En este Año Jubilar Mariano, en el que Puerto Rico conmemora los 50 años de la entronización de la imagen de María Madre de la Divina Providencia, mirar la vida de nuestras madres es también contemplar cómo el “sí” de María sigue haciéndose presente en medio de nuestro pueblo. No desde lo extraordinario, sino desde lo cotidiano.
En el hogar de Mario Avilés y Lisandra Velazqueztell, junto a sus cuatro hijos, la fe se vive en medio de la realidad concreta de la familia: alegrías, cansancios, retos y aprendizajes. Allí, entre lo sencillo de la vida diaria, se descubre una verdad profunda: ser madre es un don, pero también un camino de transformación.
“Ser madre de cuatro hijos ha sido, ante todo, un regalo de Dios, inmerecido por demás”, comparte Lisandra. Un regalo que, lejos de idealizarse, se vive desde la entrega diaria: “Es un darse constante… supone renunciar a mi yo, a mis egoísmos, y descubrir que sin el Señor es imposible”.
Su experiencia no es la de una maternidad perfecta, sino la de una maternidad real. Una maternidad que ha pasado por procesos, resistencias y luchas. “Al principio me costaba”, reconoce. “Yo trabajaba, tenía mis planes… pero el Señor me fue llevando poco a poco a entender que me llamaba a dedicarme a mis hijos”. Es en esa fragilidad donde su testimonio conecta de manera especial con la figura de María.

Porque María tampoco vivió una maternidad sin incertidumbre. Su “sí” implicó confiar en medio de lo desconocido, sostenerse en Dios cuando no había respuestas claras, y permanecer fiel incluso al pie de la cruz.
Así también, Lisandra reconoce que lo bueno que puede ofrecer como madre no nace de ella misma: “Si algo bueno sale de mí, no es mío; viene de Dios”. Y hace eco de las palabras de san Pablo: “Llevamos este tesoro en recipientes de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros”.
Esa conciencia de fragilidad, lejos de debilitar la maternidad, la fortalece. Porque permite descubrir que amar, tener paciencia, entregarse… no es simplemente un esfuerzo humano, sino una gracia que se recibe. “Hay cosas que salen de mí que no vienen de mí… son regalos que Dios me va dando”, expresa. En su vida familiar, esto se traduce en gestos concretos: educar a sus hijos en la fe, enseñarles que Dios es el centro, acompañarlos en su crecimiento y, sobre todo, aprender a amar en medio de las propias limitaciones.
“Ellos me han ayudado a ver lo que tengo dentro”, confiesa, reconociendo cómo la maternidad también ha sido un espejo que le ha mostrado su impaciencia, sus luchas y su necesidad constante de Dios.
Este proceso no lo vive sola. Junto a su esposo, han experimentado, como todo matrimonio, momentos de dificultad, pero también la gracia del perdón y la reconciliación. “Nos hemos sostenido… no por nosotros mismos, sino por la gracia de Dios”, comparte, subrayando nuevamente que todo es don. Y es precisamente ahí donde su testimonio se vuelve profundamente mariano.
Porque María no es solo modelo de entrega, sino también de humildad. Ella misma reconoce que todo viene de Dios: “El Señor ha hecho obras grandes en mí”. En el caso de Lisandra, esa obra se manifiesta en lo cotidiano: en el cuidado de sus hijos, en las noches difíciles, en las decisiones tomadas con sacrificio, en el aprendizaje constante de amar.

“Dar vida y ser co-creadores con Dios ha sido un don impensable”, afirma. Y añade algo que resume la belleza de la maternidad vivida desde la fe: “Dándome, recibo más de lo que doy… encuentro plenitud, resurrección y felicidad”.
En Puerto Rico, donde tantas madres sostienen sus hogares en medio de grandes desafíos, este testimonio ilumina una verdad esperanzadora: la maternidad, vivida desde Dios, no es una carga, sino un camino de vida nueva. Un camino que, como el de María, pasa por la entrega, pero conduce a la plenitud. En este Año Jubilar Mariano, reconocer el valor de nuestras madres es también reconocer que Dios sigue obrando en medio de nosotros.
Porque allí donde una madre se entrega,
allí donde una madre aprende a amar en su fragilidad,
allí donde una madre confía…
María sigue diciendo “sí”.



