Dios no se cansa de perdonar, ¡jamás!”, (Primer Ángelus del Papa Francisco, 17 de marzo de 2013).

Vivir el Año Santo implica actuar conforme a las 14 obras de misericordia. Una de ellas es: perdonar las ofensas. El resultado de 70 por 7 es 490 perdones. Jesús quiso decir que hay perdonar siempre (Mt 18, 21-35). Las líneas siguientes son más radicales con la parábola del Rey y su servidor. El Rey perdona la vida y la deuda al sirviente arrojado a sus pies y luego este no perdona a un compañero, lo que le cuesta más tarde la vida. Dios no perdona si no perdonamos (Mt 6, 14-15).

“Para perdonar hay que fijar los ojos en Dios porque Él es el punto de partida y la inspiración de la obra de misericordia porque es fuente infinita de perdón”, explicó Fray Guillermo Palacio, o.ss.t., de la Parroquia Santísima Trinidad de Ponce.

Sobre las injurias, dijo que son una acción odiosa, desagradable, con el fin de ofender y herir mayormente mediante actitudes. “Hay personas que calculan muy bien para herir. Otra forma de injuriar es la actitud, por ejemplo cuando nos ignoran totalmente, como si no existiéramos; es como un insulto silencioso o una forma de humillación”, sostuvo de las distintas formas de ofender.

Cada proceso puede responder a las circunstancias y magnitudes de los hechos, pero en cualquiera de los entornos, “cuando perdonamos, amamos como Cristo que nos libera, nos limpia y nos sana con su sangre”. Eso no implica abrazar a la persona que cometió el mal. “Hubo un daño y consecuencias, pero el perdón libera”, añadió Padre Guillermo.

No es fácil perdonar, se necesita tiempo y un proceso de sanación de esa parte emocional, intelectual y espiritual, pero es mejor “quedar libres de ese odio y ese rencor”. Con un sentido sobrenatural, invitó a ver a Cristo en el hermano, en ese prójimo. Catalogó como anticristiano la actitud férrea y obstinada de no perdonar sin posibilidad.

Frente al refrán popular perdono, pero no olvido, quiso aclarar lo siguiente: “No se trata de que me acuerde o no de la ofensa, sino de que no se lo haga a los demás. Como la regla de oro, trata como quieres ser tratado”. Perdonar implica no seguir girando existencialmente en torno al momento que me hirió y poder ser libre.

“El perdón es la mejor expresión de la misericordia de Dios. La misericordia y el perdón son siameses. Solamente perdonamos cuando en nosotros está actuando el Espíritu de Dios”, concluyó Fray Guillermo.

Así, el mayor perdón del Nuevo Testamento lo pronuncia Jesús en la cruz: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 24).

El Papa Francisco ha sido muy enfático en el tema del perdón durante su papado. Por ejemplo, el 26 de diciembre de 2015, al recordar la fiesta de San Esteban, primer mártir cristiano, alentó a perdonar porque se vence el mal con esta acción misericordiosa.

“¿Para qué sirve perdonar? ¿Es solo una buena acción o da resultados? Encontramos una respuesta precisamente en el martirio de Esteban. Entre aquellos por los cuales él imploró el perdón había un joven llamado Saulo. Saulo llegó a ser Pablo, el gran Santo, el Apóstol de las gentes. Había recibido el perdón de Esteban. Podemos decir que Pablo nace de la gracia de Dios y del perdón de Esteban”, recordó el Santo Padre previo al rezo del Ángelus.

El Sumo Pontífice resaltó que todos “nacemos del perdón de Dios”, que “cuando nos sentimos perdonados por Dios, aprendemos a perdonar” y que “vencemos el mal con el bien”.

Por eso, Padre Nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre. […] Danos hoy nuestro pan de cada día…

 

 

 

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