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El misterio vital rodea el momento preciso de ese fiat lux (hágase la luz) que Dios ha determinado para cada ser humano. Fuimos indefensos, interdependientes -como en toda etapa de nuestra existencia-. Allá en el vientre materno todos existimos en el silencio, ignorantes de toda situación externa llena o carente de amor, sin voz, sin derechos, sin ciudadanía, sin bienes, sin culpas… 

El tema es caliente, complejo y fuente de dolores que dejan huellas de por vida, pero, la vida va en monocleta por una cuerda floja cuando por un lado la madre abrumada por las situaciones, según el Estado, tiene el “derecho” de terminar dolorosamente con la vida de su inocente hijo o hija en su vientre, siendo sangre de su sangre. Por otro lado, la masculinidad raquítica se jacta de abortar a lo práctico abandonando a su hijo o hija por nacer, sangre de su sangre.

Ya lo he mencionado antes. Las primeras palabras de la Constitución versan “Nosotros, el Pueblo de Puerto Rico”. Implican a todos; sin distinción de color de piel, credo, edad… Pero, hay un detente. Aquí no entran los no nacidos, en las semanas de gestación. En estos tiempos hay una distancia entre vivir y el derecho a vivir, o más bien, nacer y el derecho a nacer. La voz de los sin voz, la que todos tuvimos, es silenciada. Los expertos en distintas disciplinas hablan, cada uno desde sus perspectivas e ideas, por no decir ideologías. Claro, nacidos determinando sobre la vida de los que no han nacido. Recordar que: El aborto y el infanticidio son crímenes abominables… (Const. Sobre la Iglesia en el Mundo actual, núm. 51).

Como creyentes me reafirmo en que la ley que reinará siempre será el amor que promueve y eleva la vida desde los valores evangélicos; un amor que busca la salvación personal y colectiva a la vez. La Conferencia Episcopal Puertorriqueña emitió un Memorial Explicativo sobre el Proyecto del Senado 693, que propone “la Protección del Concebido en su Etapa Gestacional de Viabilidad”. El documento versa 50 puntos que todo creyente debe repasar y reflexionar.

Los Santos Inocentes que conmemoramos el 28 de diciembre son un recuerdo del martirio de aquellos niños que entregaron sus vidas por Cristo sin saberlo, un recuerdo del grito desconsolado de sus madres y padres y de la tiranía de un gobernante que repartió asesinato cruel buscando matar al Niño Dios. Los Santos Inocentes de hoy son los que no le dan la oportunidad de nacer. ¡Divino Niño, Santa María y San José, oren por las niñas y niños no nacidos! ¡Dios, abre las mentes, los oídos y corazones para comprender que la vida es un don incalculable y no desechable, desde el momento de la concepción hasta la muerte natural!

Enrique I. López López

e.lopez@elvisitantepr.com 

Twitter: @Enrique_LopezEV

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