Isaías nos indica que estamos llamados constantemente a la conversión, al encuentro con el Señor.
De una manera muy particular, San Pablo, en la Carta a los Filipenses, nos enseña que debemos siempre buscar la voluntad de Dios en nuestras vidas.
La parábola de los trabajadores llamados en distintos momentos del día es una parábola que a priori parece injusta, pero es una de las parábolas más incisivas y reveladoras de Jesús acerca del momento de la salvación.
Me acuerdo de que, cuando joven, a mí no me gustaba esta parábola ni chispa. Yo sentía que Jesucristo era muy injusto al decir que los que trabajaron una hora recibían la misma paga de los que trabajaron todo un día. Pero aprendí que la clave de esta parábola es una pequeña frase que condiciona todo el relato: “se pusieron de acuerdo por un denario”. Cuando el dueño de la viña salió al amanecer de Dios a buscar trabajadores para su viña, se encontró con este grupo de hombres y estuvieron de acuerdo en trabajar todo el día por un denario y eso fue lo que recibieron. Cuando se quejaron de la paga, el dueño de la viña les recordó que fue por esa cantidad el acuerdo que tuvieron para trabajar y les sacó en cara que fueran quisquillosos porque Él pagó la misma cantidad a todo el mundo. Si venimos a ver, el que estaba perdiendo aquí era el dueño de la viña por pagarle a los que trabajaron solamente una hora, el sueldo de todo un día. Entonces, ¿cómo debemos entender esta parábola?
Debemos de recordar es que, en las parábolas de la viña, sí porque fueron unas cuantas, no una sola, el dueño de la viña simboliza a Dios, los trabajadores nosotros, la viña es el mundo, la sociedad, el lugar de misión, y la paga es la vida eterna. Así que estamos hablando que Dios sale a nuestro encuentro a toda hora, invitándonos a la conversión, invitándonos a la evangelización, y nos ofrece por ello, la vida eterna, simbolizada en el denario ofrecido. La misma salvación, la misma vida eterna que recibe uno que le ha servido a Dios toda la vida, la recibe también aquél que se convierte en el último instante de su existencia. A uno le viene a la mente Dimas el Buen Ladrón, pero a mí me viene a la mente San Andrés Wouters. Fue un sacerdote holandés del siglo XVI que llevaba una vida escandalosa y completamente alejada de las virtudes de su estado clerical. Tenía varias amantes y había engendrado varios hijos, convirtiéndose en un motivo de vergüenza para sus feligreses y su diócesis. En 1572, durante la guerra de los Ochenta Años, un grupo de soldados calvinistas extremistas capturó a varios religiosos católicos en la ciudad de Gorcum debido a su fe. A pesar de su mala fama y conducta desordenada, Andrés Wouters también fue arrestado junto a los demás sacerdotes y frailes. Los captores sometieron a todos los prisioneros a crueles insultos y torturas. Les ofrecieron perdonarles la vida y dejarlos en libertad con una sola condición: debían renegar de la autoridad del Papa y negar la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Mientras que los demás prisioneros eran hombres de vidas intachables y piadosas, todos los ojos se posaron en Andrés, esperando que cediera rápidamente debido a su débil catadura moral. Sin embargo, en el momento de la verdad, la gracia divina actuó con fuerza en él. Al ser presionado para apostatar y salvar su vida, Andrés Wouters pronunció una frase histórica que selló su destino: “Fornicador fui siempre; hereje, nunca”. Con estas palabras, reconoció con profunda humildad sus debilidades y pecados carnales, pero se negó rotundamente a traicionar la fe de la Iglesia. Al ver su firmeza, los soldados lo colgaron en un cobertizo junto a sus 18 compañeros el 9 de julio de 1572.



