Mensaje del Presidente de la PUCPR, Lcdo. José A. Frontera Agenjo, en la graduación del recinto de Ponce

18 de junio de 2026

Excelentísimos señores Obispos, miembros de la Junta de Síndicos, señores vicepresidentes y vicepresidentas asociadas, decanos, demás miembros de la administración universitaria, miembros del Claustro, familiares y amigos, queridos graduandos:

Hoy nos congregamos para la celebración cumbre de la vida académica de nuestra Universidad. Hoy es el día que han estado esperando y para el que han trabajado con anhelo, ahínco, esfuerzo y grandes deseos. Hoy es el día en que juntos podemos decir: ¡lo logramos! Y lo digo en plural, pues ha sido un esfuerzo de cada uno de ustedes, pero también de sus profesores, del personal de apoyo institucional, de sus padres y familiares, de todos aquellos que los han ido formando y acompañando en el camino. Hoy todos celebramos y nos alegramos con ustedes. Este es un gran día de gratitud, de memoria y de compromiso.

Este año, completan sus grados académicos 1,206 estudiantes, de los cuáles 957 reciben hoy sus diplomas. Entre todos los recintos hemos otorgado 13 certificados técnicos, 58 grados asociados, 734 bachilleratos, 10 certificados profesionales en Tecnología Médica, 162 Maestrías, 136 Juris Doctor, 15 Maestrías en Derecho y 78 Doctorados.

La Universidad, como nos dice el Papa León, existe como espacio de encuentro, de restauración de las relaciones intergeneracionales en nuestra sociedad, de lugar de búsqueda de sentido, de reto y de superación. Es un espacio de esperanza, porque siempre se alimenta de los sueños de aquellos que se atreven, de quienes apuestan a su futuro, a su crecimiento y a la posibilidad de dar y darse a los demás. Por eso la Universidad es un espacio de transformación, desde el que ensayamos y nos preparamos para las responsabilidades de la vida adulta y profesional, pero también desde donde nos abrimos a la búsqueda de la verdad y al anhelo de construir la justicia y la solidaridad.

Conforme a nuestra misión, a lo largo de su trayectoria en nuestra institución, hemos querido formarles en valores que no se improvisan, que no se negocian y que no se pueden abandonar sin traicionarla propia vocación de las profesiones a las que han sido llamados:

  • La dignidad humana como fundamento y principio rector de todo quehacer personal y profesional
  • La solidaridad y la empatía, la custodia del corazón, como respuesta concreta ante el sufrimiento del prójimo, de sus circunstancias y sus necesidades.
  • La justicia social como horizonte ético en la construcción del bien común y de un desarrollo que alcance y promueva a todos sin exclusión.
  • La esperanza como virtud que sostiene la vida y orienta el servicio. 

Precisamente el Papa León nos recordaba recientemente que “la esperanza es la luz que el corazón humano no puede permitirse perder.” Estas palabras no son consignas para llenar discursos: son los cimientos sobre los que se construye la educación que les hemos brindado y sobre los que esperamos se sostengan su vida y su desempeño de aquí en adelante. 

Ustedes han llegado hasta aquí siendo faros para nuestra institución y sus compañeros, estrellas que conforman una constelación que alumbra con la luz de su fuerza, de su ejemplo de superación y del sacrificio necesario para lograr lo que es realmente importante en la vida. Sus desvelos, esfuerzos y testimonio son historias que merecen ser contadas porque ilustran de qué están hechos los pioneros y pioneras de la Católica. Algunos de ustedes se han sobrepuesto a la enfermedad. Otros han asumido responsabilidades familiares que van desde ser padres a ser cuidadores de sus seres queridos. Muchos han tenido que trabajar, en ocasiones en más de un empleo. Varios han sido parte del gobierno estudiantil, participado exitosamente en deportes y competencias, representando a nuestra institución y avanzando en su formación y experiencias profesionales. Otros han sufrido pérdidas significativas. Pero cada uno ha hecho de este tiempo una etapa para afianzarse en sus convicciones, crecer en sus capacidades y hacer valer sus sueños y por eso estamos orgullosos.

Queridos graduandos: salen al mundo en un momento histórico que requiere de su valentía y coherencia de vida. Ustedes representan la esperanza viva de nuestra patria. Sé muy bien que el panorama actual genera profundas dudas. La tentación de emigrar debido a la crisis económica, la preocupación por la criminalidad, la indignación ante la corrupción y la inestabilidad en el sistema de salud son realidades concretas que, estoy seguro, pesan en sus corazones. Sin embargo, es precisamente en los momentos de mayor oscuridad donde la luz de los profesionales éticos y cristianos debe brillar con más fuerza. No permitan que la apatía o el desánimo los aleje de la tierra que los vio nacer y formarse. Puerto Rico los necesita hoy más que nunca para sanar sus instituciones y levantar su economía. No busquen la salida más cómoda, sino enfrentar las dificultades con valentía. Nunca olviden que el miedo es necesario para que haya valentía, de eso se trata de superarlo, de no dejar que nos domine. Por algo la frase “no temas” aparece 365 veces en la Biblia, como un recordatorio para cada día. El verdadero liderazgo no huye ante las crisis; se queda para resolverlas. Quédense en Puerto Rico. Utilicen su talento para transformar esos sistemas, erradicar las prácticas corruptas mediante la integridad y construir un entorno seguro donde la justicia social sea una realidad, empresas locales prósperas que den oportunidades al de aquí, familias donde se viva el respeto a la vida y a la dignidad. Su compromiso es el pilar sobre el cual se edificará el futuro de nuestra sociedad. El papa León ha dicho con claridad: “La herida emocional de los pueblos no se cura con discursos, sino con presencia, compasión y verdad”. Ustedes están llamados a ser quienes salgan a sanar esas heridas.

Además de estos retos sociales, nuestra isla enfrenta una necesidad urgente de proteger sus activos naturales. La sostenibilidad de nuestros recursos de agua y la preservación de los ecosistemas en peligro no pueden ser temas secundarios. El pensamiento social cristiano nos enseña que la naturaleza es un don sagrado que debemos custodiar con responsabilidad, como tanto insistía el Papa Francisco y nos recuerda el Papa León. Afirmaba el pensador y filósofo cristiano Jacques Maritain: “El amor a la verdad debe ir unido al servicio de la justicia”. Y hoy, la justicia también exige defender nuestra casa común y una tierra donde el disfrute libre y público de sus activos para el bien de todos quede garantizado. Por eso, desde aquí, volvemos a decir no a todo proyecto que nos robe nuestras playas, que nos prive de nuestra tierra o que excluya a nuestros hermanos puertorriqueños de su propio patrimonio. Ustedes, como profesionales coherentes con sus valores y su formación, deben liderar el desarrollo desde soluciones sostenibles que respeten los principios de propiedad, pero en armonía con el destino universal de los bienes, el del poder público pero sujeto a la subsidiariedad. Su conocimiento debe aplicarse para frenar el deterioro ambiental y garantizar que nuestras futuras generaciones de puertorriqueños disfruten de una isla próspera y saludable.

En su viaje a España de estos pasados días, en la Vigilia con los jóvenes, el Papa León les dirigió este mensaje que encierra el espíritu de envío y misión con que celebramos esta graduación y que queremos dejar en sus corazones: 

Sean ustedes mismos la chispa de una humanidad nueva. Sean humanos, sí, humanos, hombres y mujeres de carne y hueso, no apariencias, sino rostros fiables. Personas que buscan la justicia porque tienen hambre de ella, como del pan de cada día. Personas que desean una vida honesta y recta, porque gustosamente hacen a los demás lo que querrían que los demás hicieran con ellas. Sed humanos como lo es Cristo, el hombre perfecto, el resucitado que comparte con nosotros la historia en todo tiempo. Como los apóstoles que se enfrentaron a un mundo pagano (hoy podríamos decir artificial) sean misioneros del evangelio ante las pobrezas materiales y espirituales de nuestro tiempo, sabiendo bien que nuestra fe es un estilo de vida que se cumple en la caridad. Ustedes pueden cambiar la historia, Háganlo con el amor.

Hoy esa invitación recae sobre ustedes. “Necesitamos visiones capaces de construir nuevas síntesis culturales, que tengan el valor de conjugar pensamiento y vida, contemplación y acción, atención a los pobres y búsqueda del sentido, custodiando el patrimonio profundamente humano.” (León XIV, discurso 30 de mayo de 2026) Frente al paradigma del algoritmo, sean ustedes signos de humanidad, es decir, de creatividad, de arte, de poesía, de música, de crítica, de experiencia, incluso de errores desde los que se aprende, para desarrollar las capacidades de reflexión, de construcción y de cambio, desde la compasión, el heroísmo, la vinculación con el otro, la solidaridad y la caridad, signos que no pueden ser replicados por ninguna inteligencia artificial, porque son fruto de nuestra humanidad más íntima, aquella en donde radica que seamos imagen y semejanza de Dios, llamados a vivir como hermanos y a custodiarnos mutuamente. 

Finalmente, los invito a recordar que no han llegado hasta aquí solos. En sus familias, entre sus amigos, maestros, profesores, compañeros, hay muchas personas que han sido claves en ayudarles a alcanzar lo que hoy celebran. Piensen en quiénes son esos que han estado ahí para apoyarles, darles la mano, llorar con ustedes, amanecerse con ustedes, dar ánimo cuando todo parecía venirse abajo e incluso ver el potencial y los talentos que, a veces, ustedes mismos eran incapaces de percibir. A ellos denles las gracias. Pero si lo quieren hacer de verdad, sean ustedes como ellos para los que caminan a su lado y los que vienen detrás. El mejor homenaje será hacer y ser para otros lo que ellos fueron para ustedes. 

Donde quiera que vayan sean testimonio de lo que implica ser pionero, aquellos que viven y caminan al futuro con esperanza, confiando en Dios y haciendo multiplicar los talentos que de El han recibido. Sean los ciudadanos íntegros, solidarios y justos que nuestra patria y el mundo necesitan con tanta urgencia. Nuestras armas no son las que siembran muerte y destrucción, si no la verdad, la justicia y la libertad, desde los principios de la doctrina social que la Iglesia nos ofrece.

Que la esperanza sea su fuerza motriz y la verdad la inspiración de todo lo que hagan como aconsejaba Sato Tomás Moro. Que Dios todopoderoso les conceda sabiduría para discernir, fortaleza para servir y humildad para escuchar. Que el Espíritu Santo ilumine cada decisión que tomen, para sea de bien para ustedes, sus semejantes y nuestro pueblo y que la virgen María, trono de la Sabiduría, los acompañe como maestra de humanidad en este nuevo comienzo.

Puerto Rico los necesita, la Iglesia los envía y acompaña. Nuestra Universidad cree y confía profundamente en ustedes y por eso ahora los lanza a vivir lo aprendido y ponerlo al servicio del bien. 

A luchar, pioneros, adelante. A vencer con la Universidad. 

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