Por Ignacio M. González Sampayo
A mis 27 años estaba sentado en el ala oeste de la Casa Blanca, frente al equipo económico del presidente Barack Obama, cuando escuché a un puertorriqueño reclamar por su pueblo. Miró al jefe de Gabinete y le dijo: “Behind every number, there is a human face. Puerto Ricans need help”.
Detrás de cada número hay un rostro humano. Puerto Rico necesita ayuda.
No hubo cámaras. Tampoco comunicados de prensa ni publicaciones celebrando la gestión. Solo la voz firme de un pastor defendiendo a su gente cuando importaba hacerlo. Así habló Roberto Octavio González Nieves.
Su trayectoria encierra una lección necesaria: el liderazgo verdadero se ejerce sin aplausos y la puertorriqueñidad, antes que una consigna, es un acto de servicio.
Esa convicción nació lejos de nuestras costas. Durante la década de 1970, en Nueva York, los puertorriqueños no podían asistir a misa en el templo principal. Escuchaban la eucaristía desde el sótano, en la llamada lower church. Hoy parece inconcebible. Entonces era una expresión cotidiana de exclusión.
Frente a aquella injusticia, un joven sacerdote decidió organizarse junto a su comunidad y exigir que los puertorriqueños fueran recibidos con la misma dignidad que los demás. Allí comenzó a forjarse el espíritu de lucha que, décadas después, reaparecería en su defensa de Vieques y en su reclamo para que la Marina de Estados Unidos abandonara la isla municipio.
¿De dónde nació aquel amor por lo puertorriqueño?
Quizás haya dos claves. González Nieves creció en un hogar cercano al ideal republicano, una tradición en la que Luis A. Ferré afirmaba que Puerto Rico era la patria, aunque jurídicamente estuviese bajo la nación estadounidense. Pero hay otra explicación: resulta difícil pedirle a quien dialogó de principal a principal con Juan Pablo II, Benedicto XVI, Francisco I y León XIV entre tantos otros que acepte que los puertorriqueños sean espectadores de su propia historia.
Esa certeza quedó plasmada en la carta pastoral Patria, nación e identidad, don indivisible del amor de Dios. Para él, la identidad no era una frontera ideológica, sino una fuente de dignidad colectiva.
Roberto Octavio un pastor con luces y sombras, aciertos y desaciertos. Muchas veces fue incomprendido. Pero conviene preguntar a cuántas personas visitó en hospitales y cárceles sin convocar fotógrafos. También conviene recordar que nunca alardeó ante quienes, durante 27 años, intentaron derribarlo y no pudieron.
Su lección más profunda, sin embargo, llegó ante la caída de un adversario. Le propuse celebrar. Su respuesta fue inmediata: “Hay que ser humilde en la victoria; no se puede hacer leña del árbol caído”.
En tiempos de vencedores que humillan y de liderazgos obsesionados con exhibirse, aquella frase vale una cátedra.
El 29 de septiembre, la Arquidiócesis de San Juan recibirá a un nuevo pastor. Bienvenido sea Monseñor Eusebio. Enhorabuena. Los cargos cambian de manos; las huellas de humildad permanecen.
Roberto Octavio demostró que es posible luchar por la dignidad de un pueblo sin perder la mansedumbre. Un jíbaro mentao, un pastor con olor a oveja y un franciscano sobre todo en la victoria. Su episcopado nos deja una exigencia sencilla, pero contundente: servir más y aplaudirnos menos.



