Cuando Ignacio de Loyola, peregrino macilento en ruta a Tierra Santa, arribó a Barcelona, una piadosa mujer, Inés Pascual, lo acogió en un rincón de su casa. Era un mendigo, que rogaba limosnas en Santa María del Mar, para después repartirlas desde esa casa a otros mendigos. Cuando Ignacio se despidió en ruta a su santa peregrinación, le pronosticó al hijo de Inés, Juan Pascual, “que sería casado y tendría grandes trabajos”.
A esta buena persona a quien Ignacio tanto debía a través de su madre, fueron muchas las tribulaciones que le acaecieron. “Así fue, que poco después, siendo menesteral harto rico, perdió en un año pasados de novecientos ducados y otros trabajos innumerables”. Juan tuvo tres hijos y cuatro hijas. El primero nació sordomudo. El segundo perdió la razón de joven y vivió loco e inútil unos veinte años. El tercero, con su vida mundana y desordenada, causó gran dolor y pesar a sus padres, aunque al fin se convirtió. De las cuatro hijas una parece murió joven, pues no se menciona en el proceso de canonización de Ignacio. Solo pudo casar a Aurora y las otras tres vivieron con sus padres. Se arruinó en sus negocios. A todo esto, todos afirman la resignación y aceptación de los designios de Dios, con que Juan soportó la ruina y la pobreza.
Conturba algo que, al hijo de una mujer, a quien Ignacio consideraba como su madre, y que le ayudó tanto en la misión que Dios le pedía, le haya ido tan mal. Esperaría uno de parte del Señor regalos especiales de agradecimiento a quien camina por sus sendas. Pero los caminos del señor son diferentes “y quién ha sido su consejero”. En la tarea pesada y alegre de formar familia no podrá faltar el dolor de la cruz. Fue lo que más abundó en la misión de Jesús. Como dice el verso, con humor cáustico, “llegaron los sarracenos, y nos molieron a palos, pues Dios está con los malos, cuando son más que los buenos”. Dios respeta las causas segundas, la marcha de acontecimientos. Dios no obra con nosotros de forma continuamente milagrosa. Tal vez el milagro sea la resignación y paciencia con que se llevan las pruebas.
La misión, consagrada por un sacramento, de vivir el amor creando hogar y familia comporta alegrías y goces humanos, pero también dolores. Y quién sabe si tengamos que decir lo de Santa Teresa a Jesús, que le anunciaba “así trato a mis amigos” y ella “por eso tienes tan pocos”. En la consejería a parejas abundan los momentos en que mi única tarea es ser paño de lágrimas, oídos donde se desahoga la persona que rezuma depresión, amargura, decepción, engaños… Un poco como el Jesús del Huerto, a quien le asedian todos esos llamados sentimientos negativos. Harta gracia se invoca entonces para repetir como aquel devoto, alanceado por dolores agudos en su cáncer: “si es tu amor el que me guía en dulzura o amargor, qué me importa a mí la vida, qué me importa a mí el dolor ¡si es tu voluntad, Señor!
Alguna gente devota se compadece a veces, cuando un joven vigoroso y buen mozo, o una bella joven, deciden consagrarse al Señor en la vida conventual y sacerdotal. Consideran que las renuncias de ese estilo de vida les traerán sufrimientos a compadecer. No lo veo así. Ya decía Job que “milicia es la vida del hombre sobre la tierra”. Todos estamos destinados a la cruz, que, cuando la evitas u odias, es más amarga y dura; cuando la aceptas con amor es gloria y resurrección.
La vida del casado no es fácil. No es tampoco lo que queda, cuando consideras que no eres apto, o apta, para una vida conventual. Es misión, necesaria, humanamente satisfactoria, dolorosa en las tribulaciones económicas, en las decepciones por hijo que opta por la calle del medio, en la lucha de una sociedad injusta, corrupta y rapaz. Es misión divina, y por eso será también con cruz. Diferente la del consagrado en votos religiosos, pero no por eso diferente en la cruz, que es el único camino de redención y vida.



