Homilía del Papa Francisco en la Santa Misa con Rito de Canonización de la Madre Teresa de Calcuta

2016-09-04 Radio Vaticana

(RV).- “Hoy entrego esta emblemática figura de mujer y de consagrada a todo el mundo del voluntariado: que ella sea su modelo de santidad”. Palabras elocuentes, las del Sucesor de Pedro, en la homilía de la Santa Misa con el rito de Canonización de la Madre Teresa de Calcuta, en la conclusión del Jubileo del Voluntariado y de los Operarios de Misericordia, llevada a cabo en una plaza de san Pedro repleta de fieles y peregrinos provenientes de cada rincón del mundo.

El Santo Padre desarrolló su homilía reflexionando a partir del interrogante del libro de la Sabiduría «¿Quién comprende lo que Dios quiere?». Un interrogante que presenta nuestra vida como un misterio, cuya clave de interpretación no poseemos, dijo, pero cuya respuesta encontramos en el mismo texto: para reconocer la llamada de Dios, debemos preguntarnos y comprender qué es lo que le gusta. Lo que a su vez se puede sintetizar en la expresión del Evangelio de Mateo: «Misericordia quiero y no sacrificios» (Mt 9,13).

El pontífice explicó que a Dios le agrada toda obra de misericordia, porque en el hermano que ayudamos reconocemos “el rostro de Dios que nadie puede ver” y es por eso que reiteró que no hay alternativa a la caridad, dado que “quienes se ponen al servicio de los hermanos, aunque no lo sepan, son quienes aman a Dios”.

Aun así, el Papa indicó que la vida cristiana “no es una simple ayuda que se presta en un momento de necesidad”, dado que esto sería un hermoso sentimiento de humana solidaridad que produce un beneficio inmediato, pero que es “estéril porque no tiene raíz”. El compromiso que el Señor pide es, en cambio, aquel de una vocación a la caridad con la que cada discípulo de Cristo lo sirve con su propia vida, para crecer cada día en el amor, es decir, “un compromiso serio y al mismo tiempo gozoso que requiere radicalidad y esfuerzo para reconocer al divino Maestro en los más pobres y ponerse a su servicio”.

Por eso el Obispo de Roma entregó al mundo del voluntariado a la Santa de Calcuta, incansable dispensadora de la misericordia divina, quien “se ponía a disposición de todos por medio de la acogida y la defensa de la vida humana”, como modelo de santidad, deseando, en la conclusión de su homilía, que ella ayude a comprender cada vez más que el único criterio de acción de los cristianos es el amor gratuito, libre de toda ideología y de todo vínculo, derramado sobre todos sin distinción de lengua, cultura, raza o religión, porque de este modo “abriremos así horizontes de alegría y esperanza a toda esa humanidad desanimada y necesitada de comprensión y ternura”.

(Griselda Mutual – Radio Vaticano)

A continuación, voz y texto completo de la Homilía pronunciada por el Papa Francisco en el XXIII Domingo del Tiempo Ordinario 

«¿Quién comprende lo que Dios quiere?» (Sb 9,13). Este interrogante del libro de la Sabiduría, que hemos escuchado en la primera lectura, nos presenta nuestra vida como un misterio, cuya clave de interpretación no poseemos. Los protagonistas de la historia son siempre dos: por un lado, Dios, y por otro, los hombres. Nuestra tarea es la de escuchar la llamada de Dios y luego aceptar su voluntad. Pero para cumplirla sin vacilación debemos ponernos esta pregunta. ¿Cuál es la voluntad de Dios en mi vida?

La respuesta la encontramos en el mismo texto sapiencial: «Los hombres aprendieron lo que te agrada» (v. 18). Para reconocer la llamada de Dios, debemos preguntarnos y comprender qué es lo que le gusta. En muchas ocasiones, los profetas anunciaron lo que le agrada al Señor. Su mensaje encuentra una síntesis admirable en la expresión: «Misericordia quiero y no sacrificios» (Os 6,6; Mt 9,13). A Dios le agrada toda obra de misericordia, porque en el hermano que ayudamos reconocemos el rostro de Dios que nadie puede ver (cf. Jn 1,18). Y cada vez que nos hemos inclinado ante las necesidades de los hermanos, hemos dado de comer y de beber a Jesús; hemos vestido, ayudado y visitado al Hijo de Dios (cf. Mt 25,40): es decir, hemos tocado la carne de Cristo.

Estamos llamados a concretar en la realidad lo que invocamos en la oración y profesamos en la fe. No hay alternativa a la caridad: quienes se ponen al servicio de los hermanos, aunque no lo sepan, son quienes aman a Dios (cf. 1 Jn 3,16-18; St 2,14-18). Sin embargo, la vida cristiana no es una simple ayuda que se presta en un momento de necesidad. Si fuera así, sería sin duda un hermoso sentimiento de humana solidaridad que produce un beneficio inmediato, pero sería estéril porque no tiene raíz. Por el contrario, el compromiso que el Señor pide es el de una vocación a la caridad con la que cada discípulo de Cristo lo sirve con su propia vida, para crecer cada día en el amor.

Hemos escuchado en el Evangelio que «mucha gente acompañaba a Jesús» (Lc 14,25). Hoy aquella «gente» está representada por el amplio mundo del voluntariado, presente aquí con ocasión del Jubileo de la Misericordia. Vosotros sois esa gente que sigue al Maestro y que hace visible su amor concreto hacia cada persona. Os repito las palabras del apóstol Pablo: «He experimentado gran gozo y consuelo por tu amor, ya que, gracias a ti, los corazones de los creyentes han encontrado alivio» (Flm 1,7). Cuántos corazones confortan los voluntarios. Cuántas manos sostienen; cuántas lágrimas secan; cuánto amor derraman en el servicio escondido, humilde y desinteresado. Este loable servicio da voz a la fe – ¡da voz a la fe! y expresa la misericordia del Padre que está cerca de quien pasa necesidad.

El seguimiento de Jesús es un compromiso serio y al mismo tiempo gozoso; requiere radicalidad y esfuerzo para reconocer al divino Maestro en los más pobres y descartados de la vida y ponerse a su servicio. Por esto, los voluntarios que sirven a los últimos y a los necesitados por amor a Jesús no esperan ningún agradecimiento ni gratificación, sino que renuncian a todo esto porque han descubierto el verdadero amor. Y cada uno de nosotros puede decir: ‘Igual que el Señor ha venido a mi encuentro y se ha inclinado sobre mí en el momento de necesidad, así también yo salgo al encuentro de él y me inclino sobre quienes han perdido la fe o viven como si Dios no existiera, sobre los jóvenes sin valores e ideales, sobre las familias en crisis, sobre los enfermos y los encarcelados, sobre los refugiados e inmigrantes, sobre los débiles e indefensos en el cuerpo y en el espíritu, sobre los menores abandonados a sí mismos, como también sobre los ancianos dejados solos. Dondequiera que haya una mano extendida que pide ayuda para ponerse en pie, allí debe estar nuestra presencia y la presencia de la Iglesia que sostiene y da esperanza’ Y hacer esto con la memoria viva de la mano tendida del Señor sobre mí, cuando estaba caído.

Madre Teresa, a lo largo de toda su existencia, ha sido una generosa dispensadora de la misericordia divina, poniéndose a disposición de todos por medio de la acogida y la defensa de la vida humana, tanto la no nacida como la abandonada y descartada. Se ha comprometido en la defensa de la vida proclamando incesantemente que «el no nacido es el más débil, el más pequeño, el más pobre». Se ha inclinado sobre las personas desfallecidas, que mueren abandonadas al borde de las calles, reconociendo la dignidad que Dios les había dado; ha hecho sentir su voz a los poderosos de la tierra, para que reconocieran sus culpas ante los crímenes – ¡ante los crímenes! – de la pobreza creada por ellos mismos. La misericordia ha sido para ella la «sal» que daba sabor a cada obra suya, y la «luz» que iluminaba las tinieblas de los que no tenían ni siquiera lágrimas para llorar – para llorar – su pobreza y sufrimiento.

Su misión en las periferias de las ciudades y en las periferias existenciales permanece en nuestros días como testimonio elocuente de la cercanía de Dios hacia los más pobres entre los pobres. ¡Hoy entrego esta emblemática figura de mujer y de consagrada a todo el mundo del voluntariado: que ella sea vuestro modelo de santidad! Pienso, quizá, que tendremos un poco de dificultad en llamarla Santa Teresa: su santidad está tan cerca de nosotros, tan tierna y fecunda que espontáneamente la seguiremos llamando: ¿madre Teresa’… Esta incansable trabajadora de la misericordia nos ayude a comprender cada vez más que nuestro único criterio de acción es el amor gratuito, libre de toda ideología y de todo vínculo y derramado sobre todos sin distinción de lengua, cultura, raza o religión. Madre Teresa amaba decir: «Tal vez no hablo su idioma, pero puedo sonreír». Llevemos en el corazón su sonrisa y entreguémosla a todos los que encontremos en nuestro camino, especialmente a los que sufren. Abriremos así horizontes de alegría y esperanza a toda esa humanidad desanimada y necesitada de comprensión y ternura.

 

(from Vatican Radio)

(News.Va)

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Durante su exposición, explicó que la historia de esta advocación mariana no puede comprenderse únicamente desde su reconocimiento como patrona, sino también desde los espacios sagrados, las imágenes y las prácticas religiosas que permitieron transmitir su significado de generación en generación. La reconstrucción de la Catedral y el origen del Santuario El Dr. Balvanera situó los orígenes del santuario en el proceso de reconstrucción de la Catedral de San Juan Bautista durante el siglo XIX, particularmente bajo el impulso del obispo Gil Esteve y Tomás, quien llegó a Puerto Rico en 1849. La Catedral, cuya construcción y transformación se extendieron durante varios siglos, había experimentado daños y modificaciones como consecuencia de fenómenos naturales y dificultades económicas. El proyecto de restauración permitió reorganizar y embellecer el templo, integrando elementos arquitectónicos y artísticos que reforzaron su importancia como sede episcopal. Según explicó, la reapertura solemne de la Catedral en 1852 fue interpretada por sus contemporáneos como una manifestación de la providencia divina. En ese contexto surgió la iniciativa de establecer un espacio dedicado a Nuestra Señora Madre de la Divina Providencia, como expresión de gratitud por la culminación de las obras. El investigador destacó que la creación del santuario no fue una iniciativa aislada, sino parte de un mismo proyecto que buscaba restaurar tanto la estructura material de la Catedral como fortalecer la vida espiritual de la Iglesia en Puerto Rico. Un espacio donde el arte y la liturgia se encuentran Uno de los aspectos más destacados de la conferencia fue el análisis arquitectónico de la capilla dedicada a la Virgen, establecida en un espacio anteriormente vinculado a la advocación de Nuestra Señora de los Dolores. Balvanera explicó que su ubicación dentro de la Catedral responde a una organización que establece una relación entre los espacios dedicados a la Eucaristía y a la devoción mariana. Esta disposición permitió integrar el santuario al conjunto arquitectónico sin restar centralidad a las celebraciones litúrgicas. Asimismo, destacó el valor del programa iconográfico de la capilla, cuyas representaciones relacionan acontecimientos y personajes del Antiguo y Nuevo Testamento con la figura de María y su participación en la historia de la salvación. El investigador también abordó la evolución de las imágenes veneradas en el santuario, comenzando con el conjunto escultórico de la Virgen y el Niño encargado en Barcelona en 1853. Con el paso de los años, el espacio experimentó transformaciones y enriquecimientos artísticos, entre ellos la construcción del camarín en 1881 y la incorporación de elementos decorativos que resaltaron la dignidad de la imagen mariana. Una devoción construida por el pueblo Más allá de los elementos arquitectónicos, el Dr. Balvanera destacó el papel fundamental de los fieles en el desarrollo y sostenimiento del santuario. Desde sus comienzos, la comunidad participó en la adquisición de imágenes, el financiamiento de obras y la organización de celebraciones religiosas. Las novenas, las misas cantadas y otras prácticas de piedad contribuyeron a establecer una tradición devocional que trascendió generaciones. En este sentido, explicó que el reconocimiento de Nuestra Señora Madre de la Divina Providencia como Patrona de Puerto Rico no puede entenderse únicamente como resultado de una disposición eclesiástica, sino como la culminación de un proceso espiritual y cultural desarrollado durante décadas. La permanencia de las celebraciones y el compromiso de sacerdotes, benefactores y comunidades permitieron conservar esta tradición incluso durante los períodos de transformación del santuario. La coronación de 1953 y la identidad puertorriqueña La última parte de la ponencia estuvo dedicada a las intervenciones realizadas entre 1951 y 1953, relacionadas con la coronación de la imagen de Nuestra Señora Madre de la Divina Providencia. El investigador explicó que estos trabajos incluyeron la restauración de elementos del santuario y de la imagen, así como la incorporación de símbolos que reafirmaron el vínculo entre la advocación mariana y el pueblo puertorriqueño. Entre ellos destacó la colocación del escudo de Puerto Rico y una inscripción conmemorativa que identificaba a la Virgen como protectora del país. Para Balvanera, la coronación de 1953 representó el reconocimiento solemne de una realidad espiritual construida durante un siglo mediante la participación de generaciones de fieles. También llamó la atención sobre la presencia de la cripta episcopal bajo el santuario, un elemento que permite relacionar la historia de la devoción mariana con la sucesión de los pastores que han acompañado a la Iglesia en Puerto Rico. Patrimonio, memoria y fe Al concluir su intervención, el Dr. Balvanera subrayó que los patronazgos religiosos requieren mucho más que reconocimientos oficiales: necesitan lugares, imágenes y prácticas capaces de conservar y transmitir la memoria espiritual de una comunidad. Desde esta perspectiva, el Santuario de Nuestra Señora Madre de la Divina Providencia constituye un testimonio vivo de la relación entre la fe católica y la identidad puertorriqueña. Su historia demuestra cómo la arquitectura, el arte y la liturgia pueden convertirse en expresiones concretas de la experiencia religiosa de un pueblo. La ponencia ofreció así una mirada al patrimonio mariano de Puerto Rico, invitando a reconocer en el santuario catedralicio no solamente un espacio de veneración, sino también un lugar donde convergen la historia, la memoria colectiva y la fe de generaciones de puertorriqueños.

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