La jornada del ser humano, desde el vientre de su madre hasta el vientre de la tierra, viene marcada por una inquietud de continua búsqueda. La felicidad, la sobrevivencia, el logro de sus sueños e ideales, todo eso y mucho más, es lo que lo empuja en su razón de ser en la vida. Ilustres escritores, poetas y artistas, aquellos que tienen el don de expresar lo efímero de la condición humana en lo concreto de su arte, son los que nos ayudan a mejor entender esa búsqueda. Me atrevo a usar aquí, a manera análoga, la gran obra clásica de todos los tiempos de Dante Alighieri, La Divina Comedia (1265), para reflexionar brevemente en esta Navidad, como búsqueda de consuelo, de sosiego.

La gran obra literaria se desarrolla en tres partes principales, el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso. Bien sabemos que ese clásico de la literatura es complejo y altamente simbólico. No nos interesa abundar en un análisis de esa obra alegórica. Lo que sí nos interesa es mirar de cerca a ese ser humano que sigue siendo el eterno peregrino en búsqueda de ese elusivo Paraíso. Su experiencia del infierno dantesco no es otra que el desesperante momento de su propia inhabilidad de manejar la vida, trocada en desastre, en desespero, en aparente frustración insalvable.

Hoy por hoy, ese infierno se vive, a manera análoga, en la situación de los inmigrantes indocumentados que se sienten perseguidos y amenazados en la gran nación norteamericana. Es la situación salvajemente desesperante de los puertorriqueños en su Isla, brutalmente destruida por el reciente huracán de septiembre 20. Es la vida de los incontables seres maltratados y oprimidos por la persecución, el rechazo y abandono en los países del medio oriente y el continente africano, sometidos a una experiencia bélica de proporciones inimaginables. Ese es el infierno contemporáneo, poéticamente descrito en la Divina Comedia.

El Purgatorio descrito por el afamado Dante Alighieri es claramente la luz al fin del túnel. Si el viaje al Infierno fue descrito como un descenso continuo y cada vez más profundo, el Purgatorio se detalla como un esfuerzo en dirección contraria. La experiencia se describe como un camino siempre hacia arriba y cada nueva etapa demuestra una conquista de un mayor grado de virtud. Más que un lugar geográfico, para el mundo contemporáneo el Purgatorio lo constituye, la legión de corazones sin fronteras, que se lanzan desinteresadamente, a rescatar el infortunio de los que viven ese infierno de ansiedad, desaliento y quebrantamiento moral. La filantropía, la caridad fraterna, la generosidad desmedida…, llámese como sea, es la esperanza de un purgatorio que vislumbra una cercanía a la sobrevivencia.

El Paraíso para Dante es lugar resplandeciente de luz, más intensa que la oscuridad de su famoso infierno. Él describe este lugar maravilloso en nueve cielos diferentes, cada cual con su deleite y atracción única.  Como paralelo semejante se podría mencionar la famosa obra literaria de la Gran Santa Teresa de Jesús, en su conocido Las Moradas o Castillo Interior. Las siete moradas teresianas, son simbólicas de categorías de santidad. Sea como sea, el paraíso que actualmente añora un pueblo abatido por las circunstancias es un estado de ánimo distinto. Estos son los hombres y mujeres que siguen viviendo el desespero como víctimas de opresión, abuso de autoridad, de lo inmisericorde de un huracán, de un sismo o de cualquier situación insoportable. Pero reconocen que hay una fuerza interior más grande que cualquier tragedia. Le llaman fe… y es parte de todo el misterio de la vida humana.

Con la conmemoración del nacimiento del Hijo de Dios, nadie puede posponer el evento a modo arbitrario. Lo pueden ignorar, borrar de su agenda para el mes. Aún más, algunos podrán decir, a modo desdeñoso: “Aquí no habrá navidades este año”. Muy bien, eso se llama “libre albedrío”. La tragedia de esa postura, sin embargo, es que la desventura inevitable que les tocó vivir se convierte en decisión voluntaria. Parece decir: “Me siento miserable y soy feliz en mi miseria”. ¡Aplausos!  Fanáticos de la amargura nunca nos faltarán.

En cambio, los que con tesón de invencibles se revisten de esperanza, descubren en lo profundo de su ser, una luz de paz y alegría. Allí, escondido se encuentra el Hijo de Dios, nacido de María. Se hace presente en los escombros de un corazón, “…afligido, pero no agobiado; perplejo, pero no desesperado; perseguido, pero no abandonado; derribado, pero no destruido…” (II Cor 4, 8). Esta Navidad es muy diferente. Más que nunca encontramos consuelo y sosiego en Isaías 49, 15: “¿Puede una mujer olvidar a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Aunque ella se olvidara, Yo no te olvidaré”. ¡Feliz y santa Navidad!

(Domingo Rodríguez Zambrana, S.T.)

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