La edición 34 de El Visitante de Puerto Rico, correspondiente al 23 al 29 de agosto de 2026, recoge un acontecimiento histórico para la Iglesia en nuestro país: la ordenación episcopal y toma de posesión canónica de Mons. Geraldo Ramírez Torres como noveno Obispo de la Diócesis de Ponce. Por primera vez, un sacerdote nacido, formado y ordenado dentro de esta Iglesia particular regresa para asumir la misión de pastorearla.
Pero más allá del acontecimiento histórico, esta edición nos invita a detenernos en el sentido profundo de una frase que acompañará el ministerio del nuevo pastor: «Quédate con nosotros, Señor». Mane Nobiscum Domine, el lema episcopal de Mons. Geraldo, nace de la súplica de los discípulos de Emaús y se convirtió en el hilo conductor de una celebración que, mientras miraba agradecida al pasado, abrió las puertas hacia una nueva etapa de la Iglesia ponceña.
Aquellos discípulos habían caminado confundidos, decepcionados y con el corazón cargado de preguntas. Jesús se acercó y comenzó a caminar con ellos antes incluso de que pudieran reconocerlo. Tal vez ahí encontramos una imagen particularmente apropiada para comprender el ministerio episcopal y, en realidad, toda misión cristiana: caminar con la gente antes de pretender tener todas las respuestas.
Mons. Piergiorgio Bertoldi, Delegado Apostólico para Puerto Rico, expresó esta realidad de manera muy concreta al señalar que la misión del nuevo Obispo será «habitar la vida de la gente». Ser pastor significa hacer hogar junto a Cristo y junto al pueblo, permitiendo que quienes atraviesan soledad, dolor o incertidumbre encuentren acogida y refugio. Le encomendó además tres tareas fundamentales: ser maestro de oración, anunciador de la Palabra y constructor de comunión. Pero antes de ser maestro, deberá reconocerse como compañero de camino y oyente de la Palabra junto con su pueblo.
Ese llamado a escuchar adquiere especial significado en nuestro tiempo. Vivimos rodeados de voces que quieren imponerse, opiniones que compiten y divisiones que parecen profundizarse. En ocasiones hablamos mucho y escuchamos poco. Sin embargo, la primera homilía de Mons. Geraldo como Obispo, celebrada al día siguiente desde la Catedral Nuestra Señora de Guadalupe, volvió precisamente sobre la escucha como uno de los elementos esenciales de su ministerio.
La Iglesia necesita pastores que escuchen, pero también comunidades capaces de escucharse entre sí. La comunión no significa ausencia de diferencias. Significa saber encontrarnos alrededor de Cristo aun cuando nuestras experiencias, opiniones o sensibilidades sean distintas.
Por eso resulta significativa la descripción que hizo Mons. Eusebio Ramos Morales al recibir al nuevo miembro de la Conferencia Episcopal Puertorriqueña. Lo presentó como un hombre «probado en el servicio al pueblo de Dios» y manifestó su esperanza de que sea un Obispo de comunión sinodal y misionera, dispuesto a sanar heridas, reconstruir relaciones, propiciar la escucha y alimentar el diálogo fraterno en un Puerto Rico marcado por la soledad, el agobio, la incertidumbre y distintas fracturas sociales.
Las propias insignias episcopales bendecidas días antes de la ordenación contienen una catequesis sobre este servicio. El anillo habla de fidelidad; la mitra, de santidad; y el báculo, del cuidado pastoral. Padre Obispo Rubén González resumió la misión episcopal mediante tres verbos sencillos y exigentes: amar, cuidar y servir.
Mons. Geraldo respondió entonces con otra petición sencilla: «recen por mí para que sea un obispo santo, para que pueda amar, perdonar, entregar y servir como Jesucristo». En esas palabras encontramos algo importante. La llegada de un nuevo pastor no debe provocar únicamente expectativas sobre aquello que él hará. También exige preguntarnos cómo nosotros acompañaremos su ministerio.
La Iglesia no se construye desde una sola persona. Obispo, sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas y laicos compartimos una misma responsabilidad evangelizadora. Un nuevo episcopado comienza verdaderamente cuando una comunidad decide renovar también su propia disponibilidad para servir.
Este espíritu conecta con otra de las grandes reflexiones de esta edición. El papa León XIV recuerda que «somos la Iglesia de Jesucristo en un mundo atormentado, un mundo que busca la paz». Y precisamente por eso nos invita a dejarnos sorprender por la obra de Dios, abriendo los ojos, los oídos y el corazón incluso ante aquellos encuentros que trastocan nuestros planes.
No podemos pedir «Quédate con nosotros, Señor» y al mismo tiempo cerrar la puerta al hermano. La presencia de Cristo que buscamos en la oración y en la Eucaristía debe llevarnos a reconocerlo también en quien necesita compañía, escucha, reconciliación y esperanza.
En esta edición encontramos, además, distintas expresiones de esa Iglesia servidora: desde el compromiso de los diáconos permanentes de Caguas, que renovaron su vocación a la caridad y la misión, hasta nuevas iniciativas de evangelización que buscan comunicar la fe en medio del ruido del mundo contemporáneo.
La edición 34 nos deja así una súplica y, a la vez, una responsabilidad.
«Quédate con nosotros, Señor» no puede ser solamente una frase pronunciada cuando cae la tarde. Debe convertirse en una manera de vivir.
Quédate con nosotros cuando debemos sanar heridas.
Quédate cuando tenemos que aprender a escuchar.
Quédate cuando debemos perdonar.
Quédate cuando el cansancio amenaza nuestra esperanza.
Quédate cuando nuestra Iglesia comienza una nueva etapa.
Y ayúdanos, Señor, a permanecer también nosotros junto a los demás.
Porque quizás esa sea una de las formas más concretas de hacer visible tu presencia: convertirnos en una Iglesia que habita la vida de su pueblo, camina a su lado y nunca deja solo a quien necesita esperanza.



