Por Hna. Lissette A. Avilés-Ríos, op
El Jubileo de la Esperanza que ha convocado el Papa Francisco hace el llamado a toda la Iglesia a cuidar y custodiar la Casa Común. Como Vida Consagrada, y desde la Confederación Latinoamericana y Caribeña de Religiosos (CLAR), se nos invita a proteger el ambiente como un modo de encarnar el lema: “Peregrinos de Esperanza, por el camino de la paz”.
Esta propuesta, junto a la experiencia de nuestra vocación, nos invita a comprender que el cuidar, custodiar y proteger nos brota de modo natural, aun cuando no tengamos claro el valor de cada especie, ecosistema o bioma. En Laudato Si´ se nos recuerda que hay que mirar la realidad integrando lo social y lo ambiental. Es decir, no podemos defender al ser humano o buscar su bienestar sin defender y proteger el ambiente, ya que uno incide en el otro.
Ante el imperativo de cuidar el ambiente, me pregunto cómo entendemos el cuidar, custodiar y proteger el ambiente desde nuestros carismas. ¿Cómo nuestra opción congregacional y personal nos mueve a ser voz profética en lo cotidiano de la vida? Es posible que, por nuestra fragilidad de vida en este momento, la misión que realizamos sea una en y desde el interior de la comunidad, por lo cual cabría preguntarnos si a nuestras comunidades las mueve la experiencia de cuidar, custodiar y proteger el ambiente comunitario.
En el libro del Génesis, el relato de la creación nos presenta a Dios anhelando crear al ser humano para que tenga “dominio sobre la tierra” (cf. Gn 1,26-28) y también para que “la cuide y la labre” (cf. Gn 2,15). Cierto es que, a lo largo de nuestra historia, la palabra dominio ha tenido interpretaciones erradas o, al menos, distintas al querer divino. Lamentablemente, hemos experimentado el “dominio” que se da por pura fuerza o autoritarismo, y conocemos todo el daño que esto engendra. Sin embargo, también podemos hacer memoria de personas significativas en nuestra vida que, basta con que nos hablen con cariño o nos miren con ternura, logran dominarnos.
La Vida Consagrada en Puerto Rico, desde la década del 60 del siglo pasado, se ha sumado a la lucha de defender lo socioambiental. Haciendo memoria, recordemos cuántos de los y las nuestras se unieron para que la Marina de Estados Unidos saliera de la isla municipio de Culebra y, décadas después, se diera la misma lucha para que saliera de Vieques. En esta última, la COR tuvo un rol de acompañar, animar e iluminar cada esfuerzo y desobediencia civil, sin olvidar quiénes sufrieron las detenciones como signo profético. O cuando hubo la amenaza del reactor nuclear en el área oeste y se unieron ecuménicamente para impedirlo o, al menos, para “sepultarlo” con la esperanza de que no contamine a todo ni a todos. O cuando una congregación ha acompañado y facilitado espacios de reunión para que las comunidades encuentren oportunidades de diálogo y de reclamos por la construcción desmedida de proyectos que contaminan el suelo y el aire.
En la actualidad, hay varias situaciones en las cuales la creación, lo humano y lo ambiental están en peligro debido a aquellos que no han descubierto el significado de su autoridad o que solo les mueve el lucro y no el bien común. Hoy como Vida Consagrada en Puerto Rico tenemos el llamado de acompañar a quienes reclaman respeto por sus derechos y protección de la naturaleza; de apoyar los reclamos de aquellos que son desplazados por megaproyectos que dan mayor peso a las ganancias sin medir los daños; de ser voz de conciencia ante aquellos que no miden las consecuencias del desarrollo económico que no toma en cuenta a los más vulnerables. Tal vez, acompañar, apoyar y ser voz profética sean los nuevos significados de cuidar, custodiar y proteger ante la realidad que vivimos en Borinquen.
Por otro lado, en el interior de nuestras congregaciones, podríamos evaluar si nuestros ambientes comunitarios influyen en nuestro modo de sentir, de actuar y de ver la vida. Si ese ambiente está desordenado o contaminado habrá, sin duda, un desafío para configurar una identidad feliz e integrada, tal y como nos anima el Papa Francisco en Laudato Si´ (cf.147). Recordemos que la comunidad es el escenario que influye en la manera de ver, sentir y actuar en lo cotidiano. De hecho, es lo que luego reflejamos en el caminar y el compartir con los demás.
Que el Dios de la Vida en esta Cuaresma 2025, y en el marco del Jubileo de la Esperanza, nos conceda la gracia de vivir una profunda conversión ecológica e integral para ser signos de alegría y esperanza en medio del pueblo.



