Sofonías, un profeta relativamente desconocido por nosotros, nos exhorta a que nos alegremos; él nos adelanta que el Mesías va a pagar la deuda de nuestras culpas al morir en la Cruz.
En su Carta a los Filipenses, San Pablo nos pone la nota de la liturgia de hoy: que estemos alegres. El motivo de la alegría es que Dios cuida de nosotros y por tanto debemos de confiar en él.
¿Quieres estar alegre? En el Evangelio de San Lucas, San Juan Bautista nos da la respuesta: que seamos generosos, justos y limpios de corazón.
Gaudete: el tercer domingo de la velita y la casulla rosadas, un color que asociamos con delicadeza, belleza, suavidad, ternura. El morado es el color de la penitencia, de la petición, de la austeridad, pero el rosado, que si venimos a ver se parece al morado, es un color más alegre. El motivo de la alegría es que el Mesías viene y viene por los siguientes motivos.
El primero: la gran deuda del pueblo de Israel (y de nosotros) es el pecado, en especial el pecado de la idolatría. El pecado ha sido el culpable de que Israel haya pasado por todas las vicisitudes que ha vivido: invasiones, destrucción, destierro. Sofonías, al decir que el Mesías viene a liberarnos de la deuda que tenemos, nos habla de la deuda del pecado. El Mesías vino para redimirnos y reconciliarnos con Dios. Esto de por sí, es razón más que suficiente para alegrarnos.
Tesalónica y Filipos eran las nenas lindas de San Pablo. Mientras que cartas, como la de los Corintios y la de los Gálatas, eso es regaño va y regaño viene, las cartas a los Tesalonicenses y Gálatas son cartas llenas de entusiasmo y ternura, de ánimo, de dulzura. Esto se debe a que estas dos comunidades cristianas son dos comunidades pequeñas que, a pesar de ser perseguidas, son comunidades fieles al anuncio del Evangelio. En ésta a los Gálatas, San Pablo les exhorta a que estén alegres porque Dios las cuida, Dios las mima, Dios las protege, Dios las bendice, a pesar de cualquier dolor que puedan estar pasando. Este mensaje, que se nos dijo ya en pasadas semanas, nos debe animar en los momentos dolorosos que podamos pasar en la vida.
Pero, hay un precio que tenemos que pagar para poder disfrutar de las bendiciones que Dios nos quiere dar: renunciar al pecado. Esto es lo que San Juan Bautista nos insiste en el Evangelio de hoy. San Juan era testigo de los abusos que las autoridades, tanto religiosas como civiles, le infligían al pueblo. Es por eso que, ante la pregunta de los distintos personajes del Evangelio de
hoy, soldados, lideres religiosos, etc., sobre qué deben de hacer para salvarse, San Juan es específico y directo sobre lo que tienen que hacer, porque él ha visto el abuso de ellos y el sufrimiento del pueblo. Es por eso que, en este Adviento, le debemos de preguntar a nuestro Patrono Nacional qué debemos de hacer cada uno de nosotros de manera individual, o como pueblo puertorriqueño, para poder salvarnos. Abramos nuestro corazón para saber qué tenemos que hacer y así salvarnos.
Padre Rafael “Felo” Méndez


