Al castigar al Sobná por su pésima gestión en el palacio de David y darle la mayordomía a Eliacim, Isaías describe la importancia del mayordomo como el portador de las llaves y el que tiene el acceso a todos los secretos y confianzas del Rey.
En la Carta a los Romanos, San Pablo alaba la profundidad de la sabiduría, de la ciencia y de los insondables designios de Dios.
De los tres evangelistas sinópticos, San Mateo es el que mejor describe la escena del Primado de Pedro y la base de nuestra fe en el ministerio petrino.
¿Qué es el mayordomo? El mayordomo no es un simple sirviente: es el cabeza de todo el sistema de servidumbre de un palacio, un castillo o una mansión. Es el que coordina todas las labores del palacio, el que distribuye las tareas, el que se encarga de los criados. Pero, sobre todo, el mayordomo es la persona en la cual el Señor de la casa confía todas las confidencias, todos los secretos y, por tanto, tiene acceso directo al Señor. El mayordomo es el que permite o deniega el acceso al Señor. En estos días, en que Puerto Rico está estrenando una nueva Secretaria de Gobernación, así se puede entender este puesto. Pero, también así se puede entender la labor del Vicario General de una Diócesis o Congregación Religiosa, el alter ego del Obispo o el Superior. Si entendemos esta dinámica, entonces entenderemos la dinámica del Primado de Pedro.
La Santa Madre Iglesia, en su sabiduría, esa sabiduría de la que habla San Pablo en la 2da lectura de hoy ha puesto como primera lectura, ésta del Profeta Isaías, para entender la importancia del mayordomo y, por ende, la importancia del Obispo de Roma, o sea el Papa, como el Mayordomo de Jesús o, como dice uno de sus títulos, el Vicario de Cristo. Si leemos bien las entrelíneas de los evangelios sinópticos, Jesucristo nunca dice de manera explícita que Él es el Mesías (lo dice con sus gestos) porque quiere que, a través de sus gestos, la gente, o sea nosotros, nos atrevamos a decir que Él es el Mesías. Nadie se había atrevido a hacerlo, hasta que Pedro, movido por el Espíritu Santo, se atreve a confesar, no sólo que Jesucristo es el Mesías sino también el hijo de Dios, vivo, equiparando a Jesucristo como Dios.
Y es por eso que Jesucristo le da las llaves del Reino de los cielos: lo constituye en el Mayordomo del cielo. Es por eso por lo que, en nuestro imaginario popular, vemos a Pedro como aquél que nos recibe en el Cielo, el que deja pasar no deniega la entrada de este a todos los que mueren, o sea, una especie de juez. Al ser el mayordomo, el quien conoce cómo piensa el Señor, cómo interpretar sus enseñanzas, ser el custodio de los secretos del Señor. Nuestra fe católica nos dice que Pedro, en los avatares de la historia, terminó como Obispo de Roma. Es en la Ciudad Eterna donde es capturado por el gobierno del emperador Nerón, condenado a muerte, crucificado cabeza abajo y enterrado en la Colina Vaticana, en las afueras de Roma, al otro lado del Rio Tíber. Pero, la Iglesia no muere con Pedro: los fieles de Roma, inspirados por el Espíritu Santo, eligen a otro pastor, Lino, quien hereda la mayordomía de San Pedro. Y así ha seguido la mayordomía hasta el papa León XIV.



