Hay momentos en los que la Iglesia no necesita grandes discursos para anunciar el Evangelio. Basta con verla caminar entre los escombros, abrazar al que llora, repartir un plato de comida, escuchar a quien ha perdido todo o simplemente permanecer al lado de quien necesita saber que no está solo.
La portada de esta edición nos lleva precisamente hasta Venezuela, donde la tragedia provocada por los recientes terremotos ha dejado miles de familias marcadas por el dolor. Allí, en medio de calles destruidas, comunidades enteras desaparecidas y una profunda incertidumbre, la Iglesia ha estado presente desde el primer momento. No esperando que las personas lleguen a los templos, sino saliendo a buscarlas donde más la necesitan.
Las palabras del arzobispo de Caracas, Mons. Raúl Biord Castillo, resumen con fuerza esa realidad: “La Iglesia está en la calle, porque la Iglesia es la gente, la comunidad, no los edificios.” Esa frase recoge una verdad esencial del cristianismo. La Iglesia nunca ha sido únicamente un lugar físico. Es, ante todo, el pueblo de Dios que hace presente el amor de Cristo allí donde existe sufrimiento.
En esta tragedia hemos visto sacerdotes removiendo escombros, acompañando familias en duelo, llevando alimentos, organizando centros de ayuda y ofreciendo consuelo espiritual. Hemos visto a Cáritas movilizar miles de voluntarios y coordinar una respuesta humanitaria ejemplar. También hemos visto cómo la solidaridad del pueblo puertorriqueño ha cruzado el mar para convertirse en agua, medicamentos y esperanza para nuestros hermanos venezolanos.
Las emotivas palabras del P. Enrique “Kike” Camacho, director de Cáritas de Puerto Rico, nos recuerdan que la solidaridad transforma tanto a quien recibe como a quien entrega. Después de años atendiendo emergencias internacionales, confesó que nunca había visto una devastación semejante. Sin embargo, también experimentó la inmensa alegría de entregar personalmente la ayuda enviada desde Puerto Rico y escuchar un sencillo “Dios te bendiga” de quienes hoy lo han perdido casi todo.
Este testimonio interpela también nuestra propia vida. Con frecuencia asociamos la misión de la Iglesia exclusivamente con la celebración de los sacramentos o con la predicación desde el púlpito. Todo ello es esencial. Pero el Evangelio alcanza su máxima credibilidad cuando se convierte en servicio concreto, cuando toca las heridas humanas y devuelve esperanza donde parecía haber desaparecido.
En estos días también celebramos la memoria de Nuestra Señora del Carmen, una advocación profundamente arraigada en el corazón del pueblo puertorriqueño. Ella, venerada como Madre y protectora, nos recuerda que la fe auténtica nunca nos encierra en nosotros mismos, sino que nos impulsa a acompañar a los demás en sus tormentas. Bajo su manto aprendemos que la compasión no es un sentimiento pasajero, sino un estilo permanente de vida cristiana.
Quizás esa sea la gran enseñanza de esta edición: la Iglesia es más creíble cuando está cerca. Cerca del que llora. Cerca del que perdió su hogar. Cerca del enfermo, del anciano, del niño, del migrante, del que vive solo o del que ha dejado de creer que alguien pueda tenderle la mano.
Cada uno de nosotros está llamado a formar parte de esa Iglesia que sale al encuentro. No todos podremos viajar a una zona de desastre. Pero todos podemos convertirnos en instrumentos de esperanza: con nuestra oración, nuestra solidaridad, nuestro tiempo y nuestros recursos.
Porque al final, la pregunta del Evangelio sigue siendo la misma: ¿dónde está Cristo hoy? Y la respuesta continúa siendo clara: está donde alguien necesita ser amado.



