La Doctrina Social de la Iglesia en el #441 refiere que el Estado tiene entre sus deberes garantizar la seguridad de cada ciudadano:

“La solicitud por lograr una ordenada y pacífica convivencia de la familia humana impulsa al Magisterio a destacar la exigencia de instituir una autoridad pública universal reconocida por todos, con poder eficaz para garantizar la seguridad, el cumplimiento de la justicia y el respeto de los derechos”.

Lo anterior postula por un lado el cumplimiento de las leyes, y por otro la garantía de actuar conforme a la prevención de riesgos o situaciones que pongan en peligro la debida protección que necesita cada persona.

En esa dirección, el Papa Francisco se expresó sobre lo que implica llevar a cabo tal misión para los responsables de la defensa del orden público. Esto ocurrió el pasado mes de febrero cuando recibió a 150 miembros de la Compañía de Carabineros de Roma en San Pedro. Puntualizó el Obispo de Roma a los oficiales (haciendo alusión al pasaje bíblico del Evangelio según San Mateo: Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo), que la enseñanza de Jesús es la guía para cumplir con tales deberes: “Los ayude a ser, en todas las circunstancias, promotores de solidaridad, especialmente para los más pequeños e indefensos; a ser defensores del derecho a la vida a través del compromiso por la seguridad y la incolumidad de las personas”.

En momentos en que muchos países enfrentan retos mayores a la hora de brindar la debida seguridad a sus ciudadanos por graves problemas sociales como la criminalidad, el narcotráfico, la pobreza, la violencia extrema y el terrorismo, la Doctrina Social de Iglesia ofrece las enseñanzas de una Iglesia inspirada en el Espíritu Santo y su acción continua, lo que brinda esperanza y confianza al pueblo de Dios en todo momento. Tal como manifestara Benedicto XVI: “Renovemos cada día la confianza en la acción del Espíritu Santo, la confianza que Él obra en nosotros, Él está dentro de nosotros. Él nos da el fervor apostólico, nos da la paz, nos da la alegría. Renovemos esta confianza, dejémonos guiar por Él, seamos hombres y mujeres de oración, que dan testimonio del Evangelio con valentía, convirtiéndose en instrumentos en nuestro mundo de la unidad y de la comunión de Dios”.

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