Se abre el telón para celebrar el mes del amor y cantar loas al corazón hendido en dos. Hombre y mujer, según lo establecido por Dios, se abrazan con ternura viva para cultivar el predio de misterio y realidad viva, para ennoblecer la raza humana con un sí sin ambages, con una disposición de hacer caminos con Dios y la comunidad como testigo.

El sí vivo, del hombre y la mujer entrelazan el hoy y el mañana, la soledad y la compañía, la tristeza y la alegría, la monotonía y el júbilo. De la soledad íntima se pasa a la pequeña comunidad que es el abrazo estimulador de un nosotros, en que los retoños garantizan el hogar con sabor a unos todos ávido de solidaridad y participación efectiva.

El amor es misterio, un torrente que aclara la vista, deleita el corazón. Los que obvian la chispa primera se ofuscan con amorcitos secundarios que representan una fuga, un enredarse entre zarzas y abrojos. La confusión primera, trae sus males y  rema a la deriva, convirtiendo el proceso original en un callejón sin salida.

Hay fantasía abundante en estos días de poco amor e irreverencia fraternal. Tiene exposición privilegiada el solo, el picaflor, el que vive entre el rescoldo del hogar y el hospedaje con su novia. Esa forma de hoy aquí, mañana allá, esclaviza y quema por dentro y fuera, aniquila las sanas relaciones humanas.

El mes de febrero, el más corto del año, debe servir como cátedra para deshacer entuertos y desparramar toda noción mezquina sobre el amor y el matrimonio. Sin familia sana y elevada en el amor, se desequilibra el País, se cae en el aislamiento, se destruye la cohesión comunitaria. Poco a poco se apolillan los cimientos generacionales y el sálvese quién pueda se convierte en eslogan rutinario.

Se educa en el amor para alimentar el deseo de encontrar el otro yo y construir una familia como la de papá y mamá. No era perfecta pero mantenía una cohesión de un nosotros fértil, una experiencia que serviría de ejemplo para implementar un estilo, una mirada de misericordia para ampliar la solicitud hogareña con sentido fraternal y espiritual.

Es el matrimonio una vocación de servicio, de amplitud sicológica. Nadie debe contraer nupcias con un látigo en la mano, ni con arrogancia de detective en funciones. La libertad es básica y no debe estar en baratillo en las relaciones matrimoniales. Echar por la borda el respeto y la consideración constituye una aberración, un vacío sobre el corazón que anhela misericordia y piedad.

La puerta es estrecha, por ahí tienen que pasar dos para lograr la paz, el compañerismo y la libertad.

P. Efraín Zabala

Para El Visitante 

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