Comparto esta hermosa reflexión tomada del Diario Bíblico del año 2016 de los Misioneros Claretianos. “En el centro de nuestra fe cristiana se encuentra el misterio del Dios Trinidad. Creemos en un Dios que es uno, pero que al mismo tiempo es Trinidad. Esta afirmación es la esencia de nuestra realidad cristiana. El Dios en el que creemos es comunidad de persona, es familia. Cada una de las personas, de esa familia tiene su propia identidad y misión. 

Este misterio de nuestra fe se fue revelando progresivamente a lo largo de la Historia de la Salvación. Jesús, en definitiva, fue quien nos presentó con claridad este misterio. Él nos reveló el rostro verdadero del Padre, después se presentó como el Hijo de Dios y posteriormente, ante de ascender al lugar de Dios, él mismo prometió la llegada del “Consolador”: el Espíritu Santo, quien terminaría de revelarlo todo. Gracias al Espíritu Santo de Dios, cuya fiesta hemos celebrado con gozo y solemnidad el domingo pasado, hemos recibido el don de la fe. Por ese don nos convertimos en contemporáneos de Jesús de Nazaret y experimentamos el papel único e irremplazable de cada una de las Personas de la Trinidad en nuestra propia historia de salvación personal.

Conocer y confesar la Trinidad es entrar en el misterio de una experiencia de Dios que no se entiende en la soledad. Esto es claro para entender el cristianismo. No se puede ser cristiano a solas. Para comprender toda esta lógica es importante entender a Jesús de Nazaret y al Dios que él nos reveló y al Espíritu que ellos, -el Padre y el Hijo- enviaron por amor.

Somos imagen y semejanza de un Dios que es Trinidad. Es importante que revisemos nuestra fe en el Dios uno y Trino en el que creemos. Es necesario que asumamos que Dios no es una simple idea, que Dios Trinidad es el motor que impulsa nuestra vida”.  

Es importante que hoy en la Solemnidad de la Santa Trinidad afirmemos, como nos invita el Papa Francisco “que Dios no es una cosa vaga, que nuestro Dios no es un Dios ‘spray’, sino es concreto, no es un abstracto, sino que tiene un nombre: ‘Dios es amor’. No es un amor sentimental, emotivo, sino el amor del Padre que está en el origen de cada vida, el amor del Hijo que muere en la cruz y resucita, el amor del Espíritu que renueva al hombre y el mundo”. 

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