Los refranes suelen comportar picardía y sabiduría producto de la experiencia.  Así, ante actuaciones exageradas, se aplica aquello de “Es bueno el culantro pero no tanto.” Se refiere al deseo imprudente de lograr algo bueno. También suena aquello de que “el remedio es peor que la enfermedad”. En la vida espiritual San Ignacio enseñaba sobre los ‘fervores indiscretos’: en el deseo de seguir los caminos del Señor comienzo unas prácticas sin prudencia; al fina las aprovecha el “enemigo de natura humana” para alejarnos del plan divino.

¿Cómo puede manifestarse esto en la relación matrimonial? Un ejemplo sería el de la esposa piadosa que, angustiada por la falta de fe práctica de su esposo, procura asaltarlo de varias maneras para que practique la fe. Le obliga, o manipula, para que asista con ella a misa; quiere prepararle una cita con el sacerdote de la comunidad, o que asista a un retiro ‘que le va a hacer mucho bien’. Y si el esposo, o la esposa, pertenece a otra comunidad cristiana, le ataca de varias formas para que se convierta a a la fe verdadera. La intención es buena; la estrategia fatal.  Olvidas aquello que dice el poema: “Tu no obligas a un alma a que crea. La fe la da Dios: Tu oras, trabajas, confías y esperas. Lo demás lo hará Dios”. Porque la fe, como el amor, se propone; si se impone, es tiranía.

Algo parecido sucedería con el tema tan importante de la comunicación. Pero quieres que se dé a tu tiempo, en tu momento, según tu necesidad. No puedes despertar a tu esposo a las tres de la mañana para indicarle que “tenemos que hablar”. Aunque te hiciese caso, la comunicación será un desastre, y el resultado peor que seguir incomunicados.  La prudencia indica que sería mejor proponerle, “cuándo podríamos sacar un tiempo para hablar; lo necesito, pero decídelo tu…” Es invitar, no obligar. De nuevo, el deseo es magnífico; la táctica desacertada.

Pareja humilde y amorosa conocí en que el, por crianza o deficiencias humanas, no era hábil para mostrar su amor con gestos externos. Muy seco. Su mujer se lo recordaba, al mismo tiempo que le sugería buenos ejemplos: ‘tráeme flores’, le decía. El, llegando a casa del trabajo, lo recuerda, y arranca un mazo de flores silvestres del camino. Con ellas llega hasta la esposa. Ella le corrige para que mejore el gesto la próxima vez. Se ve que el quería ‘llevar culantro’. Pero no tanto, ni de esa manera.

En la pareja hay, y tiene que haber, dos personas que son diferentes. A veces demasiado diferentes. La tendencia natural es considerar mi forma de ver y actuar como la adecuada. Esto no solo por egoísmo, sino por la repetición continua de algo, que en mi experiencia me resulta. Es el culantro. Pero viene la tentación de lograr que la otra parte entre por la misma puerta. Si no lo hace como yo, está mal; porque lo mío es lo que funciona.  Es posible que en casos particulares sea esa la realidad.  Pero, de nuevo, estás aportando demasiado culantro.  El que de veras se pone en autocrítica reconoce que “hay muchos caminos para llegar a Roma”. El que yo he recorrido me parece el mejor. Mas, ¿por qué no autocriticarme y tratar de entender que puede haber otros caminos, quizás más cortos y sin menos esfuerzo? Cuando fuerzas a tu pareja a que actúe de tu manera, estás abundando en culantro.

Este refrán lo empareja el oro que dice “ni tanto ni tan calvo, que se caiga hacia atrás y se dé en la frente”. No podemos olvidar que lo bueno, lo positivo, lo amoroso, lo noble por si solo va colándose en el ambiente. Cuando quieres hacerlo a la brava (tipo Inquisición para imponer la pureza de la fe) el efecto suele ser el contrario. Más atrae una gota de miel que un tonel de vinagre.

 

P. Jorge Ambert, S.J.

Para El Visitante

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