Jesús, el gran amor de muchos de nosotros. Un amor que no depende de los méritos humanos. Es un amor que se origina del sacrificio incondicional y perfecto. Tanto así, que por amor dio su vida en la cruz por ti y por mí. Sostiene nuestro hermoso dogma de fe.
Su gran amor es para todos nosotros: para los que están caminando de su mano, los que no están en el camino de la gracia y los que si están en el camino de la fidelidad eterna. Jesús, como buen amigo, no nos juzga, observa nuestros escenarios de vida y nos ayuda a entender y encontrar el camino correcto para que nuestra alma no se pierda. Su amor no discrimina, su amor invita a exaltar a los que todavía no lo han conocido y cargan con un corazón quebrantado.
Jesús no desea que nos miremos con ojos de derrota, Él nos invita a que nos veamos a través de sus piadosos ojos. Sin embargo, nuestra naturaleza humana en ocasiones nos juega en contra, pensando que no somos lo suficiente para que Jesús nos mire. Por otro lado, no podemos olvidarnos de la Virgen María, que con su Santo Rosario nos protege y nos regala la mejor herramienta para que a nivel espiritual se disipe todo acto y pensamientos que no vienen de Jesús.
Se vale vivir momentos de quebranto, tristeza, incertidumbre y desesperanza. Pero, no debemos quedarnos estáticos en ese aspecto. Tu dinamismo y diligencia le permiten con más fuerza a que Jesús se glorifique con toda su divinidad y un amor rico en piedad, compasión y misericordia. Al glorificarse completamente en tu corazón, podemos ver a un laico transformado con un corazón recuperado del quebranto.
Este gesto es el perfecto acto de misericordia que Él tiene con la humanidad de manera incondicional. No importa lo que estés viviendo en tu vida; la fe y la confianza en Él harán que puedas vivir ese gran regalo que es la plenitud que Él que nos brinda a manos llenas.
Mientras más plenos nos sentimos, logramos entender en el silencio y en la oración, cuando importante se vuelve ayudar o asistir a tu prójimo en circunstancias difíciles y en ocasiones más complejas, a un nivel que pensamos que no podremos sopesarlas. Sin embargo, cuando nos sumergimos en nuestros apostolados y en imitar a Cristo, nos permite ser su propio rostro ante tantos corazones contritos.
Un corazón contrito reconoce la propia debilidad y la falta ante Dios sin ningún tipo orgullo. Son corazones sencillos, desprendidos, humildes, llenos de paz que solamente colocan en su pedestal al amor de los amores: Jesús. Les exhorto a que detenidamente miren los ojos del cuadro de Jesús de la Divina Misericordia. Permítase hacerlo, será el intercambio de amor más hermoso que podrás sentir.
Nuestros ojos contritos y humildes deben poner nuestra mirada en nuestras pequeñas cosas, en nosotros mismos, mirándonos sólo a nosotros; sino todo lo contrario, salir de nosotros mismos para mirar a Dios y hacer lo que debemos hacer para agradarle siempre y salvar múltiples almas, porque esas son las cosas que más le gustan a Dios, transformar y recuperar almas.
Procuremos que nuestro corazón, ojos y oídos siempre estén en la misma sintonía que Jesús para que seamos recipientes de las bendiciones y la divinidad que se desprenden cuando Jesús exalta a las ovejas de su rebaño. Por fe doy mi testimonio que así ha sido y todavía siento su presencia todos los días en mi vida.
Si nos ocupamos del llamado que Dios nos hace para servirle, Él se ocupará de nosotros y de las nuestras familias. Su misericordia nos arropa fuertemente, sin condiciones. Porque cuanto más nosotros pensemos en Dios y en agradarle y servirle, más Dios reafirma tu fe y confianza hacia Él. Nadie, tanto más el Señor pensará en nosotros y nos colmará de toda clase de gracias y favores de todo tipo. En su gran amor, nos regala mucho o más de lo que merecemos. ¡Que Santa Faustina interceda por cada de ustedes y los suyos!



