“Dios, sabio creador y justo ordenador de todas las naturalezas, concedió al hombre la máxima dignidad entre los seres de la tierra” (San Agustín, De civitate Dei, XIX, c. XII,2).

Hombres y mujeres, desde su concepción hasta la eternidad, gozan de esta excelencia intrínseca, por el solo hecho de existir, y cuyo fundamento absoluto e incondicionado es Dios.  La persona humana es fin en sí y digna por sí; no debe ser instrumentalizada por nadie.  El valor sublime e irrenunciable de su dignidad no depende de la raza, la conducta, la edad, la inteligencia, las creencias, el sexo, el consenso, el gobierno, las posesiones o afiliaciones…

El ser humano está dotado de sustantividad, libertad, lenguaje, racionalidad, moralidad; sabe que piensa, puede entregarse al prójimo, entra en comunión con los demás; sonríe, llora y, sobre todo, es capaz de amar.

Por obra de la encarnación de Cristo, el hombre y la mujer se elevan a una dimensión nueva que los aproxima más a Dios.  El cristianismo afirma el valor supremo de la persona, la igualdad por naturaleza de toda la humanidad y la fraternidad universal: negar al hombre es negar a Dios.  La preeminencia y los derechos del ser humano son sagrados.

Ninguna institución debe usurpar o sacrificar esta dignidad, sino defenderla y servirla, particularmente donde se vea más amenazada.  La persona humana es la única criatura que Dios ha amado por sí misma.  Como sentenció Abü Madyan: “Quien desprecia los derechos de sus hermanos, desprecia a su Señor”.

 

Aníbal Colón Rosado

Para El Visitante

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