El trabajo es el amor puesto en práctica. Son las manos de aquellos que mueven al País los que amasan la virtud para hacer que gire la economía. Sudor hasta el agotamiento es el resultado del esfuerzo de mente y cuerpo para agilizar el paso y que haya pan para todos. Hombre y mujer equilibran la vasta oferta del complicado mundo contemporáneo y ofrecen el menú de unos servicios que son necesarios y urgentes.

     Son los trabajadores los que hacen el esfuerzo mayor al rendir una jornada de ocho horas o más. La responsabilidad, la inteligencia, la pericia se dan cita para lograr que haya pan en la mesa, un suculento desayuno que advierte de que alguien ha hecho una labor mañanera, que temprano en la mañana ya la responsabilidad se hacía devoción y deseos de servir.

     Las buenas relaciones obreros patronales son cauce para desplegar el éxito que brota en armonía de mente y de corazón. La justa compensación y el trato considerado son puntos de referencia para el milagro que convertirá la empresa en responsabilidad familiar, en cosa nostra. La desconfianza y el desplante son aliados de la corrupción, del padrinazgo que es escollo en el camino.

     El bien de todos incluye a los obreros, sus derechos, su hoy y su mañana. Ponerse en el lugar del trabajador equivale a una solución Salomónica, de altos vuelos éticos. Al hacer justicia se apacigua el ambiente caldeado y los argumentos se tornan en lección viva para todos. No hay lugar para perdedores y ganadores sino para toda la Isla de Puerto Rico.

     En todo momento la Iglesia se ha pronunciado en favor de la justicia, de los derechos, de la hermandad que es imperativo categórico. Su enseñanza social fluye a través de las Encíclicas de los Sumos Pontífices, de la constante enseñanza de la promesa evangélica. Su claro mensaje es un antídoto contra el abuso y la marginación, una pincelada de amor y de justicia para todos.

     En estos días de fragilidad laboral, a causa de la pandemia y de las ayudas económicas, muchos establecimientos han cerrado por falta de manos en acción. Se nota la diferencia, se siente el vacío de servidores a tiempo completo. Esa ausencia de manos laboriosas es una lección para todos; una enseñanza que aligera la mente para no caer en la encerrona de menos gente, mejor…

     Laborar juntos se inserta en el álbum familiar, en la reverente gratitud al que se condolió de una situación hogareña y se convirtió en huésped de las angustias y penas. Esa intimidad, propia de compañeros, es una riqueza, un barniz sobre los males que rondan por la sociedad. Trabajar implica una entrega, una apertura a los demás que es medicinal y buena.

     Entender a los demás en parte de un proceso de superación. No se trata de justificar en el vacío, o dar un cheque en blanco. El dolor del otro no es un mero grito de protesta o chantaje. Encierra su verdad íntima, su angustia vital. La comprensión es aliada de la paz y de la justicia. 

P. Efraín Zabala

Editor

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