Que nadie, porque es joven, postergue el filosofar; ni cuando viejo, se canse de hacerlo.  Pues nunca es demasiado temprano ni demasiado tarde para procurar la salud psíquica.”  Son palabras de Epicuro.  Parece curioso este fin de la filosofía que radica en la sanidad mental.  Y dicha salud equivale a la felicidad, es decir, a la posesión total del tiempo vivido, en su doble movimiento de anticipación y recuerdo.  El acto filosófico reviste, pues, un valor sublime en la existencia de los mortales.  Y el auténtico filosofar presume una actitud de humildad.  La persona cuyos pensamientos, palabras y obras no se funden en la humildad, todavía no es filósofo ni merece tal título.

 

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Me siento en el patio recoleto, bajo el límpido cielo de febrero y a la sombra de los arbustos, mientras medito sobre The Waters of Siloe, de Thomas Merton.  Sigo los pasos de la espiritualidad trapense a lo largo de la historia y de los continentes.  Todo es sublime al compás de la brisa suave y del silencio matutino. Media taza de café en mano y en la humilde compañía del perro Beppo.  El perrito juega con el hueso casi gastado y se revuelca sobre el césped.  Le hago muecas y él responde con el rostro perplejo, mueve las orejas y vuelve a su mundo.  Mi mente oscila entre el misticismo cisterciense y la revelación de los seres sencillos que me rodean.

 

Aníbal Colón Rosado

Para El Visitante

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