El Concilio Vaticano II convocado por el Papa Juan XXIII comenzó el 11 de octubre de 1962 y culminó bajo Pablo VI el 8 de diciembre de 1965 en Roma. Cuatro años les tomó a los representantes de las Iglesias dilucidar 1965 años de historia. Todos sometidos en comunión fraterna a la confesión del Espíritu Santo por lo que pidieron inspiración a ese mismo Espíritu, para ser merecedores de poder continuar siendo instrumento eficaz en la dilatación del Reino para el nuevo milenio. Participaron activa y directamente los Obispos representantes de todas las Iglesias Católicas. También participaron activa e indirectamente como testigos cientos de representantes de otras denominaciones; que vieron y escucharon todo lo discutido y acordado.

Mucho fue lo que allí salió para sanar heridas de la Iglesia; asestadas por sus enemigos, los siglos sin ardor apostólico, o auto-infligidas por errores y pecados. Mucho también fue lo que el Espíritu Santo derramó para alimentar esperanza y ardor del cuerpo místico que es la Iglesia que lucha contra las fuerzas de este mundo. Así se dio el cumplimiento a la promesa de que “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”.

Ahora queremos adelantar la discusión de dos exigencias, instrucciones, normativas de la Buena Nueva de Jesús.

1ro – La espiritualidad de su Reino es una espiritualidad comunitaria.
2do – La actitud de los constructores de su Reino es la del discípulo-misionero.

Estas dos normativas estuvieron presentes en todo análisis, discusión o acuerdo. No hubo forma que los padres conciliares pudieran apartarlas de sus pensamientos.

Todos los documentos y constituciones aprobadas en el Concilio Vaticano II para ser puestas en vigor en el mundo están empapadas en ellas. Por esto quedó sentenciado:

“toda iniciativa de la Iglesia que quiera encarnar el espíritu del Concilio Vaticano deberá ser comunitaria”. Todo lo espiritual y abstracto, lo utópico del mensaje de Jesús,

“Dios es amor”, “No hay amor más grande…”, “Un mandamiento nuevo…”, está en forma material concreta y humana en esta manera de vivir sus enseñanzas con una espiritualidad comunitaria y una actitud de discípulo-misionero.

La mayoría de los padres conciliares se sintieron ardorosos como los primeros apóstoles cuando se lanzaron en misión. ¿Qué realidad enfrentaron al terminar el Concilio?
Año 1965, no existían fotocopiadoras, computadoras, internet, ni programas para traducir de un idioma a otro o comunicación vía satélite. Lo más rápido en transmisión era el teletipo. Las maquinillas eléctricas apenas se comenzaban a utilizar. Todos esos documentos tenían que traducirlos a más de 100 idiomas y dialectos y hacerlos llegar a igual número de países. Los obispos conciliares tenían que regresar; reunirse en su país con los otros obispos que no pudieron estar en Roma y presentarles los documentos. Llegar a acuerdos con los que no aceptaran los cambios. Luego, los obispos que aceptaran seguir adelante con las reformas, tenían que reunir a sus sacerdotes en sus diócesis y entrar en el mismo proceso. Después los sacerdotes que aceptaran, tenían que ir a sus parroquias para implantar y encarar la faena de anunciar, animar, catequizar y acompañar a los laicos. Sin duda tomaría años su divulgación.

Los primeros laicos que salieron de la diócesis de Caguas a recibir formación sobre las líneas de trabajo para implantar el Concilio Vaticano II en Latinoamérica, viajaron a

Colombia entre el 1974 y 1975. Aquí en Cidra Padre Joaquín realizó en 1976 las primeras iniciativas para organizar pequeñas comunidades de base.

Y desde ahí comenzó otra de las grandes barreras a las iniciativas fomentadas por el Concilio Vaticano II. La lucha ideológica. En esos años 70 y 80 aún prevalecía la Guerra Fría. El capitalismo contra el comunismo. Hablar desde la Iglesia de comunidad base, de identidad, de autogestión, autosuficiencia; eso era para algunos comunismo. Y viceversa, oponerse a que la Iglesia tocara estos temas era capitalismo.

Ya no era solamente problemas de comunicación y distancias que había que solucionar. No eran problemas de tradicionalistas o apegados a estructuras, actitudes, privilegios y estilos de élite que abundaban en las estructuras de la Iglesia en nuestras naciones los que más preocupaban. Esos ya los conocíamos, sabíamos cómo surgieron, los teníamos de frente y tenemos la fe de que el cuerpo místico se autogeneraría.

Ese ambiente de Guerra Fría se convirtió en el mayor problema a la hora de renovar el diálogo con el mundo actual. Muchos padres conciliares regresaban a naciones gobernadas por dictaduras militares; sumergidas en guerra civiles, con problemas fronterizos o gobiernos coloniales, marginación de indígenas y protestas civiles por lo que denunciaban como extracción de los recursos naturales de sus tierras o explotación del trabajador por parte de élites en contubernio con empresas extranjeras. Todo esto dentro de la realidad de que las estructuras eclesiales estaban relacionadas con estructuras gubernamentales. Venían también cambios culturales producidos por el desarrollo de nuevas tecnologías, el relativismo y consumismo desenfrenado, nuevas ideologías y la globalización.
Difícil fue afrontar la tarea de contribuir a sentar las bases que comienzan a permitir una mejor gobernanza para la década del 1990. Acompañaron al pueblo y compartieron lucha y martirio para que así, los representantes futuros de la Iglesia Católica Latinoamericana y del Caribe estuviesen en condiciones de presentar la Buena

Nueva en plenitud a nuestros pueblos, y de esta manera poder renovar el diálogo con el mundo actual. La misión continúa pero indudablemente hemos avanzado.
Nuestras iglesias diocesanas de Puerto Rico no han carecido de voces proféticas que con el ardor del Concilio Vaticano II han mantenido la dilatación del Reino. Nuestra diócesis de Caguas (a Dios gracias) es hija y ha sabido mantenerse hija del Concilio Vaticano II. Comenzó en 1965 en pleno Concilio. De ahí que se convierta en corazón ya preparado de antemano, de donde brota la espiritualidad comunitaria de la nación puertorriqueña. Para que las normativas del Reino den respuestas a los problemas de nuestro pueblo optamos por una Pastoral de Conjunto en la década del 90. De ahí el Proyecto de Pequeñas Comunidades en el 2005.

José M. Rodríguez
Equipo  Parroquial Alégrate
Nuestra Sra. del Carmen, Cidra

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