Insistimos en el punto de la madurez emocional como requisito para entrar en matrimonio católico. Creo que es hora ya de rebuscar en esta área, si queremos menos fracasos futuros.  Es indispensable el equipaje con que asumimos este periplo aventurero. Y hay algunas mochilas inexplicablemente muy vacías.

¿Cómo explicar el que algunas parejas ya en la luna de miel entren en conflictos y situaciones serias?  (“La primera relación sexual fue violación de un alcohólico; al tercer día me dio un puñetazo en la nariz y sangré…”)  Son personas inestables, irrazonables, descontroladas, egoístas, explosivas.  Inmaduros, con reacciones de niños, en una palabra.  Son una bomba de tiempo, y algunas sin remedio inmediato.  Me contaban de una novia, recién salida del altar, que en medio de la recepción armó tremenda camorra con su recién esposo, al ver que habían sentado en su mesa a un familiar de él, y ella no lo tragaba.  Aquellos fueron gritos en público, pataleos. Habíamos casado a una nena.  Antes del año se divorciaron.  Lo contrario hubiese sido lo inesperado.

Sé que muchos novios protestarán si les pedimos más tiempo en la relación prenupcial, que tengan más edad, o que se sometan a exámenes que les ayuden emocionalmente a conocerse y mejorarse a sí mismos.  Cuando yo pienso en las etapas para incorporar a un candidato a una Orden religiosa, me admiro de la diferencia con el matrimonio.  La consagración a la vida religiosa aun hecha definitivamente admite vuelta atrás con razones serias. No así el matrimonio cuando se confiere con todos sus elementos; no tiene marcha atrás.

Sin embargo, mira lo que le exigen a la que a ser monjita. Primero es candidata, se le evalúa con exámenes para ratificar sus posibilidades de vocación.   Luego es postulante: seis meses o un año viviendo la vida comunitaria sin compromiso con la Orden.  Pasa entonces uno o dos años en Noviciado: estudia y practica más profundamente ese estilo de vida.  Terminado este periodo, pronuncia votos por un año.  Ya es parte de la comunidad con sus derechos y obligaciones, pero terminado el año puede apartarse si lo desea.  Y así seguiría con votos temporales hasta varios años más tarde, en que se incorpora definitivamente con los votos perpetuos.

Alguno podrá decir que la Iglesia en su Derecho Canónico no exige exámenes síquicos para casarse, y que no tenemos que añadir más requisitos.   Esto es verdad, en parte.  Porque la Iglesia evidentemente ansía un sacramento fructuosamente recibido y anima a la asistencia de los fieles para lograrlo (can 1063, b; 1067; 1072).  Hoy día tenemos más medios científicos de ayudarnos. Y, por otro lado, nuestra generación vive más las tensiones; la mentalidad de fuera no suma, sino resta, para conseguir el matrimonio ideal; la idea de permanencia y fidelidad a esta relación se cuestiona; son numerosas las anulaciones que se piden por este capítulo. Razón de más para más indagar antes de la boda.  En resumen, la inmadurez es causa de fracaso en muchos matrimonios.  Para casarese no basta haber madurado anatómica o fisiológicamente.   Hace falta cabeza y corazón, una persona que sabe valorar y decidir por razones, una persona de equilibrio y control sobre sí.  Madura y capaz.

 

P. Jorge Ambert, S.J.

Para El Visitante

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