El obispo de Mayagüez, monseñor Ángel Luis Ríos Matos, marchó junto a decenas de miles que se oponen a que se permita un enclave de viviendas costosas que haría mucho daño al pueblo de Cabo Rojo, sus comunidades y zonas de reservas naturales. Me sentí como un niño de presenciar su valor.
El obispo de Caguas, monseñor Eusebio Morales Ramos, responde a quienes denuncian al cura que acompaña las comunidades que luchan por defender los acueductos comunales que la misión pastoral de la iglesia es precisamente estar presente en las luchas del pueblo. Otra vez, me sentí como un niño al presenciar la valentía del obispo.
Ni en Mayagüez ni en Caguas, los obispos son voces solitarias. En ambas manifestaciones, pude ser testigo de muchos clérigos y laicos participando en las luchas. Tampoco son las únicas acciones que está desarrollando la Iglesia en apoyo al pueblo puertorriqueño, pero me parece que para una muestra es suficiente. Me siento feliz de ser oveja con tan valientes pastores, que me hacen percibir vivas las enseñanzas del Buen Pastor, de Cristo caminando con mi pueblo. No me culpe nadie por sentirme como un niño.
Pero también tengo la experiencia de presenciar curas y laicos que pretenden reducir las enseñanzas y el trabajo pastoral de la Iglesia a meros ritos y ceremonias. Ante tal falta de afecto, ante tanto ceremonial hueco, ante ese intentar caminar sin ensuciarse con el sufrimiento del pueblo, me da tristeza.
Cuando leo y releo el pasaje del Evangelio de San Mateo “porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber; fui forastero y me recogisteis…”, siento como si Jesucristo nos estuviera hablando del Puerto Rico de hoy. Siento un llamado para la Iglesia en la calle, con el pueblo.



