Hablemos de Junior

Continuando con los hitos de nuestra historia de salvación, el libro de Josué nos presenta un momento cumbre en la historia de Israel: el cese del Maná porque ya el pueblo de Israel alcanza la Tierra Prometida y comenzó a cultivarla.

En la Segunda Carta a los Corintios, San Pablo nos comparte la alegre noticia de que, a través de Jesucristo, ya hemos sido reconciliados con Dios y nos convertimos, no sólo en sus hijos, sino también en otros cristos.

Es San Lucas quien nos presenta la hermosa parábola del Hijo Pródigo, a la que podemos llamar el Padre Misericordioso.

            Domingo del Laetare, la contrapartida del domingo de Gaudete en el Adviento.  Laetare significa “Alégrate”, y la razón de nuestra alegría es que nuestra salvación está cerca, nuestra reconciliación con Dios a través de la Pascua está a la vuelta de la esquina.

            Comenzamos con la primera lectura.  Por espacio de 40 años, el pueblo de Israel estuvo vagando por un desierto tan inhóspito, que no se podía cosechar nada.  Además, el pueblo estaba como nómada, por tanto, no podía estancarse en algún sitio para sembrar nada.  Es por eso que, por esos años, todas las mañanas Dios le mandaba el maná; todos los días el mismo alimento desabrido al cual llegó un punto en que el pueblo le cogió mala voluntad.  Es por eso que, cuando por fin llegan a la Tierra Prometida y celebran su primera Pascua en ella, Dios paró de darles el maná porque ya el pueblo tenía alimentos que comer.

            Otra noticia alegre es la reflexión pre-pascual que San Pablo nos presenta hoy.  San Pablo les asegura a los cristianos de Corinto que, en virtud de la muerte y resurrección de Jesucristo, ya hemos sido, no simplemente reconciliados con Dios, sino que nos hemos transformado en otros cristos, y por tanto nosotros somos entes de reconciliación.  Estamos llamados, por tanto, a tener nuestras miras en ese Dios Paz que quiere que seamos entes de paz.

            Nos conocemos de corazón la parábola del Hijo Pródigo (el Bebo) y hemos reflexionado mucho sobre la figura del hijo menor, su alejamiento del Padre, su vida de pecado, su proceso de conversión y la alegría del retorno al Padre.  A este hijo lo asociamos con los que se alejan de Dios, los que se alejan de la Iglesia.  Pero ¿y Junior, el mayor?  A éste le tenemos que poner atención puesto que es precisamente Junior quien nos representa a nosotros, los que no nos hemos ido de la Iglesia pero que, sinceramente, todavía no estamos 100% convertidos y conocemos a Dios.

            Junior, al enterarse que su hermanito ha regresado y le han tirado una fiesta, se enchisma y no entra a la fiesta. ¿Cuántas veces nos convertimos en jueces y condenamos a los demás?  ¿Cuántas veces, en vez de recibir a los hermanos alejados, los rechazamos y lo que logramos es que no regresen más?  Un hermano que regresa no necesita recriminaciones, sino mucho amor, cariño y aceptación.  La fiesta esta encendida, todo el mundo celebrando, pero, el Padre se da cuenta que Junior no ha entrado a la fiesta.  El Padre extraña a Junior porque lo ama igual, con el mismo amor con el que ama a Bebo

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