En el umbral de la gran semana de salvación

Padre Domingo Rodríguez Zambrana, S.T. 

Domingo de Ramos marca el culmen de este tiempo especial para la vida espiritual de todos los creyentes.  Después de cuarenta días en la penumbra de penitencia, ayuno y oración, llega con un tono de triunfo y amargura.  La gritería y algarabía eufórica de la turba que recibe a Jesús, el Señor, en su entrada a Jerusalén, es la misma que en unos cuantos días más, se torna ajena y despiadada. El “Hosana al Hijo de David”, se convierte en un irascible “Crucifícalo”.  ¡Triste y penoso es ese capítulo en la Historia de Salvación!  Cierto, pero necesario, ante la misión que Jesús recibió de Su Padre. La redención de la humanidad exigía que un ser humano y divino fuera quien restituyera el estado de gracia.  No siempre se toma conciencia del por qué Cristo tuvo que libremente entregarse en manos de los verdugos.  ¡Porque Él es divino y humano y la ofensa fue humana y divina! 

Sus discípulos, confundidos y temerosos, huyen de Él ante la amenaza de cuales podrían ser las consecuencias.  ¡Y así es la realidad de todos los que deciden abrazar el discipulado!  Seguir a Cristo, con conciencia de compromiso, exige ir más allá de la tradición.  Mayormente se recibe el bautismo precisamente porque esa es la costumbre en una familia católica.  En el vaivén de esa tradición, es que se multiplican los católicos.  Añádase, cómo el pueblo le ha atribuido que los males que pudiese sufrir un bebé están conectados al hecho de no estar bautizado.   

El ritmo de la Gran Semana de Salvación se acelera al Jueves Santo, cuando Jesús instituye el Sacramento de la Eucaristía y del Sacerdocio.  Impactante y siempre con profunda emoción, se celebra ese día enfocando que recibir al Señor Jesús, requiere humildad.  Un abajarse a ‘lavar los pies’ de los hermanos, no es solo un rito, es una actitud requisito, una manera de vivir la fe, que distingue al discipulado.  “Ustedes me llaman Maestro y Señor y dicen bien, porque lo soy.  Pues, si yo, el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros. Les he puesto el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo he hecho con ustedes” (Juan 13/13-15).  Ese ejemplo es para todos los bautizados, pero cuanto más para los que han escogido servir al pueblo como instrumentos del Señor. 

Como parte central de esa celebración en Domingo de Ramos, el pueblo de Dios despliega y ondea, unos ramos hechos de las hojas de palma o de cualquier otra planta.  ¡No, esos ramos bendecidos no tienen ningún poder mágico!  Son recordatorio de lo que somos capaces de hacer como humanos, en la experiencia de la fe.  La inestabilidad, lo superficial en el discipulado es algo que afecta a todos los creyentes. ¡Hoy, muy devotos y fervorosos, mañana posiblemente, no tanto!  Ahí, todo el desafío del compromiso al seguimiento de Cristo Jesús.  

En la segunda lectura de la Misa de ese día, se lee de la Carta a los Filipenses (2/6), “Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos”.   Ese “despojarse de su rango” es clave en la enseñanza del discipulado.  Se acepta el llamado al seguimiento de Cristo, sin expectativas de grandeza o de distinciones.  Los fieles hoy en día, participan con gran dedicación en el apostolado y ministerios litúrgicos.  El cuidado que hay que tener es de permanecer conscientes de que sea el servicio que sea, no son nombramientos de distinción en la parroquia.  El servir es un llamado, un privilegio, no premiación de grandeza. Además, no todos están dispuestos a participar de esos ministerios, ya que exigen sacrificio y dedicación.  Solo los más comprometidos en la fe, son usualmente los que aceptan la oportunidad.  

Domingo de Ramos prepara al creyente y sirve de introducción para el Gran Triduo Pascual, jueves, Viernes Santos y la Vigilia Pascual.  Esa celebración de la Vigilia se extiende bastante, recordando los prodigios de toda la Historia de Salvación.  Para algunos, cortos de fe, los ritos son muy largos.  Para la gran mayoría, sin embargo, son de gran inspiración y emoción.  Renovar los votos bautismales, ser rociados con agua bendita, ya ahora, como adultos, es reaceptar aquel compromiso, que inicialmente inconscientemente, se hizo a través de los padrinos y madrinas.  

¡Que el Pueblo Santo de Dios, viva este Domingo de Ramos con renovado entusiasmo y una fe profunda, siempre sabiéndose privilegiados de haber sido llamados y escogidos como discípulos de Cristo Jesús, Hijo de Dios!  La gritería de ‘hosana al que viene en nombre del Señor’, sería entonces una manifestación genuina de amor y de fe.  

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