Jesús compara el Reino de los cielos con el propietario que sale a distintas horas del día para contratar trabajadores para su viña. Al terminar la jornada, paga a todos el mismo salario, comenzando por los últimos. Los primeros protestan porque esperaban recibir más. Entonces el dueño responde: «Amigo, no te hago ninguna injusticia… ¿Vas a tenerme envidia porque yo soy bueno?».
La parábola no pretende ofrecer normas sobre salarios. Jesús quiere revelarnos cómo es el corazón de Dios. Su amor no se calcula según nuestros méritos ni se limita por nuestros criterios. Dios es justo, pero su justicia está llena de misericordia. Él busca a todos, llama a todas horas y ofrece a cada persona la oportunidad de participar en su Reino.
Los primeros trabajadores contemplan a los últimos como competidores. No saben alegrarse por el bien recibido por los demás. También nosotros podemos caer en la comparación, la envidia y la queja. Olvidamos que servir al Señor no es una carga, sino una gracia. Haber estado desde temprano en la viña significa haber disfrutado durante más tiempo de su amistad y de su presencia.
En el Mes de la Biblia, esta parábola nos invita a escuchar la Palabra con un corazón abierto. Dios sigue saliendo a nuestro encuentro por medio de las Escrituras. Nos llama a trabajar en su viña, es decir, a colaborar en la construcción de una sociedad más justa, fraterna y misericordiosa.
La viña representa también la creación confiada a nuestras manos. No somos dueños absolutos, sino trabajadores y administradores. Dios nos llama a cultivar y cuidar la tierra, proteger el agua, evitar el desperdicio y compartir responsablemente sus bienes. Los recursos de la creación no pertenecen solamente a unos pocos: son dones destinados al bienestar de todos, especialmente de los pobres y de las futuras generaciones.
Pidamos al Señor que nos libre de la envidia y del egoísmo. Que su Palabra nos enseñe a agradecer la vocación recibida, a alegrarnos por el bien de los demás y a trabajar unidos en el cuidado de su viña.



