La Sagrada Escritura cuenta que un día los seres humanos quisieron levantar una torre tan alta que llegara al cielo. Era la torre de Babel, llena de orgullo, pero vacía de Dios. La obra se detuvo porque lo que se construye contra Dios se hace contra la paz humana, se contradice el lenguaje y terminamos dispersos. Con esta imagen, el papa León XIV abre su primera encíclica, Magnifica Humanitas. La coloca frente al grande desafío revolución de la inteligencia artificial. La IA no es un aparato más. Es una infraestructura de poder. Quien controla los datos que incautamente regalamos o que abusivamente toman de nuestro comportamiento en las redes, controla la información. Quien controla los algoritmos puede dominar el comportamiento de la sociedad en todos sus niveles. Quien controla la información influye en la forma en que las personas comprenden la realidad, deciden, compran, votan, aman, se enojan y se relacionan. Ahí aparece la tentación de Babel: una torre hecha de datos, cálculo y eficiencia, fuerte por fuera, pero vacía de humanidad, justicia, de bien común y solidaridad.
Ante esta lógica de la civilización caótica y utilitarista, podemos construir un mundo bello, justo y humano, querido por Dios: la civilización del amor, como nos recuerda el papa León XIV. Es una propuesta social, espiritual y moral, que significa, ordenar la vida común desde la caridad, la justicia, la fraternidad y el bien común. Significa mirar al otro, persona o pueblo, no como amenaza, competidor o dato, sino como aliado necesario para construir una sociedad más humana en la que todos tenemos espacio.
Una intuición de Pablo VI
La expresión «civilización del amor» fue introducida por san Pablo VI en 1970, en un contexto marcado por la Guerra Fría, la carrera armamentista, la pobreza y los conflictos ideológicos. La humanidad necesitaba algo más que crecimiento económico y fuerza militar. Necesitaba una cultura capaz de unir verdad, justicia y amor. Juan Pablo II nos recordó que la familia es el corazón de esa civilización. Benedicto XVI situó esta civilización como lógica de la caridad que entra en la economía, la política, la cultura y las instituciones. Francisco la enfocó desde la fraternidad, la amistad social y el amor político.
León XIV ha recibido esta herencia y la coloca en el centro de la era digital y nos cuestiona ¿qué estamos construyendo con la IA, una nueva Babel, brillante y deshumanizada, ¿o una ciudad donde la técnica sirva a la dignidad de cada persona?
Nehemías y los ladrillos de todos
Para responder, el Papa acude a otra imagen bíblica: Nehemías. Jerusalén estaba en ruinas. Nehemías atento a su vocación, con Dios y el pueblo en su corazón, los escuchó, oró, discernió y convocó al pueblo. Cada familia tomó su tramo en la reconstrucción de las murallas. Cada vecino puso su ladrillo. La ciudad se levantó porque todos fueron protagonistas, a eso se refiere el principio de la subsidiariedad. Esa es la lógica de la civilización del amor. No nace de un gesto espectacular de unos pocos. Nace de nuestras fidelidades pequeñas, concretas y tenaces. Nace en el hogar, en la escuela, en la parroquia, en la política, en la empresa, en los medios, en los laboratorios y en los espacios digitales.
Cada ladrillo cuenta.
Cuenta el ladrillo de la madre que revisa lo que sus hijos ven en el celular. Cuenta el del padre que no delega la crianza a un teléfono para evitar una conversación difícil. Cuenta el del maestro que enseña a pensar. Cuenta el del joven que decide no humillar a otro en un chat. Cuenta el del periodista que no difunde una mentira aunque atraiga más visitas. Cuenta el del ingeniero de sistemas que se pregunta qué no debe programar. Cuenta el del político que exige que la tecnología no deje atrás a los pobres. Cuenta el empleado público que es honesto con los fondos del Estado.
No todo lo técnicamente posible con la IA es moralmente aceptable. Perfilar personas, manipular emociones, fabricar noticias falsas, crear armas autónomas o convertir a los niños en consumidores vigilados no representa progreso humano. Depende de nosotros y con gran responsabilidad de los políticos evitarlo, regularlo y prohibirlo cuando amenaza la dignidad humana. La IA hará aquello que la sociedad humana le permita hacer.
Cinco caminos para construir
Magnifica Humanitas propone cinco caminos de responsabilidad cotidiana y pública.
El primero es desarmar las palabras. La violencia empieza muchas veces en el lenguaje. Una familia, una parroquia o un país se rompen cuando las palabras se vuelven armas. En redes sociales, una frase hiriente viaja rápido y deja heridas profundas. Cuidar el lenguaje ya es construir paz.
El segundo es construir la paz en la justicia. No existe paz verdadera donde unos pocos reciben todos los beneficios de la tecnología y muchos quedan fuera. La desigualdad digital crea nuevas formas de pobreza. La civilización del amor exige acceso, educación, protección y oportunidades para quienes viven al margen del poder tecnológico.
El tercero es asumir la mirada de las víctimas. En la era digital, los niños y adolescentes están entre los más vulnerables. Muchos crecen frente a pantallas que capturan su atención, explotan sus datos, moldean sus deseos y los exponen al grooming y al abuso. Protegerlos es amor responsable.
El cuarto es cultivar un sano realismo. Ni entusiasmo ciego ni miedo paralizante. La IA trae beneficios reales, pero también concentra poder. Conviene preguntar quién diseña los sistemas, quién gana dinero con ellos, qué datos recogen, qué sesgos arrastran y qué efectos dejan en la vida concreta de las personas.
El quinto es relanzar el diálogo y el multilateralismo. La guerra ya no ocurre únicamente en campos de batalla. También ocurre en el ciberespacio, en la manipulación informativa, en la mente y en el espíritu de las personas. Por eso hacen falta reglas comunes, instituciones creíbles, mediadores pacientes y una cultura que prefiera el encuentro a la imposición. Estos caminos no se sostienen sin oración. La paz nace de un corazón desarmado. Dios, que es amor, forma en nosotros la paciencia, la misericordia y la fortaleza necesarias para construir sin odio.
La pregunta inevitable
Más allá de imponentes discursos, la civilización del amor se construye cuando alguien decide poner un ladrillo donde otros prefieren levantar muros de silicio, de odio y orgullo. ¿qué civilización estamos construyendo en Puerto Rico? Una nueva Babel social, económica, política y espiritual, ¿impresionante pero dividida? Es mejor una sociedad y familia que se levanta despacio, con verdadero progreso integral, humano y con cuidado, con justicia y con la colaboración de todos. La era de la IA también necesita santos, familias, educadores, comunicadores, ingenieros, políticos y comunidades capaces de construir con amor. La civilización del amor no está terminada. Está esperando nuestras manos.



