porque la iglesia es la gente, la comunidad, no los edificios…
Mons. Raúl Biord Castillo
Arzobispo de Caracas
A casi una semana de los violentos terremotos, la Iglesia en Venezuela está herida. Llora y sepulta a los muertos, mientras otros yacen sepultados bajo los escombros de centenares de edificios caídos. Algunos se desplomaron hacia abajo, y el cuarto piso quedó a nivel de tierra, otros se cayeron de lado como piezas de dominó o de naipe, otros están completamente aplastados.
Ayer después de cinco días debajo de los escombros, se han logrado recuperar personas vivas, gracias al trabajo de miles de voluntarios, rescatistas y socorristas, venezolanos y de otros países que pronto han acudido a ayudarnos. En Macuto al lado del seminario, anoche sacaron con vida a Carlos un niño de 12 años. Su papá no perdió nunca la esperanza. Durante cinco días y noches seguidas estuvo cavando con las manos, con picos y palas buscando al hijo perdido junto a los socorristas, a quienes pedían que no se rindieran. La alegría del rescate fue indescriptible.
Muchísimas familias en cambio no han corrido con la misma suerte, y apenas puedan recuperar los cadáveres para darles cristiana sepultura. Resuenan las duras palabras de Jeremías. «Se oye una voz en Ramá, de alguien que llora amargamente. Es Raquel, que llora por sus hijos, y no quiere ser consolada porque ya están muertos» (Jer 31,15).

Venezuela llora y necesita consuelo. Son miles los desaparecidos, y con el correr de los días se confirma lo peor. Las cifras de fallecidos y desparecidos aumentan. La incertidumbre crece. Es tiempo de salvar personas y de reconstruir vidas. No es tiempo de preguntarse el por qué, sino el para qué. ¿Para qué sigo vivo? ¿Qué puedo hacer por los demás?
La línea costera desde Tucacas (Edo. Falcón), Morón y Puerto Cabello (Edo. Carabobo), Caracas y La Guaira ha sido sumamente afectada. Los geólogos y expertos nos darán sus explicaciones, y esta vez tendremos que escucharlos seriamente para evitar tragedias en el futuro, porque los historiadores nos recuerdan la periodicidad de tales eventos.
Los ingenieros estructuralistas realizan los análisis del porqué algunas edificaciones cedieron y otras resistieron. Pero ahora es apremiante evaluar y determinar patologías en estructuras afectadas, para determinar quiénes pueden regresar a sus hogares y cuáles edificaciones deban ser demolidas por el peligro de derrumbe.

La Iglesia está en primera línea. Cáritas nacional se consolidó a partir de su extraordinaria labor durante el deslave de Vargas, también en La Guaira, ocurrido en diciembre de 1999. La experiencia acumulada y la formación de las Cáritas diocesanas y parroquiales, con miles de voluntarios y con profesionales expertos en tantas áreas, han permitido una respuesta rápida y eficaz. La solidaridad de la gente ha sido extraordinaria, llevando alimentos no perecederos y medicinas a las parroquias y comunidades. […]
No sabíamos si algunos sacerdotes estaban todavía vivos, fue muy emocionante el reencuentro. Durante la mañana escuchamos sus testimonios: varios de ellos perdieron familiares, catequistas y voluntarios de las Cáritas, ministros de pastoral y de los coros parroquiales, muchísimos amigos. Es grande la tragedia. Se perdieron casas parroquiales y de sus familias. Hay varias parroquias desaparecidas porque todos los edificios y las viviendas colapsaron.
Sus relatos son estremecedores: los sacerdotes compartieron con la gente en las plazas contiguas a las iglesias, se abocaron a rescatar personas entre los escombros, a llevar alimentos y agua, pero sobre todo a compartir el dolor. Los que tenían vehículo trasladaron a los enfermos a centros de atención. Un sacerdote contó cómo se ha dedicado con los familiares a recoger cadáveres y llevarlos a la morgue o al cementerio. Se repetía la obra de misericordia de Tobías al enterrar a los difuntos (cf. Tob 12,13).

Otro sacerdote contó que un rescatista voluntario le dijo: “yo soy obrero y lo único que sé es hacer esto”, mientras con un pico y una pala removía escombros en la búsqueda de sobrevivientes. Y añadió: “cada uno que se dedique a lo que sabe, nosotros somos sacerdotes y lo que sabemos es acompañar a la gente, consolar, rezar… Estamos ayudando en lo material, pero también lo espiritual y psicológico es nuestra misión, seguir anunciando a Cristo en medio de esta situación”. […]



