La discusión pública tiene otro tema particular: la pobreza infantil.  Es harto conocido que la familia, célula básica de la sociedad, está en bancarrota.  Sobre el hogar-dulce hogar está la espada de Dámocles con exuberante grito apocalíptico, con su gesto hostil que apabulla y quita la respiración.  Vivir bordeando las realidades límites es una buena opción para hablar de los temas con conocimiento de causa.

La pobreza máxima de nuestros niños va por los rieles del amor, del abrazo sin tacha del padre y de la madre. A temprana edad la mayor parte de nuestros niños tienen que conformarse con jalones de oreja discusiones a granel, soledad máxima. La inocencia, olor de Dios, va perdiendo sus pétalos como las rosas y el niño establece su poderío entre la mala palabra, el insulto, la bofetada moral y el cariño de ajenos y vecinos.

Esa actitud de banquete total no está sola en la política, también inunda el corazón herido y lleno de arbitrariedades. El tener vacía de contenido el amor rodeado de pobreza. El vivir bien objetando cada gesto y llamando a la reflexión no tiene mercado en esta atrofia del pensamiento.  Ante el no tener, la discusión esposo-esposa se torna en represalia, en creerse inferior, el herir con comentarios que traen sutileza del descontento.

En medio de los rigores sicológicos de los adultos habitan los niños víctimas del desamor, la incapacidad emocional y el mañana como nebulosa en medio de la mediocridad de los padres. El niño es tomado como rehén y tiene que decidirse por uno de los padres haciendo pininos de buen hijo ante los temperamentos encontrados. Ese desequilibrio de quereres le servirá de coraza para otras relaciones, otras formas de amar y establecer los equilibrios propios del amor libertador.

Tras el desamor intuido por el niño surge vivamente la figura de los abuelos. Ese cambiar hacia otros lares, buscando un orgullo vivificador, impondrá una manera “light” de ver la vida inspirada en la ternura, en la pena, en el sí que es punta de lanza para hacer de la casa de los abuelos un refugio perpetuo, un nido sin comparación alguna.

La pobreza infantil va más allá de lo económico, o de los haberes materiales del niño. Tiene que ver con el desplome de unos cimientos que no resisten el vendaval del poderío de lo material y lo económico. Los niños carecen de amor y son disciplinados usando amenazas; la coerción y la soledad.  Para ello hay promesas incumplidas, bofetadas morales y amenazas solapadas.

Caminar por nuestros campos y barriadas es la mejor forma de ver de cerca la pobreza infantil en su crueldad y martirio. La riqueza de afectos se queda en la distancia, más lejos de los niños que lloran por dentro y se despiertan en la noche.

P. Efraín Zabala

Editor

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here