El pensamiento cristiano ha sido el responsable de promover el ideal de la igualdad en las sociedades. San Pablo en su Carta a los Gálatas lo expresa de la siguiente manera: “Por lo tanto, ya no hay judío ni pagano, esclavo ni hombre libre, varón y mujer, porque todos ustedes no son más que uno en Cristo Jesús” (3, 28). A través de la redención de Cristo la realidad temporal del hombre toma un significado más importante, de carácter divino y eterno. Nos convertimos en miembros de un solo cuerpo, con diversidad de funciones, pero unidos por un mismo Espíritu.

La transformación personal que experimenta el cristiano tiene que reflejarse en una forma diferente de actuar. Las primeras comunidades cristianas fueron testimonio de esta nueva forma de vivir, en la que todos los miembros de la comunidad compartían sus bienes, por lo que nadie carecía de nada. En 2 Cor. 8, 7-9, San Pablo hace una exhortación a los Corintios a demostrar solicitud por los demás y ser generosos, de esta forma se imita a Cristo: “Que siendo rico, se hizo pobre por nosotros, a fin de enriquecernos con su pobreza”. Esa generosidad y solidaridad con aquellos que no tienen, es la forma de construir la igualdad: “Así habrá igualdad, de acuerdo con lo que dice la Escritura. El que había recogido mucho no tuvo de sobra, y el que había recogido poco no sufrió escasez” (2 Cor, 8,15). La igualdad a la que se refiere San Pablo nace no solo del respeto a la dignidad humana, sino además del esfuerzo en preocuparse por los otros y en la capacidad de ser solidarios.

Nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica (1935): “La igualdad entre los hombres se deriva esencialmente de su dignidad personal y de los derechos que dimanan de ella. Hay que superar y eliminar, como contraria al plan de Dios toda forma de discriminación en los derechos fundamentales de la persona, ya sea social o cultural, por motivos de sexo, raza, color, condición social, lengua o religión”.

El plan de Dios es que seamos nosotros constructores de la igualdad, porque “Dios quiere que cada uno reciba del otro aquello que necesita y que quienes disponen de talentos particulares comuniquen sus beneficios a los que lo necesitan”.

La verdadera igualdad no se consigue con una carta de derechos o con un mero reconocimiento de que todos los hombres tienen igual dignidad. Requiere del compromiso de todos con la construcción del bien común. Tenemos que dar nuestros talentos y capacidades para apoyar a aquellos que menos tienen. Hemos de convertirnos, a imagen del buen Samaritano, en aquel que es un verdadero prójimo. La igualdad exige nuestra solidaridad.

La solidaridad supone esforzarse en buscar un orden social justo, en las que no existan desigualdades económicas y sociales entre los pueblos de la familia humana (Catecismo Iglesia Católica 1935-1940). Estas desigualdades se evidencian en la dificultad de acceso de los pobres a servicios básicos y esenciales que son derechos humanos, como la salud, vivienda, educación y trabajo digno. Se observa también en la falta de respeto a la vida de los ancianos, los discapacitados y en la existencia de dos grandes mitades en el mundo, con una alta proporción de naciones que carecen de cosas esenciales, que la otra mitad del mundo desperdicia.

Dios ha querido que seamos diferentes, tanto en capacidades como en recursos, y que esas diferencias se pongan al servicio del bien y la unidad del género humano. Su plan requiere que nos demos cuenta de que el mundo pertenece a todos por igual y que estamos llamados a compartir y a defender a todos aquellos que no pueden defenderse. Unidos debemos buscar el bien común, que busca la paz y la justicia. En nuestra capacidad para conseguir que cada vez más nos acerquemos a ese ideal de igualdad, mostramos que vivimos la esencia del Evangelio.

Nélida Hernández

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