimismo, compartió que mantiene una buena relación con la universidad budista a la que los monjes lo invitan a dar clases sobre el cristianismo o de la Biblia. Al respecto, dijo sentir que cuentan con mucha suerte y que Dios los bendice a través de la gente con la que se encuentran.

Figaredo, destacó que la misión que realizan en Camboya es una muy importante “en calidad y en cantidad” ante el sufrimiento ocasionado por la violencia y la pobreza. Afirmó que, dentro del contexto camboyano, el grupo es mayormente reconocido por su rol con la gente más pobre y sencilla. “Nuestro trabajo es con la gente, con los discapacitados, con niños huérfanos, con los chicos y personas que viven en los márgenes de la sociedad”, comentó.

Subrayó que: “Tenemos muchos proyectos, pero es por estos servicios, por esta presencia y dedicación que tenemos con la gente sencilla y necesitada, que socialmente el gobierno, otros grupos y Organizaciones No Gubernamentales (ONG) nos conocen bien en Camboya”.

En la próxima edición, el Obispo compartirá detalles de sus proyectos, logros y lo que le falta por hacer, su aprendizaje como misionero, por qué le conocen como el “Obispo de la silla de ruedas” y su mensaje al mundo sobre esta zona del planeta.

(Primero de dos artículos)

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