¡Que Cristo Jesús reine siempre en sus corazones! ¡Que reine en todo Puerto Rico y en el mundo entero! ¡Que nos llene de su Espíritu Santo para que vivamos como hijos de Dios y seamos de verdad hermanos! Gracias a todos los aquí presentes por acompañarme y ser testigos de esta Toma Oficial de Posesión Canónica, como lo manda y establece la Santa Iglesia Católica. Con este acto oficial, me convierto en el sucesor número 54 que ocupa esta Cátedra Episcopal de San Juan de Puerto Rico.
Mis últimos predecesores fueron: Mons. James Peter Davis (1943-1964), con quien nació la Arquidiócesis de San Juan como tal. Antes, se había fundado como la Diócesis de Puerto Rico y, posteriormente, pasó a ser la Diócesis de San Juan de Puerto Rico, para finalmente convertirse en la Arquidiócesis de San Juan de Puerto Rico, siendo Mons. Davis su primer Arzobispo. A él le sucedió S.E.R. Mons. Luis Aponte Martínez, segundo puertorriqueño en ocupar esta cátedra y el primer y único Cardenal de Puerto Rico. Luego, asumió esta cátedra arzobispal mi predecesor, S.E.R. Mons. Roberto O. González Nieves, OFM, para quien pido un fuerte aplauso. Gracias a Mons. Roberto por su pastoreo y gobierno de esta histórica Iglesia local con gran celo y ardor ministerial, acompañando no solo a la Iglesia Católica, sino también a todo el país con mucho esmero y, en ocasiones, con dolor y sufrimiento.
Al entrar por la puerta de la Catedral San Juan Bautista, quiero recordar las palabras del Santo Padre León XIV en una carta reciente dirigida a los Obispos de América Latina: “Al cruzar por el umbral (de la puerta), entra en una historia que no comienza con él y queda ligado, por su ministerio, a un pueblo concreto”. Hoy, 29 de septiembre de 2026, este jíbaro puertorriqueño nacido en Maunabo llega a la Cátedra Arzobispal de esta histórica Iglesia Arquidiocesana de San Juan de Puerto Rico por medio del nombramiento ministerial de Su Santidad, el Papa León XIV. Llego consciente de la magnitud pastoral de esta encomienda en tiempos donde vivimos situaciones muy complicadas, tanto como pueblo y como Iglesia en Puerto Rico. Atravesamos cambios profundos en nuestras instituciones, estamos inmersos en distintas crisis y situaciones conflictivas, y encontramos formas y actitudes polarizantes a nivel político, cultural, social y eclesial. Por ello, la misión que se nos ha confiado cobra una marcada relevancia, y buscaremos realizarla con la mayor responsabilidad ministerial que exigen los signos de los tiempos mediante este pastoreo que hoy asumimos en la Arquidiócesis de San Juan de Puerto Rico.
A pesar de los desafíos y la magnitud de esta misión, soy un hombre de fe que cree en el Dios de la Vida y de la Historia, y creo que ese Padre de amor y misericordia sigue también hoy recreando, liberando y acompañando a su pueblo. Cuando Jesús entró en la historia de la humanidad a través de la Encarnación, fue para sanarnos de egoísmos e injusticias, y así abrirnos caminos hacia la plenitud de vida, la fraternidad y la comunión solidaria para una historia nueva. Por esto, abrazo esta misión con fe y esperanza, porque vengo en nombre de Jesús, el Buen Pastor, y en un espíritu sinodal misionero, como nos pide hoy la Iglesia: para hacer pueblo, ser pueblo y caminar con su pueblo. Esto me exige acoger a mi gente y acompañarles en sus calvarios y cruces con la fuerza del Evangelio y la sabiduría que nos llega del Espíritu Santo.
Los retos y desafíos pueden ser muchos, pero no significa que sean insuperables. Con el amor de Dios y la fuerza de nuestra gente en un pueblo marcado por su generosidad y su fuerte sentido de solidaridad, podemos asumir la historia de esta Iglesia Arquidiocesana y lanzarnos hacia una historia nueva. Las crisis de tantos matrimonios y familias, la baja tasa de natalidad, la despoblación que sufre el país, la emigración de tanta gente y recursos que dejan esta tierra; las nefastas políticas de inmigración que hacen aún más palpable la despoblación de este pueblo y que causan tanto dolor a familias y comunidades migrantes; la violencia que arrebata vidas humanas día a día en nuestras calles, la crisis económica y fiscal que nos tiene atrapados con una inflación que ocasiona pobreza y sufrimiento a tantas personas, son solo algunos de los grandes desafíos que tenemos de frente.
Por esto, se nos hace urgente propiciar el diálogo social, la justicia, la paz y la concordia fraterna entre todos, haciendo un llamado urgente a nuestros líderes a la conversación y al diálogo respetuoso y cristiano; es decir, valorándonos como personas e hijos de Dios. No podemos cultivar ni ser agentes de violencia. “La violencia nace donde se ha quebrado la paz del alma y se ha perdido la esperanza de mejorar la calidad de vida” (Carta Artesanos de la Paz de la CEP, n. 4, 27 de agosto de 2021). La Iglesia, desde el Evangelio y su Doctrina Social, tiene mucho que decir y mucho que aportar. Para esto, tenemos que estar presentes y conscientes de estas realidades, y saber acompañar y caminar en medio de la gente, al estilo de Jesús, el Buen Pastor. El Evangelio que acabamos de escuchar nos refiere a Jesús, Buen Pastor, y nos habla de vida, pero de vida entregada en servicio por los demás. Se trata de un pastoreo no a base de salarios, sino de alguien que se inserta profundamente entre la gente para conocerles, amarles, sanarles, cuidarles y protegerles de lobos y asalariados. Se trata de un pastoreo que impulsa y promueve nuevas relaciones, nuevas formas de comunión y fraternidad; que hace una opción por la oveja perdida y no descansa hasta encontrarla para darle vida y llenarla de esperanza.
Junto a mis hermanos Obispos quiero enfatizar que: “Nos toca aportar a la reconstrucción del tejido social, religioso, ético y cultural de este pueblo, con esfuerzo diario y constante, para que emerja la paz genuina” (Ibíd., n. 3). Esta no es tarea solo de algunos líderes o del gobierno, sin eludir sus responsabilidades. Pienso que es tarea de todos, y todos podemos contribuir aunando esfuerzos, voluntades y corazones.
Al asumir esta cátedra, desde ya la dispongo al servicio del país y de nuestras comunidades. Buscaremos que esa Iglesia que se extiende a través de nuestras comunidades parroquiales llegue a las familias, que les brinde un abrazo de ternura y de reconciliación con la fuerza del Evangelio para sanar sus heridas y llenarles de esperanza. A mis queridos presbíteros, diáconos, religiosos, líderes laicos, ministerios, pastorales y movimientos, les digo que no podemos esperar, pues nos urge contemplar el dolor y el grito de nuestra gente. Hay gritos de injusticia en familias heridas, en personas sin hogar que deambulan sin alimentos ni techo varados en nuestros semáforos, sin ruta ni dirección; el clamor de migrantes encerrados y perseguidos por políticas actuales que son nefastas, como también el de tantos abuelos y ancianos solos a quienes no podemos dejar al margen de nuestra pastoral eclesial. Somos una Iglesia de servidores y a servir hemos venido. Lo haremos posible con la gracia de Dios y la pasión de vida que tiene nuestro pueblo. En este momento crucial, cuento siempre con su oración.
Mi abrazo y bendición para todos. ¡Que María, Madre de la Divina Providencia, les cubra con su manto materno! ¡Que Carlos Manuel Rodríguez Santiago interceda para reconciliarnos y sanarnos como hermanos y como Iglesia! ¡Que San Juan Bautista nos haga salir de nuestras cavernas y miedos! Que Dios bendiga a Puerto Rico y que María, Madre de la Divina Providencia, nos oriente y guíe en nuestro caminar. AMÉN.



