La sabiduría de un pueblo se manifiesta de muchas maneras. Una de las expresiones más comunes e interesantes son los conocidos “proverbios” o “dichos”. Estos son nacidos desde la realidad cultural, económica, política o religiosa de un pueblo. Usualmente denotan una cierta peculiaridad en la idiosincrasia de la gente. Difícil descubrir su origen o el ingenio particular que los creó. Fascinante siempre son su capacidad de comunicar una idea a manera de sátira, de afirmación o simplemente declaración. El proverbio, según la Real Academia Española, es una sentencia, adagio, refrán o dicho breve, que normalmente encierra una doctrina o enseñanza moral.

Se nos antoja utilizar el proverbio que encabeza este escrito para describir o hacer referencia al misterio que el pueblo creyente celebra en el Domingo de Resurrección. Por supuesto, reconocemos que aplicando este proverbio a la gloriosa Resurrección de Jesús, Salvador del Mundo, solo lo entenderían los afortunados que sostenidos por la fe, creen en el misterio de la “tumba vacía”. El mismo gallo que cantó en aquella noche oscura, la noche del Jueves Santo, ante la negación de San Pedro, quisiéramos pensar, es el que despierta la aurora en la mañana del Cristo, gloriosamente resucitado. Este es el misterio central, el eje que sostiene todo nuestro proyecto de fe en la vida espiritual. 

En la fatiga de lo cotidiano, en lo vulgar posiblemente, de nuestra vida, irrumpe el clarión de las Sagradas Escrituras que dan testimonio al hecho histórico de la Resurrección de Cristo, (I Cor. 15,3-8, 15-17; Lc 24,1-12; Mt 28,1-10; Mc 16,1-8; Jn 20,1-10). Claro, reconocemos que para dar credibilidad a la Palabra Revelada, hay que presumir ese “salto de fe” (“leap of faith” de Soren Kierkegaard (1813-1855 – el filósofo y teólogo danés), que la mayoría de los creyentes bautizados no entienden todavía. Si es tragedia que un pueblo no haya recibido el beneficio del don de la fe, (e.g. como posiblemente, algunos de los indígenas del Amazonas que todavía no han recibido la Buena Nueva), tragedia mayor es el hecho innegable que algunos bautizados vivan y actúen como si Cristo nunca hubiese resucitado.

Lo difícil de la vida, lo insoportable de las situaciones que se desarrollan sin la autoridad, control o voluntad del ser humano, son libremente aceptadas por los bautizados, no como angustias de lo limitado de nuestra existencia, no como pesimistas empedernidos sin remedio, sino como expresiones consecuentes a nuestra condición fallida. Esto es quienes somos, hombres y mujeres afectados e infectados por el pecado, que se glorían no de su maldad irreparable, pero de su Cristo Encarnado y Resucitado por quien han sido liberados. 

El júbilo y algarabía navideña de unos meses atrás, llega a su punto culminante y encuentra eco en la tumba vacía. Es ahí adonde se acerca la Magdalena como primer testigo de la resurrección, (Jn 20,1-2).  Desde entonces, los creyentes bautizados encuentran aceptables y meritorios todos sus esfuerzos, sacrificios y lágrimas. “En este valle de lágrimas” la tragedia mayor no es el momento final de la muerte. La tragedia mayor y escandalosa es robarle al sufrir de los hijos(as) de Adán y Eva y a ese momento sublime del final de la vida, su verdadero significado.  Nacimos para morir, indiscutiblemente. Pero no para morir como el perro de casa.  Lo nuestro, lo glorioso de lo nuestro, es que anhelamos morir conformes y en paz con nosotros mismos. Como el buen ladrón, que para colmo en su condición de ladrón, también se roba el cielo (Lc 23,43).

Llevamos incontables años celebrando la vida, pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo. Nuestro pueblo latinoamericano, desde la tradición cultural, usualmente cierra el comercio ese día o esa tarde. ¿Expresión de luto, de reverencia profunda por la muerte del Salvador? ¡Posiblemente! Pero no seamos ingenuos. La modernidad arroja consecuencias con síntomas de indiferencia o aún peor, de completo rechazo a lo sagrado de la muerte del Hijo de Dios. La multitud, en lo que hoy llamamos, “religiosidad popular”, acude a la procesión y servicios religiosos de un Viernes Santo. No así en un Domingo de Resurrección. Los psicólogos sociales aluden que desde la pobreza, la realidad de no tener, no poder, no saber, corre el riesgo de arrojar consecuencias de escapismo religioso. Esos eruditos del comportamiento humano sin fe, dicen que los hijo(as) de Dios, desde su inutilidad, piensan, Yo soy pobre. La vida me maltrata. Desde la miseria, puedo clamar al “fracasado del calvario” y en Él, logro mi consolación y conformidad.

Escandaloso el planteamiento, pero suficiente para retarnos a todos a meditar. ¿De qué se trata? ¿De unos ritos religiosos que apaciguan la conciencia herida de pecado? ¿De una manipulación más del mito religioso? ¿O acaso, más bien, del grito, que desde el alma y desgarrando el corazón, con la fe, en la fe y desde la fe, irrumpe, proclamando la grandeza de seres humanos liberados de la miseria?  Campeones se declaran los bautizados que con atrevimiento de liberación alcanzada, le dan de patadas a la muerte y se van a pasear por el mundo de las tinieblas con un sol de redención que ni tiene ocaso ni se lo pueden quitar.

Y así se construye toda una vida nueva en un mundo y unos cielos nuevos. Toda una vida de grandeza y amor… tan añorada por los que se confiesan creyentes en Cristo Jesús. ¡ALELUYA!

¿Se dan cuenta ahora? ¡Más claro no canta un gallo!

P. Domingo Rodríguez Zambrana, S.T.

Para El Visitante

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