La Iglesia diocesana de Mayagüez vivió una jornada de profunda alegría con la ordenación presbiteral del P. Christian Martín Rosado Rivera, SFM, quien recibió el sacramento del Orden por la imposición de manos y la oración consecratoria de Mons. Ángel Luis Ríos Matos, Obispo de Mayagüez. La solemne Eucaristía, celebrada en la Catedral Nuestra Señora de la Candelaria, reunió a sacerdotes, religiosos, familiares, amigos y fieles que dieron gracias a Dios por una nueva vocación al servicio de la Iglesia.
Sin embargo, la celebración fue también una oportunidad para que el obispo ofreciera una profunda reflexión sobre el verdadero significado del ministerio sacerdotal. Más que una homilía dirigida únicamente al nuevo presbítero, sus palabras se convirtieron en una catequesis sobre el tipo de sacerdote que necesita la Iglesia y el mundo de hoy.
Desde el inicio de su mensaje recordó que cada ordenación es una manifestación de la fidelidad de Dios. “Dios sigue llamando, Dios sigue confiando y Dios continúa enviando”, afirmó al destacar que toda vocación nace de la iniciativa divina y florece en el seno de una familia creyente y de una comunidad que acompaña y sostiene ese llamado.
Dirigiéndose al nuevo sacerdote, Mons. Ángel Luis recordó que toda su historia personal, incluso su formación profesional como maestro de ciencias, forma parte del proyecto de Dios. “Mons. Ángel Luis destacó que la historia personal de Christian demuestra cómo Dios prepara a sus llamados a través de las experiencias de la vida. Recordó que, antes de responder plenamente a la vocación sacerdotal, ejerció como maestro de ciencias, una profesión dedicada a despertar en sus estudiantes el asombro por la creación. “Antes enseñabas las leyes de la vida natural; ahora anunciarás las leyes de la vida eterna”, expresó el obispo. Con esa imagen subrayó que el Señor no borra la historia de quienes llama, sino que la transforma y la pone al servicio del Evangelio. “Dios no desperdicia nada”, insistió, recordando que todo lo aprendido y vivido se convierte ahora en instrumento para anunciar a Jesucristo.
Pero el centro de su homilía estuvo en responder una pregunta esencial: ¿qué hace verdaderamente grande a un sacerdote?Inspirándose en el diálogo de Jesús con Pedro junto al lago de Galilea, el obispo recordó que Cristo no pregunta primero por los logros o capacidades, sino por el amor. “El Señor no te preguntará cuántas parroquias administraste, ni cuántos templos construiste, ni cuántos proyectos realizaste. Te preguntará simplemente: ‘¿Me amas?’ Porque solamente quien ama puede apacentar las ovejas de Cristo”.
A partir de esa enseñanza, insistió en que el ministerio sacerdotal nunca puede reducirse a una función administrativa o a la realización de proyectos pastorales. Recordó que un sacerdote puede ser un excelente organizador o un brillante predicador, pero advirtió que, si deja de amar a los pobres y a los enfermos, habrá olvidado el corazón mismo de Jesús.
Como ejemplo, evocó el trabajo pastoral que Christian ha realizado durante años junto a personas de edad avanzada, visitándolas, escuchándolas, llevándoles la Comunión y compartiendo con ellas su realidad cotidiana. “No pierdas nunca ese corazón”, le exhortó, recordándole que la cercanía con quienes sufren constituye uno de los rasgos más auténticos del sacerdocio.
En otro de los momentos más significativos de la homilía, afirmó que el pueblo recuerda a sus sacerdotes no por los cargos que ocuparon, sino por la huella humana y espiritual que dejaron en sus comunidades. “Jamás olvidará un sacerdote disponible para confesar, un sacerdote que visita a los enfermos, un sacerdote que llora con los que lloran y se alegra con los que se alegran”, expresó.
También exhortó al nuevo presbítero a conservar siempre la sencillez y la humildad, evitando buscar protagonismos, honores o privilegios. Le pidió amar profundamente la celebración de la Eucaristía, dedicar tiempo al sacramento de la Reconciliación, cultivar una intensa vida de oración y permanecer siempre cercano al pueblo que le será confiado. “Que tu pueblo nunca tenga miedo de tocar la puerta de tu casa; que encuentre en ti un padre, un hermano y un amigo”, le dijo.
Antes de concluir la homilía, Mons. Ángel Luis recordó que, tras la unción con el Santo Crisma, las manos del nuevo sacerdote quedan consagradas para bendecir, perdonar y celebrar los misterios de Dios. Pero añadió una última exhortación que resumió el espíritu de toda su homilía: el verdadero protagonista del sacerdocio no es el sacerdote, sino Cristo mismo, que continúa llamando hombres dispuestos a amar, servir y caminar junto a su pueblo.
Por su parte, en sus primeras palabras como sacerdote, el P. Christian definió la ordenación como “un sí renovado”. Explicó que, hace ocho años, ya había entregado su vida al Señor dentro de la Sociedad Fraterna de Misericordia al servicio de los pobres, y que ahora ese mismo “sí” se amplía mediante el sacerdocio para anunciar el Evangelio, celebrar los sacramentos y acompañar al Pueblo de Dios en su camino de fe.
En medio de sus palabras de agradecimiento, el nuevo sacerdote compartió también un testimonio profundamente personal. Aunque nació en Trujillo Alto, expresó que Mayagüez lo acogió como un hijo durante su proceso vocacional y ministerial. Con emoción manifestó sentirse “adoptado” por la Sultana del Oeste, ciudad donde maduró su llamado y encontró una comunidad que caminó junto a él durante estos años de formación. Ese sentido de pertenencia quedó reflejado en el cariño con el que agradeció a la Diócesis de Mayagüez, a la Parroquia Nuestra Señora del Carmen y a la Sociedad Fraterna de Misericordia por acompañarlo hasta el día de su ordenación sacerdotal.
Visiblemente emocionado, agradeció a Dios, a su familia, a sus formadores, a la Sociedad Fraterna de Misericordia, a la Diócesis de Mayagüez y a todas las personas que han acompañado su proceso vocacional. Al concluir, pidió que continúen orando por él para que cada día pueda configurarse más con Cristo, especialmente en el servicio a los pobres y necesitados.



