¿Sabías que cuando adoramos a Jesús, le oramos dos veces? La adoración es una conversión íntima entre el tierno corazón de Jesús Sacramentado y el nuestro, que está manchado por las miserias del mundo; miserias que solo Él puede eliminar y hacer de nosotros criaturas nuevas. En este diálogo amoroso y de paz, le entregamos nuestra vida a Él, reparamos los pecados que hemos cometido y los del mundo entero, y nos permitimos ver su grandeza en cada una de nuestras situaciones de vida. El acto de reparación es el acto o ese hecho que debemos de enmendar, restaurar a la normalidad y sobretodo compensar completamente con amor y generosidad. Debemos tomar nuestro momento, ya sea ante el Sagrario o ante Jesús Sacramentado, para entender y meditar como ejerceremos la reparación a las injurias que le causamos a nuestro querido Jesús. El propio Jesús es el ejemplo de la reparación de nuestros pecados y los del mundo entero.
El recibir a Jesús a través de la Comunión es el regalo espiritual que más podemos gozar, luego de pedir perdón. “Has de saber que la fuerza que tienes dentro de ti para soportar los sufrimientos la debes a la frecuente Santa Comunión; pues ven a menudo a esta fuente de la misericordia y con el recipiente de la confianza recoge cualquier cosa que necesites”, (Diario, 1487). “Jesús sacramentado cambia nuestra vida, transforma nuestra manera de ver este momento tan especial y nos confirma que su Misericordia no tiene límites. Cada mañana durante la meditación me preparo para las pruebas y lecciones del día, y la Santa Comunión es mi garantía que todo saldrá bien. “Temo el día en que no tenga la Santa Comunión. Este Pan de los fuertes me da toda la fuerza para continuar esta obra y tengo el valor de cumplir todo lo que exige el Señor”, (Diario, 91).
Es por eso, que se nos explica en el Diario de Santa Faustina lo siguiente: “Debemos estar listos en alma y espíritu para recibirlo sin ninguna miseria en nuestro corazón, ya que tenemos el privilegio de recibir y consagrarnos el Rey de Reyes. Cuando mis fuerzas empiecen a disminuir, entonces la Santa Comunión me sostendrá y fortalecerá. De verdad, temo el día en que no reciba la Santa Comunión. Mi alma recibe una fuerza admirable de la Santa Comunión”, (Diario, 1826).
La preparación para comulgar es más allá que una oración, debemos confesarnos y hablar con nuestro Párroco o guía espiritual. “He visto con qué renuencia ha ido Jesús a algunas almas en la Santa Comunión. Y me ha repetido estas palabras: Voy a algunos corazones como a otra Pasión”, (Diario, 1598). Agradezcan el amor y la bondad de Jesús Sacramentado, permitan que Él les acaricie el alma, ya que es Dios Todopoderoso. ¡Dichosos los que te hemos dicho que sí y te servimos! Te pedimos con humildad para que otros conozcan tu Divino Rostro y lo admiren en plenitud ¡Gracias Jesús Sacramentado por ser nuestro primer amor y refugiarnos en tu piadoso corazón! Los invito a que mantengamos nuestra mirada fijada en Jesús, porque somos “sus escogidos”.
Evoquemos y emulemos a nuestros santos que vivían su intimidad y cercanía con Jesús Sacramentado y la Iglesia. Al final del día como nos pide su Santidad el Papa Francisco, “todos estamos llamados a encaminarnos hacia la santidad”. Así se refuerza en Colosenses (1, 24): “Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia”. Recuerden que la Misericordia no es un sentimiento ocasional y distante, es para siempre. ¡Queden con la paz de Santa Faustina de la Divina Misericordia!
Dra. Maricelly Santiago Ortiz
Para El Visitante



