El P. Teilhard de Chardin, gran paleontólogo y teólogo poeta, concebía el final de la evolución del universo con el Cristo glorioso entrando al cielo, y tras él la cola inmensa del universo como un pavo real.  Sus adversarios le consideraban ingenuamente optimiza. También al venerable P. Pedro Arrupe. Ya en la tercera edad, y en su último retiro espiritual, escribía como propósito: “aceptar limitaciones, aceptar las sombras largas que van cayendo sobre el valle”. Bien adecuada imagen para los que llegan a esa tercera edad, y para esos matrimonios viejos que han perseverado hasta las últimas etapas de su ruta de amor.

Aceptar las muchas imitaciones que trae la edad, que recaen también sobre esa relación de dos personas que están pasando el límite de la edad esperada.  Una aceptación humilde, y gozosa. Lo de gozosa tal vez no resulte fácil.  Son limitaciones en la salud que ambos sufren: es la etapa de las verdes y las colorás, el continuo buscar la receta del médico.  Ya no tienes la fuerza para mover todo lo que antes hacías en beneficio de la pareja.  Jesús se lo decía a San Pedro: “Cuando eras joven tú mismo te ceñías; cuando seas viejo, otro te ceñirá el cinturón y te llevará a donde tu no quieras”.  ¡Y la virtud consiste en aceptar esa realidad, y con sonrisa!

Son limitaciones hasta en la memoria. Sin llegar ya a la dolosa situación del Alzheimer, que ya no sabes ni cómo se llama tu pareja.  Como aquel viejo que sale de noche a botar la basura; la vieja pasa cerca de la puerta, la ve abierta, la cierra, y se aleja tránquela a dormir, ¡dejando fuera al viejo!  Aceptar que al dirigirte a ella le llamas ‘cariño, amor, corazón’, ¡porque ya se te olvido su nombre!  ¡O tener la maravillosa alegría de entender que “ya ella no sabe quién soy yo, pero yo sé quién es ella!”.

Es tercera edad para reconocer que a los hijos les diste lo mejor que podías.  Y aunque algunos tomen decisiones desacertadas, que yo no les enseñé, reconocer que ya la responsabilidad pasa a ellos.  Pero mejor aún, reconocer que no perdí el tiempo porque llevan adelante la imagen de futuro que yo pensé.  Es la edad no de criar, sino de dar, según mis fuerzas, la ayuda con nietos que los hijos necesitan.  Y mostrarlo con la satisfacción de que logro así regar la planta de la nueva pareja, para que se fortalezca.  Es la edad no de criar, sino de malcriar a los nietos. Normalmente pueden ser la alegría de los brotes nuevos.  Aceptar que es la hora de malcriarlos para que ellos sientan lo que es tener abuelos.  ¡Como decía un niño “es que la abuela es tan suavecita!”.

Como pareja la expresión sexual, tan importante en la relación, ya pierde las demostraciones de antes.  Pero les prepara para lo mejor de la relación, qué es sentirse de veras acompañados.  La soledad de los años se mitiga.  Surge más profunda que nunca la realidad de que, por encima de todo, somos amigos.  Con todo lo de realización humana que esa palabra aporta. Amigo, que identifica a la persona que con solo estar me tranquiliza.  Confianza plena.  La persona que me conoce y acompaña en todo sentido.  La que para mí aportará todo lo positivo que aún contiene la vida.  Si está esa, con ella poseo todo lo esencial que resta en esta etapa.

Hay sombras largas.  También tiene su belleza la hora del ocaso, el caer suavemente la sombra abriendo el misterio de la noche.  Esta vejez, sin duda, es la recompensa de la pareja que perseveró, no meramente porque no había más remedio, sino viviendo al máximo cada etapa de esa relación matrimonial.  La llamada a crear un hogar, calor, aceptación, abrazo se sigue perpetuando, de otras maneras, en ese nido vacío.

P. Jorge Ambert, S.J.

Para El Visitante

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