A pesar de que el escenario mundial, y el isleño en particular, son testigos del dolor universal, que es herencia humana, e sí a la vida placentera domina en todas las circunstancias. El catálogo de la impiedad, la torpeza y los vicios propone el paraíso a la mano, olvidándose de los que lloran a vera del camino, esmerándose por la alcancía de las riquezas que vive soñando con un día mejor, perpetua el escalofrío que anticipa el déficit del presupuesto querido por Dios.

Extralimitarse en la ambición y soñar con paraísos artificiales parecen conjugarse en la situación caótica entre Ucrania y Rusia. Esa ofensa universal propicia el argumento válido para que el mundo se encamine hacia otros senderos más humanos y liberadores, hacia la paz y la justicia. Resulta cruel inaugurar nuevas formas de esclavitud y así ampliar la mentalidad de los que establecen su modus vivendi sobre la esperanza de una mayoría de los que comen una vez al día.

El llamado universal después de la pandemia está escrito sobre el fértil sembradío de acoger la virtud y doblegar el instinto del mal que aparece solapado en la ambición desmedida y en el ánimo de conquistar la frontera del lujo y el poder. Restaurar el sentido de la palabra hermano es urgente para que no se caiga en la tentación de olvidar la herencia común y el propósito de restaurar el mundo desde la raíz. 

Sobre el mundo construido en el tiempo de la pandemia, convendría copiar el aggiornamento del Papa San Juan XXIII que oxigenó con la gracia divina todas las instancias de la Santa Iglesia. Ese proceder, con hálito de santo, estremeció las frágiles reminiscencias y abrió camino para que los afluentes penetraran en el esplendor de la verdad, en un marco de referencia en actitud reverente al Espíritu Santo.

Es sobre la fe de los siglos que surge la pesca milagrosa que aclara y reverencia la dádiva de cada cristiano. El corazón se torna misericordioso al hablar con Dios, filtrando a los demás el gran tesoro, la gran alegría de proyectar una humanidad que degusta la hermandad y establece las normas de cómo revivir la multiplicación de los panes.

Duele la guerra, se agota el pensamiento ante el abuso y maltrato. La medicina está recomendada desde siempre: ámense los unos a otros. El mandamiento del amor se desinfla ante los acontecimientos mundiales y locales. Sin la fe robusta caemos víctimas del atropello y la confusión y la menta frágil se hace dueña de todo.

Ésta es la oportunidad de echar a un lado lo pueril y trágico y establecer las coordinadas del Dios Altísimo que siempre nos lleva de la mano, siempre nos invita a la bella entusiasta reunión de hombres y mujeres de buena voluntad. 

Padre Efrain Zabala

Para El Visitante

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