La edición 35 de El Visitante de Puerto Rico, correspondiente al 30 de agosto al 5 de septiembre de 2026, nos propone una mirada profundamente cristiana sobre una palabra que atraviesa muchas de sus páginas: renovación. Renovar el amor matrimonial, renovar la transmisión de la fe, redescubrir la centralidad de Cristo en la liturgia y recuperar testimonios espirituales que siguen hablando con fuerza después de siglos.
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Nuestra portada recoge los 50 años de Renovación Conyugal y una celebración multitudinaria en la Catedral Dulce Nombre de Jesús de Caguas, donde matrimonios de diferentes generaciones volvieron a colocarse frente a frente para pronunciar una frase tan sencilla como exigente: «Hoy te vuelvo a elegir».
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Ese gesto dice mucho más que una renovación ceremonial de votos. Nos recuerda que el matrimonio cristiano no vive únicamente del entusiasmo de un día ni de una promesa pronunciada hace décadas. El amor necesita ser elegido nuevamente en la cotidianidad, cuando aparecen el cansancio, las diferencias, las dificultades económicas, los cambios propios de la edad y las heridas inevitables de toda convivencia. La edición lo expresa con una imagen hermosa: manos entrelazadas y miradas que se encuentran nuevamente después de muchos años, reconociendo que el matrimonio es un «sí» que debe renovarse cada día.
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Durante cinco décadas, Renovación Conyugal ha acompañado a miles de parejas y ha ofrecido más de 500 talleres matrimoniales. Pero su aniversario no constituye solamente una mirada agradecida al pasado. Mons. Eusebio Ramos Morales recordó que las familias de hoy enfrentan realidades sociales y culturales distintas a las de hace cincuenta años y que la Iglesia debe discernir cómo acompañarlas sin abandonar la esencia de la vocación matrimonial.
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La renovación, por tanto, no significa cambiar aquello que creemos, sino encontrar maneras nuevas de vivirlo con fidelidad.
Lo mismo ocurre con la catequesis. Agosto ha sido dedicado en Puerto Rico al Mes de la Catequesis, una oportunidad para agradecer a tantos hombres y mujeres que, muchas veces silenciosamente, acompañan a niños, jóvenes y adultos en el descubrimiento de Jesucristo. Ser catequista no consiste únicamente en transmitir contenidos doctrinales; significa escuchar, acompañar procesos, acoger inquietudes y ayudar a reconocer la presencia de Dios en la vida cotidiana.
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Y esta misión no pertenece únicamente a quienes sirven formalmente como catequistas. La familia continúa siendo la primera escuela de fe. La parroquia catequiza cuando acoge, celebra y sirve. La liturgia catequiza. La caridad catequiza. Cada cristiano transmite algo acerca de Dios mediante la manera en que vive y trata a los demás. Por eso necesitamos catequistas apasionados, familias que transmitan la fe con su testimonio y comunidades capaces de acompañar con alegría y esperanza.
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Esta edición también nos invita a redescubrir algo aparentemente familiar: el altar. La reflexión de Mons. Leonardo J. Rodríguez Jimenes recuerda que no estamos simplemente ante un mueble colocado en el presbiterio. La tradición cristiana reconoce en el altar un signo de Cristo mismo, la piedra angular, el lugar donde sacramentalmente se hace presente su sacrificio y la mesa a la que es convocado el Pueblo de Dios.
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Volver a comprender estos signos es también una forma de renovar nuestra fe. Podemos acostumbrarnos tanto a lo sagrado que terminemos perdiendo nuestra capacidad de asombro. Redescubrir el altar, la Eucaristía, los sacramentos y la belleza de la liturgia significa volver a reconocer que nuestra fe no está construida únicamente sobre ideas, sino sobre un encuentro con Cristo.
También San Francisco de Asís aparece en estas páginas cuando nos acercamos a los 800 años de su tránsito. Ocho siglos después, su mensaje de sencillez, fraternidad y paz continúa interpelando a un mundo marcado por tensiones, desigualdades y divisiones. La memoria franciscana no pretende únicamente conservar el pasado, sino reavivar una espiritualidad capaz de reconstruir vínculos y sembrar humanidad.
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En esa misma dirección resuena el mensaje del papa León XIV: frente a un mundo herido por conflictos, violencias y miedo al otro, incluso los pequeños gestos de cercanía y solidaridad pueden poseer un enorme valor profético. Nadie está exento de responsabilidad; todos podemos escoger entre alimentar la lógica de la fuerza o promover la lógica de la paz.
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Quizás ahí encontramos el hilo que une toda esta edición.
El matrimonio necesita volver a elegirse. La catequesis necesita renovar su ardor. La liturgia necesita ser redescubierta. El carisma franciscano necesita volver a las fuentes. Nuestra sociedad necesita escoger nuevamente el camino de la solidaridad y la paz.
La fe cristiana nunca es simplemente conservar algo recibido. Es recibirlo cada día como un don nuevo y volver a responder.
Tal vez la pregunta que nos deja esta edición pueda aplicarse mucho más allá del matrimonio: ¿qué cosas esenciales de nuestra vida necesitamos volver a elegir?
Elegir nuevamente a nuestra familia. Elegir la fe. Elegir servir. Elegir perdonar. Elegir la paz. Elegir a Cristo.
Porque algunas de las decisiones más importantes de nuestra vida no se toman una sola vez. Se renuevan cada día.



