La justicia clama por un salario que compense el esfuerzo y la dedicación de un trabajador. Los que cumplen con un horario acordado, y están dispuesto a hacer una labor honrosa, no pueden contentarse con el látigo del desprecio, ni con las migajas que caen de la mesa. La tendencia a ser obsequiosos con unos, mientras los otros lloran a vera del camino, trae malas consecuencias; se nutre el enojo, se ensaya el desgaste y las manos caídas. 

Los trabajadores, principalmente lo policías, tienen que hacer de tripas corazones, casi mendigar un salario. Los que exponen sus vidas todos los días no tienen acceso a las arcas gubernamentales. Viven al margen de un ingreso que los sitúa dentro del marco de la pobreza, en la necesidad apremiante. Esforzarse por cumplir es una exigencia quijotesca, que está por encima de los desvelos propios, de la esperanza de una equidad que sea compañera de la alegría de vivir.

Tener dos varas para medir a todos resulta en arrimar la brasa a la sardina, en hacer una sala de museo en donde se colocan los escogidos versus los allegados. Los privilegiados gozan de cabal salud, y desde el sitial que ocupan, se cierran a la verdad, se hacen cómplices. No existe la objetividad de la mirada noble, sino el menguado sueldo, la dádiva con alas.

No es tolerable la injusticia que se propaga por todas partes dejando retazos de oprobio y malestar.  El descontrol que se vive apunta a una mala distribución de la riqueza, a establecer pozos de petróleo para algunos, mientras otros lloran a la vera del camino. Esa actitud señala hacia la devastación, a la confrontación que arruina y marchita la convivencia.

La justicia es flor primaveral, una colmena que da salud, un fundamento de unión y de solidaridad. Los que marchitan esa virtud desautoriza la convivencia humana, hacen daño al mismo corazón de la democracia, sofocan los intentos de hacer una mundo mejor. Queda todo en quimera cuando se vacía de contenido la hermandad con su horizonte vital.

Es constatable la falta de justicia en todos los ámbitos de vida. Se actúa como si
Dios no existiera, como si fuéramos meros socios de una corporación. Se da por entendido que la vida trae consigo esa cizaña que se apodera de todo y que el más listo es el que prevalece. Refutar estos argumentos es tarea abierta, una invitación a revertir esa creencia.

Dar a cada uno lo suyo es abrir el entendimiento para asegurar la paz y el decoro por los demás. Nuestros policías han dado la milla extra y se les debe compensar con un salario justo, con una atención esmerada. Sin ellos se desata el mal, se abren las compuertas del pillaje y de la delincuencia. Para la Uniformada va el aplauso y el deseo de salud y bienestar.

Padre Efraín Zabala

Para El Visitante

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