“Todo lo puedo en Aquel que me fortalece” (Filipenses 4, 13).

En el momento que me dispongo a redactar este artículo breve ha pasado casi 1 mes y medio del impacto directo del huracán María. Las experiencias acumuladas como sacerdote han sido tantas, que no me es posible relatarlas en detalles. No obstante, quiero compartir algunas de ellas y presentar, al mismo tiempo, una preocupación.

El jueves, 21 de septiembre, comencé a visitar los sectores de las parroquias en las cuales desempeño mi servicio pastoral. Como a las 5:00 p. m. llegué al sector El Jobo, en Arecibo, donde se encuentra la Capilla San Pascual Bailón. Me indicaron que el techo de zinc de la Capilla había volado (así como tantas otras casas de la vecindad) y que la comunidad estaba incomunicada por la cantidad inmensa de árboles que impedían el paso. Me dijeron, a su vez, que una brigada iba abriendo una brecha en una dirección mientras la otra venía en dirección contraria. Me dispuse a ir a ayudar y me encontré con uno de esos detalles con los que Dios nos sorprende y alienta. Alrededor de las 5:30 p. m. nos hallamos ambas brigadas y la brecha quedó culminada. Estos voluntarios valientes comenzaron a trabajar a las 7:00 a. m. El final fue inesperado. Un vecino había traído un caldero de asopa’o  de pollo y el momento se prestó para descansar de la fatiga mediante el compartir la alegría de acabar la jornada. ¡Esta es la gente de mi pueblo, de la que me siento orgulloso y a la que quiero continuar sirviendo como sacerdote!

En estos días he vivido experiencias que son la orden del día para la mayoría de los boricuas: el Río Tanamá inundó la parroquia Santa Cecilia, he tenido que bañarme a “bofetá limpia” con un vasito y un balde (actualmente, gracias a Dios, tengo agua), leer con cuatro velas, soportar durante la noche el calor sofocante, el zumbido fastidioso de los mosquitos y sus picadas abundantes, asumir la “eternidad” de 12 horas (de 6:00 p. m. a 6:00 a. m.), salir a buscar señal en los paseos de la Carretera 10 y 22, visitar a tantos hermanos que, con lágrimas en sus ojos, me relatan cómo perdieron sus hogares… Circunstancias todas ellas difíciles de asimilar “de un solo golpe”. Sin embargo, estos días se han presentado como ocasión para volver a valorar lo verdaderamente importante. Salgo en mi automóvil y veo cómo el verde va brotando en nuestros campos a paso firme. En las noches miro al cielo y lo veo lleno de astros en todo su esplendor. Todo este lenguaje de la naturaleza me conduce a confirmar la cercanía del Dios que nos va hablando mediante pequeños signos que, a su vez, nos conducen a verdades más profundas. Nos referimos a las familias sentadas en sus balcones tomando la brisa, charlando plácidamente mientras se divierten en el dominó, las cartas o en algún juego de mesa. Nos referimos a las personas enemistadas que, en las circunstancias actuales, se han acercado y “han hecho las paces”. Nos referimos a un encuentro personal cotidiano, a un valorar lo valioso y comprometedor de cada día, a un tender la mano al vecino que nos necesita, a un compartir con alegría lo poco que tenemos, a un reconocer lo limitados que somos, la necesidad de ayudar y dejarnos ayudar.

Decía al inicio que deseo expresar una preocupación y es la siguiente: el éxodo masivo de puertorriqueños hacia Estados Unidos. Las motivaciones de las salidas son múltiples e imposibles de encapsular en estas líneas. Por una parte, hay un grupo de boricuas que se va por razones justificadas, como una enfermedad, la pérdida de empleo de ambos padres de familia… No obstante, hay otros que se van por no soportar las circunstancias: la falta de Internet y la poca señal, el bañarse con un balde, el tener que estar buscando agua para bajar los inodoros, el estar las noches sin luz y soportando el calor… Este último grupo es el que me provoca inquietud. El apóstol San Pablo en la segunda lectura del Domingo XXIX del Tiempo Ordinario nos recordaba una capacidad que suscita la esperanza: “el aguante” (cf. 1 Ts 1, 3). Este “aguantar” no se refiere a una actitud voluntarista, en la que el ser humano va afrontando todo lo que venga sin sentirse afectado por lo exterior, sino, más bien, consiste en descansar en las promesas de Dios, en reconocer que Él nos mira con cariño en medio de nuestras crisis, que estamos fundamentados en la Palabra de Cristo: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el final de los tiempos” (Mt 28, 20). Quienes viven de cara a esta verdad van identificando cómo la Providencia de Dios obra para alegrarnos el corazón en el milagro de cada día. Así como los novios ante el Altar se juran fidelidad en la salud y en la enfermedad, en las penas y alegrías, asimismo, pero de modo eminente, Dios es fiel, Él nos acompaña, ha hecho un pacto con nosotros que nada ni nadie podrá romper: “¿Acaso se olvida una madre de su hijo? Pues aunque tu padre y tu madre te olvidaran yo no te olvidaré jamás” (Is 49, 15).

Para concluir, reafirmo mi gratitud a Dios por hacerme hijo de esta tierra bendita llamada Puerto Rico. Agradezco a todos aquellos que nos sirven con pasión, que buscan levantar a Borinquen, no tan solo en bienes materiales, sino también en valores nobles y principios cristianos. Al mismo tiempo, hago un llamado a amar lo nuestro, a vivir estos días sin tapujos, a no huir de la realidad, a asumir la precariedad y el sufrimiento, a poner todo nuestro ser en la empresa de “levantar la Isla del encanto”, sabiéndonos sostenidos en la Providencia divina que de la Cruz ha hecho brillar la Luz. Finalmente, querido lector, te comparto una noticia con profundo gozo, esperanza y convicción: Me quedo en Puerto Rico.

(P. Gabriel Alonso Sánchez)

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