Jesús dice: “Ésta es la que hay” 

Jeremías nos comparte, que su vocación fue un acto de enamoramiento, de seducción por parte de Dios.  Pero esta seducción fue para convencer a Jeremías a proclamar la verdad, aunque ésta le costara. 

Continuando con las reflexiones teológicas de la Carta a los Romanos, San Pablo nos indica que tenemos que ofrecernos a Dios, esto es, entregarle a Dios todo los nuestro, sobre todo, nuestras pruebas y sufrimientos. 

Llegamos al punto de la no marcha atrás, el punto de la gran revelación de Jesucristo a sus apóstoles: su muerte en Jerusalén, acompañado con el gran reto de seguirlo, sin pensarlo mucho. 

Para mí, uno de los momentos más dramáticos de todo el Evangelio es, la revelación de Pedro de que Cristo es el Mesías, la otorgación del Primado Petrino, y el anuncio de la Pasión, todo en uno.  Esto es lo que yo le llamo el “turning point”, el “Cruzar el Rubicón” en no dar marcha atrás.  Cuando el general Julio César cruzó el Río Rubicón, que separaba a la Galia Trasalpina (Francia), de la Galia Cisalpina (Italia), le declaró la guerra a Pompeyo y comenzó una guerra civil en la República de Roma, y ya no había marcha atrás.  Es por eso por lo que “Cruzar el Rubicón”, o “Quemar los barcos”, en referencia a un episodio de la vida de Hernán Cortés, significa que ya no hay marcha atrás.  Esto es lo que pasa en el Evangelio de hoy. 

Jesucristo había evitado decir dos cosas.  La primera era que Él era el Mesías.  Esto no lo había dicho por dos razones: la primera era para que no lo mataran antes de tiempo, y la segunda era que quería arrancar esta confesión de los apóstoles, algo que Pedro hizo, lo que le garantizo las llaves del Reino de los Cielos.  La segunda cosa que Él había evitado decir fue lo de la forma en cómo iba a redimir la humanidad: su muerte en la Cruz.  Es por eso que, una vez Pedro revela que Él es el Mesías, Jesucristo lo afirma y explica cómo será su gesta mesiánica.  Es ahí que Jesucristo le lanza un reto a los Apóstoles: que a pesar de haber revelado que moriría en la Cruz, que los Apóstoles aceptaran el reto de seguirlo.  He aquí la gran definición que Jesucristo hace del cristiano: “aquél que se niegue a sí mismo, que cargue su cruz y lo siga”. 

Es en este punto, que Jesucristo nos lanza el reto a todos nosotros, papa, obispos, sacerdotes, monjas, esposos, jóvenes, ancianos, niños, etc.  Nosotros tenemos que negarnos a nosotros mismos para seguir a Jesucristo.  Esto implica que no podemos, ni presentar excusas ni poner condiciones a la hora de seguir a Jesucristo.  Cuando Jesucristo nos llama es AHORA, no cuando uno quiera.  Esta famosa frasecita, “yo voy a la Iglesia cuando lo sienta”, “yo me comprometo cuando lo sienta”, etc., no va con Jesucristo.  En el momento de retarnos, Jesucristo iba de camino a Jerusalén para morir por nosotros.  No acepta, por tanto, excusas, puesto que Él nos da todo lo que necesitamos para seguirlo.  La cuestión es que, seguir a Cristo es una cuestión de amor, estar seducido por ÉL, como diría Jeremías. 

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