De una convicción sana y eficaz, de la presencia de Dios en nuestras vidas, se ha recurrido al olvido, a echar por la borda toda alusión al Altísimo. Al llegar y salir de los hogares se puntualizaba al Dios te bendiga, Dios te cuide, Dios te proteja. Esa insistente mirada de amor, con Dios al fondo, alargaba una relación respetuosa, de gran abolengo cristiano y humano.

En la era de los dioses de papel y de dinero, el Dios Santo pasa a segundo lugar, es alguien en la distancia. Se recurre a enjuiciar todo desde la mente, desde la apetencia sicológica.  La reflexión, la oración sencilla, el hágase tu voluntad, se quedan suspendidos en las redes sociales, en el análisis superficial, en echar culpas. La señal de la cruz, trofeo nuestro, se relega a la Iglesia, a los sencillos y humildes.

Cada acontecimiento que ocurre en el mundo y en el País trae identificación propia; somos hijos de Adán y Eva. No hay vida si falta el componente de desgaste humano, de inconsistencia, de dominio de los poderosos. Los dolores de parto, frase de San Pablo, apuntan al deterioro vital, a la decadencia de valores y principios. La turbulencia nos acompaña, nos desequilibra.

Educar el corazón conlleva caminar con Dios, encender una mirada piadosa para lidiar con el mal que acecha, que está a la vuelta de la esquina. Es la fe balanceada y firme la que ilumina el camino, la que pone luz en las tinieblas. La delicadeza en el trato, la buena palabra, el respeto, son andamiajes, importantes para superar los malos ratos de la existencia. Al formar al individuo en la virtud y el rigor ético se inocula contra las arbitrariedades abusivas.

Se busca echar a Dios a un lado, relativizarlo todo en pos de una convivencia frágil que deja un saldo de precariedad mental y espiritual. Lo aprendido en un pasado de carestía y pobreza se estrella contra el modernismo frágil, contra el placer a secas. En el currículo hogareño había un código no escrito, una autoridad estridente, un no y un sí categóricos, que dibujaban la ruta a seguir.

Querer solucionarlo todo desde la perspectiva de un nosotros sin apertura al Dios Santo, es perder la batalla. Dios está presente en la justicia, en la verdad, en la honradez. Excluir a los pobres y necesitados es injuriar a Dios y encender la mecha  de las querellas y revoluciones. En todo momento lo bueno y lo digno tiene que ser proclamados para no atraer males mayores.

Es necesario y urgente que se viva bajo la sombra del que es bueno y misericordioso, como una convicción liberadora. La dura lucha se hace más llevadera si se recurre al ámbito del misterio, de la mano del que todo lo puede. Es la oportunidad de enderezar las rutas, de abrir senderos, de ampliar la dimensión humana y divina.

El hogar, la escuela, la Iglesia, son puntos de referencia para acicalar el propósito de contar con Dios, de pedirle su protección y amparo. No se vive de espaldas a Dios sino a su lado procurando que nuestros actos sean decorosos y agradables a Él y a los hermanos.

P. Efraín Zabala

Editor

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