En las últimas semanas vuelve a ser noticia la rampante corrupción que como cáncer destructivo pareciera apoderarse del país. Es doloroso y frustrante al mismo tiempo que quienes recibieron la encomienda de regir la administración pública falten gravemente a su deber ministerial y se dejen arrastrar por el inversionismo político que solo busca prebendas y aprovecharse de los tentáculos del poder para enriquecerse. Es indignante que los bienes públicos que debían estar disponibles para la atención de los necesitados y más vulnerables se derroche en devolver favores a los carroñeros de ocasión. Es un crimen que atenta contra la dignidad de la persona y de la sociedad puertorriqueña. 

A todos los ciudadanos nos corresponde hacer un examen de conciencia para descubrir nuestra complicidad con tales actos repudiables. El fanatismo de no pocos, que unas veces aplaude y otras mira hacia otro lado, provoca la impunidad de los que cometen delitos contra los pobres y desvalidos. Es hora de frenar a los oportunistas y desgraciados que solo van tras sus intereses personales. 

Es igualmente repugnante que quienes se han aprovechado de los actos de corrupción se despachen con excusas simplonas y poco creíbles. Si realmente ignoran lo que acontece en sus campañas son unos ineptos y no merecen ocupar cargos públicos. Si conocen los manejos turbios de quienes son sus colaboradores cercanos y no hacen nada por corregir sus posturas son igualmente culpables. Y deben responder del robo flagrante de lo que es patrimonio común con penas de cárcel y devolver al pueblo lo que le han arrebatado. 

Nosotros, el pueblo, debemos analizar y reflexionar las decisiones que asumimos a la hora de elegir quienes nos gobiernan. Es obvio que las colectividades acostumbradas han faltado gravemente en su cometido. Tenemos que asumir la responsabilidad de revocar el mandato que le dimos pues nos han defraudado sin enfrentar la responsabilidad que les corresponde, más bien han evadido y justificado sus desaciertos. 

El país se encuentra sin derrotero firme, hay carencia de auténticos líderes. Nos emborracha el afán de poder, lucro, bienestar material y la búsqueda de placer sin medida. Los valores que deben prevalecer en una sana convivencia social los hemos desechado. Si el valor fundamental de la vida es menospreciado no queda lugar para los que son derivados de este. Es doloroso el que muchos salgan a defender un supuesto derecho a terminar con la vida del ser más indefenso. Si el derecho a vivir es rechazado, no podemos vencer el mal endémico de la corrupción que es un atentado flagrante contra los derechos de los más vulnerables.

 Los cristianos vivimos ilusionados el tiempo pascual. Es tiempo en que proclamamos la victoria de Jesucristo sobre toda muerte y todo pecado. Tenemos la certeza de que triunfará la vida sobre la muerte, el bien sobre el mal, la honestidad sobre la apropiación ilícita de los bienes. Pero esta certera esperanza no nos exime de luchar con todas nuestras fuerzas por expulsar los mercaderes que cual ladrones de cuello blanco saquean las arcas públicas. Es tiempo de ponernos de pie, de dar la cara, de hacer prevalecer la verdad sobre la mentira. Peor que los malvados son los fanáticos que cierran sus ojos a la evidencia del pillaje rampante de nuestras instituciones. 

 Padre Edgardo Acosta

Para El Visitante

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