El matrimonio, la familia y como resultado de esta unión la sociedad para la Gloria de Dios. Dios los une de manera que formando una sola carne (Gén 2-24) puedan transmitir la vida humana: “Sed fecundos y multiplicaos y llenad la tierra” (Gén 1, 28).

Cuando un hombre y una mujer celebran el Sacramento del Matrimonio, Dios, por así decirlo, se refleja en ellos, les imprime sus propias características y el carácter indeleble de su amor. “Un matrimonio es comunión del amor de Dios con nosotros” (Papa Francisco).

Dios instituyó la familia humana y la dotó de su constitución fundamental. Sus miembros son personas iguales en dignidad. Para el bien común de sus miembros y de la sociedad, la familia implica una diversidad de responsabilidades, de derechos y de deberes.

La familia es la “célula original de lo social”. Es la sociedad natural en que el hombre y la mujer son llamados al don del sí en el amor y en el don de la vida. La autoridad, la estabilidad y la vida de relación en el seno de la familia constituyen los fundamentos de la libertad, de la seguridad, de la fraternidad en el seno de la sociedad. La familia es la comunidad en la que, desde la infancia, se pueden aprender los valores morales, se comienza a honrar a Dios, y a usar bien de la libertad. La vida de la familia es iniciación de la vida en sociedad.

Responsabilidades: Cada hombre es responsable de una manera u otra de la sociedad en que vive, y por tanto de la institución familiar, que es su fundamento.  Los casados, deben responder de que la familia que han formado sea según el designio de Dios. Los que permanecen solteros, deben cuidar de aquella en que nacieron. Los jóvenes y adolecentes tienen una particular responsabilidad de preparase para constituir establemente su futura familia.

Gobierno y políticos tienen las responsabilidades de servir y promover el bien de la persona humana y estar fundada en el respeto de su dignidad.  Si es verdad que la política debe servir a la persona humana, no puede ser esclava de la economía y de las finanzas. La política responde a la necesidad imperiosa de convivir para construir juntos el bien común posible, el de una comunidad que resigna intereses particulares para poder compartir con justicia y paz, sus bienes, sus intereses, su vida social.

Una nación es considerada grande cuando defiende la libertad, cuando genera una cultura que permita a sus hombres y mujeres “soñar” con plenitud de derechos para sus hermanos y hermanas, cuando lucha por la justicia y la causa de los oprimidos.  Estas son algunas de las riquezas del alma que fue de nuestro Puerto Rico. Que esta alma tome de nuevo forma y crezca, para que nuestros jóvenes puedan heredar y vivir en una tierra que ha permitido a muchos soñar, la verdadera creación de nuestro Dios Padre.

La relación entre la familia y la comunidad cristiana: La Iglesia es una familia espiritual, casa de los que creen en Jesús y viven según sus enseñanzas, y la familia, una pequeña Iglesia doméstica, escuela de amor a Dios y al prójimo. Una alianza crucial, basada en la solidaridad y la participación, indispensable y urgente contra los centros de poder ideológico, financiero y político.

La comunidad cristiana es la casa de los que creen en Jesús como fuente de fraternidad entre todos los hombres de la familia. El lugar insustituible en donde inicia la historia que permanece en eterno. De los grandes eventos de la historia del mundo solo queda el recuerdo en los libros. La historia de los afectos de las personas, en cambio, se conserva en el corazón de Dios y se inicia en la familia.  Esa es la historia que cuenta.

La Iglesia que camina entre los pueblos, en la historia de los hombres y mujeres, de los hijos e hijas, es lo que “realmente cuenta para el Señor”. Así experimentó Jesús, Hijo de Dios, que nació en una familia y en ella, por 30 años, aprendió la condición humana, en la sencillez de una dura vida de trabajo, en una aldea insignificante. Cuando inició su vida pública, quiso formar a su alrededor una comunidad, una “Asamblea”, una convocación de personas: la Iglesia. No la quiso como una secta para privilegiados, sino como una familia hospitalaria, una casa donde todos, sin exclusión, fueran acogidos y amados”, (Papa Francisco).

Vivamos la verdad, vivamos católicos.

(Fuentes: Varias)

(José Loubriel Díaz | Capilla San Pablo, Florida)

(Diócesis de Arecibo)

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