Es amplia la preocupación de dotar al mundo de tajadas de paz, de vasijas de justicia para que la convivencia no sea tan dura e inhumana. Cada País llora sus penas, analiza el proceso de convivencia, invita al banquete de la libertad. Muchos esfuerzos colectivos pierden su norte al caer víctimas de las ideologías, de la mente ofuscada, de los cantos de sirena.

Resulta difícil el brindis por la libertad, por equilibrar voluntades, por llevar a la mesa el pan de los pobres y estar siempre en pugna y zozobra en el primer round. La lealtad a la felicidad de cada individuo es indispensable y no puede ser coartada por los argumentos esbozados en los criterios de “esta es la verdad’ que se desinfla al toparse con la libertad personal y con la realidad que siempre es más exigente y precisa.

El presupuesto del mal existe y requiere de la medicina de la conversión cristiana de que Cristo es el sanador por excelencia, el que pone orden en cada detalle, el que multiplica el pan para el mundo. Sin la mirada misericordiosa se propicia la guerra, el hambre, el llanto de niños y ancianos. Lo que estamos viendo en  Ucrania son lúgubres escenas de dolor y llanto. Se destruye el corazón y se consterna el alma ante el espectáculo de muerte y desolación.

Si el tiempo cuaresmal pasa desapercibido se pierde el tiempo propicio para enjugar las lágrimas del hombre y la mujer que son inmolados en el terror, la barbarie, el dolor. Los niños y los ancianos son los que mueren lentamente ante el exilio, el golpe moral, el odio como contraseña a las rivalidades y luchas.

Cuando el odio se torna en huésped, se rompe el nosotros que es fundamental para ampliar la verdadera unión de los que componen el estado o País. Querer diezmar el otro trae como consecuencia invitar para la guerra. Una vez que se rompe el equilibrio fraternal se cae en el derramamiento de sangre, el ultraje más escandaloso.

El cristianismo promete el amor como fuente de todo desquite porque este es buena medicina, deleite de los corazones. Es preciso escoger la paz como origen de todo lo bueno y lo misericordioso. La guerra deja resentimiento,  enemigos, lágrimas en cada esquina.

Cada País debe entender que la guerra es un tributo al mal, que una vez que empieza ya se duerme sobre los muertos y los heridos, sobre la pena y la tristeza. Los estigmas de esa masacre duran para siempre y recuerdos atormentan a los vivos que miran a los muertos en sus pesadillas. 

Luchar por la paz es un ideal, una buena noticia que nos llega del Evangelio  y que vive en nosotros para siempre…

Padre Efraín Zabala 

Para El Visitante

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